Sobre la devaluación de la firma como sistema de identificación

firma

El otro día me tuve que pasar por el Ayuntamiento de mi nueva ciudad (¡sic!) para firmar unos papeles.

Ya sabe, lo típico. Pedir número en recepción, esperar alrededor de media hora a que mi numerito saliera en pantalla, acercarme al “confesionario” de turno, poner buena cara, y ver como la administrativa me mandaba a casa a por otro papel más, ya que al parecer la carpeta que llevaba no era suficiente.

Una hora y media más tarde, ya sentado con cara de pocos amigos, me dispongo a firmar en el cuadro oportuno. Y es entonces cuando me sorprendo al ver que la chica, con cara de suspicacia, me echa para atrás el documento porque la firma no coincide con la de mi DNI.

Y esto, que debería ser el pan nuestro de cada día, me pareció tan sorprendente que me volví a casa (una vez firmado todo como hacía antaño) pensando en el asunto.

Hace años que no me pasaba. Años. Y mire que he tenido que firmar papeleo bancario, contratos y hasta temas judiciales.

Porque la firma no deja de ser un sistema de autenticación que a día de hoy apenas tiene vigencia, y que aún así sigue presente, casi de forma testimonial, en todos aquellos proyectos que requieran una identificación personal.

No deja por tanto de ser paradógico. Lo suficiente como para que le dedique un artículo, ya sabe :).

Algunos apuntes sobre la historia de la firma como signo identificativo

Lo primero que hice al llegar a casa fue tirar de Google.

La palabra firma viene del latín firmare, esto es, “afirmar“. Con la firma por tanto se da fe de que todo lo escrito en un documento es aceptado por un servidor.

Me pareció curioso que mientras la Real Academia Española define la firma como:

“Nombre y apellido, o título, que una persona escribe de su propia mano en un documento, para darle autenticidad o para expresar que aprueba su contenido”.

En el Vocabulario Jurídico de Eduardo J. Couture se hable de la firma como de un:

“Trazado gráfico, conteniendo habitualmente el nombre, los apellidos y la rúbrica, con el cual se suscriben los documentos para darles autoría y virtualidad, y obligarse en lo que en ellos se dice”.

Lo cierto es que a día de hoy no hay ninguna ley (al menos española) que te obligue a firmar con tu nombre y apellidos. Se hace por puro formalismo, pero sería tan válida una firma con nombre y apellidos, que una X, o incluso un emoticono, mientras estas estuvieran convenientemente recogidas en el documento de identidad, y fueran autógrafa (es decir, trazadas por uno mismo).

En la antigua Roma no se firmaba. Lo que había era una especie de ceremonia, llamada manufirmatio, que consistía en la lectura del documento oportuno por su propio autor o por un funcionario. El declarante pasaba la mano por encima del pergamino una vez terminada su lectura, y declaraba su compromiso públicamente. El nombre de los “firmantes” se escribía al final del mismo, por lo que por ahí pueden venir los tiros.

Cualquiera que disfrute con toda la novela o cinematografía medieval sabrá que por aquel entonces la firma consistía en estampar un sello, marca o signo en el papel.

El tema de los sellos caló muy hondo en la nobleza (la mayoría, como el resto de mortales, analfabetos), pese a que arrojaba un riesgo a considerar.

Los sellos no dejan de ser un sistema de identificación basado en la posesión, que a diferencia de la firma (sistema de identificación basado en el conocimiento), dependen de un objeto que podía ser robado o extraviado.

Motivo por el cual parece que conforme pasaron los años el sello perdió valor en favor del signo que habitualmente los escribanos incluían al final del documento.

Que en el siglo XIV, Carlos V obligara a los escribanos a añadir su firma aparte de los signos que ponían, seguramente sería uno de los últimos detonantes que empujarían a este modelo por delante de sus alternativas.

Hay que considerar que el grado de abstracción (y por tanto, complejidad) de una firma es bastante mayor que el de un signo (un dibujo, a fin de cuentas). Y conforme más textos llegaban autografiados por sus creadores, más calaría en la sociedad la necesidad de firmar los documentos. De dar fe de esta manera de nuestro apoyo a lo allí atestiguado.

Del impositivo a la degeneración de la firma

Ahora bien, conforme pasa el tiempo, la firma evoluciona, hasta el punto de que ya no tenía por qué ser fiel relato del nombre y apellidos de la persona.

Eso lo vemos habitualmente en la evolución que suele sufrir una firma en cada uno de nosotros, de esa etapa infantil en el que no deja de ser más que su nombre con algún dibujito, pasando por la adolescencia (normalmente, más fiel a su identidad, y acompañada de una rúbrica), hasta la maduración (que según la necesidad de la persona de escribirla periódicamente, puede llegar a ser un simple garabato, testigo ahí donde antes quizás había una mayúscula).

La rúbrica pasa a ser entonces el elemento más importante de una firma. Tanto que puede llegar a ser la propia firma, como me ha pasado a mí estos últimos años, y motivo de que la administrativa del Ayuntamiento me la echase para atrás.

Porque la esencia de la firma sigue ahí presente, pero ha perdido absolutamente toda la legitibilidad que antaño tenía. Ya no hay un Pablo F. Iglesias por ningún lado, o al menos no para alguien que no entienda de dónde ha salido esa rúbrica.

Y es curioso que la firma, uno de los elementos identificativos más complicados de usurpar, haya perdido la validez que tenía por la proliferación del mundo digital, trasladándose a sistemas sin lugar a dudas muchísimo más inseguros (como el PIN o la contraseña).

Porque es aún a día de hoy imposible que alguien sea capaz de trazar una firma idéntica a la de otra persona. Entran en juego tantos caracteres aprendidos, tantas manías adquiridas en años, y tanta iconografía, que en la práctica sigue siendo el mejor de los sistemas de identificación que tenemos (único, claro, que siempre será mejor una doble identificación).

Pero claro, de nada sirve sin una estandarización en la manera de compulsar la firma. El simple vistazo de un par de segundos de un funcionario no sirve, y parece que no estamos por la labor de mantener unas proporciones mínimas que pudieran servir para que un sistema informático las comparase. E incluso en este caso, habría que ver cómo almacenar de forma segura ese patrón, habida cuenta de los problemas que estamos teniendo con la verificación biométrica (también dependiente de la comparación de un elemento no fácilmente informatizable).

Aquí la firma peca de complejidad, y ya sabemos que entre seguridad y comodidad, lo segundo gana de calle.

Así que gracias a la revolución tecnológica hemos perdido aquello que en la práctica nos hacía menos reemplazables. Y pese a todo, seguimos firmando (aunque sea digitalmente) todo lo que llega a nuestra mano.

Más por costumbre que otra cosa. Pese a que haya por ahí alguna administrativa que sigue heroica (y acertadamente) defendiendo este ancestral sistema de identificación.

Me alegro de que así sea.

 

Edit a día 21 de Enero del 2016: Hoy me hacían una entrevista en Onda837FM de Venezuela, en el programa #DeVisionarios, sobre este tema.