La dictadura del contenido [relato distópico]

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-Hubo un tiempo en el que la información no se creaba, sino que se transmitía -la voz de Pedro se perdió, como si el ex-director se hubiera encontrado con un recuerdo del cual se negaba a separarse.

-Venga, papá, no empieces de nuevo -Diana, sentada frente a la pantalla de la cocina, oteaba a gran velocidad decenas de noticias prefabricadas.

-No, lo digo en serio Diana. Siento parecer el abuelo cebolleta, pero es importante que sepas esto -se mantuvo en espera unos escasos segundos, y al ver que la hija no hacía gesto alguno, prosiguió-Hubo un tiempo en el que la información no se creaba, sino que se transmitía. Y curiosamente, los encargados de realizar tamaña empresa eran humanos…

¿En qué momento perdimos el interés por las historias?

… Pero entonces llegó el negocio y lo trastocó todo. O al menos es uno de los múltiples detonantes que seguramente nos han llevado hasta aquí. Me explico.

De pronto, no bastaba con informar, sino que había que hacerlo bajo unos criterios impuestos por las limitaciones del medio.

Un periódico (una especie de revista de papel muy fino que se vendía en lo que ahora son puestos de recarga) pasó a tener una línea editorial marcada, y con ella, la necesidad de fijar espacios y tamaños específicos para “contener” la información. Una página de noticias debía cumplir unas reglas específicas para aparecer en los buscadores y las redes sociales. El contenido publicado en un canal de televisión dependía de los datos recopilados por un aparatito que supuestamente algunas familias tenían instalado en sus hogares. La información que te llegaba de una plataforma social no era la información más trascendente, sino aquella que debía interesarte a tu alterego digital en base a un estudio imperfecto de tu historial pasado.

Y así, como quien no quiere la cosa, de la noche a la mañana pasamos de crear titulares informativos, a crear titulares diseñados para llamar la atención. Se creaban varios, y era la máquina quien decidía qué titular “convertía más“. Y ese pasaba, paradójicamente, por no informar al consumidor de lo que se iba a encontrar en el enlace, sino de crearle la sensación de que era necesario que entrara en él para saber más, incluso apelando a las aspiraciones que el mismo consumidor se crearía.

¿Que por qué se hacía esto? Te estarás preguntando. Y la respuesta es muy sencilla: Porque cada visita daba dinero.

Tienes que ser consciente, Diana, que era una época aún muy verde en cuanto a desarrollo tecnológico. Que los algoritmos que hoy nos gobiernan eran meras utopías, enclaustrados en una realidad cuanto menos “de barbarie.

Por aquel entonces las páginas de noticias, y en definitiva, cualquier canal de información, vivía de una u otra manera de una publicidad que era profunda y absurdamente invasiva, amparándose la mayoría de las veces en el error y desconocimiento del consumidor (un banner que se parecía a un vídeo, un click fortuito al intentar bajar el scroll…). Y cuyos KPIs, a falta de criterios de negocio cualitativos, se basaban en el más burdo sumatorio.

¿Qué has tenido un millón de visitas? Pues cada visita vale X, por lo que toma tu comisión.

La publicidad se medía por fuerza bruta. Mientras más impactos mejor, indistintamente de dónde vinieran. De “quienes” fueran esas personas. Y por supuesto, de qué interés podrían tener en lo que allí se anunciaba.

Pero volvamos al tema.

Había además una guerra abierta por posicionarse. La antigua Google, a día de hoy prácticamente erradicada de Internet tras el conflicto vivido a principios de siglo, era la encargada en occidente de señalar qué era interesante y qué no. Bajo múltiples criterios, todos tan banales como cabría esperar, empujaban a esos periodistas a acotar sus historias bajo un metalenguaje específico:

Cada artículo debía tener al menos un par de etiquetas. El título no debía pasar de los 70 caracteres. El primer párrafo debía resumir la información que se podría consumir a lo largo de la nota, y, por supuesto, contener una serie de keywords por las que queríamos posicionarnos. El primero era quien se llevaba todo el mérito, aunque tan solo rellenara el espacio con un “Artículo en construcción…“. Las imágenes, de haberlas, debían ir correctamente etiquetadas. Cada pieza tenía que incluir un mayor número de links internos que externos. El tamaño mínimo por publicación era de 400, o de 600, o de 1000, o de 4000…

En fin, una serie de variables que fueron con el tiempo encorsetando la transmisión de historias, y que unido al avance de los canales audiovisuales (por propia definición, menos profundos y más directos), a la paulatina hegemonía de los formatos de clickbaiting y contenido efímero agrupado en listas, a la pérdida de valor informativo a cambio de un mayor impacto y un sentiment adecuado al interés de los anunciantes, esa función social pasó al olvido.

Y lo cierto es que tengo la impresión de que ha sido para bien, habida cuenta de que ahora, las nuevas generaciones como la tuya, Diana, sois cuantitativamente más felices.

El placer de las noticias prefabricadas

Es decir, que sin la pretensión histórica de conocer la verdad, abrazando con entusiasmo la ignorancia, la sociedad ha ganado en un bien tan valioso como es la felicidad, despreocupándose del presente y del futuro, y simplemente disfrutando de los placeres que la tecnología nos ha otorgado.

La información ahora se crea, como decía, para que cumpla una serie casi ilimitada de funciones que han sido empíricamente diseñadas para facilitarnos la vida. Para que podamos delegar nuestro antiguo papel de garantes del futuro en algoritmos que han demostrado por activa y por pasiva ser profundamente más objetivos y óptimos que nosotros.

Con contenido creado en tiempo real que ya no aporta información, pero si está sutilmente diseñado para que cada uno de nosotros veamos una realidad que es creada ex profeso para cada uno. Y que sin embargo, casa lo suficientemente con la realidad del resto como para que no tengamos que plantearnos dilemas de ningún tipo. Para que no haya sensación de malversación informativa.

O quizás para que en efecto seamos conscientes de que vivimos una falacia individual. Una mentira tan bien contada que, de tanto repetirse, se ha vuelto verdad.

Lo que nos deja, de facto, más tiempo para disfrutar de nuestros hobbies. Lo que nos ahorra disgustos y cabreos innecesarios. Lo que nos permite tener siempre algo de lo que hablar con cualquier otra persona (si es que queremos hacerlo), sea nuestra vecina, sea el avatar de un ciudadano del otro lado del mundo.

En su momento tenía claro que esta destrucción del valor de las historias, de la necesidad de crear en el resto de individuos un sentido crítico que les permitiera construir su propia identidad (¡Qué lejos me suenan ya estas palabras…!), era el camino a seguir. Pero en vista de lo mucho que hemos conseguido avanzar como sociedad en estas últimas décadas, cada vez soy menos escéptico.

A fin de cuentas, ¿para qué querríamos entrenar una serie de habilidades que nos hacen, per sé, vivir una realidad menos halagüeña que la que el Sistema nos da?

 

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Inspirada en The Lifespan of a Fact (EN), un ensayo que recoge los diálogos que mantuvo John D’Agata con su “corrector” durante 7 años a raíz de un artículo en el que el periodista “se había tomado unas licencias creativas que dotaban de mayor realismo a la historia”.

Si le ha servido para pasar el rato, o incluso para pensar de manera divergente en el asunto, que sepa que puede invitarme a lo que vale un café (o incluso a lo que vale un café con churros) de dos maneras distintas :).

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