vendehumos

Hace unas semanas estuve tomando algo con un compañero que hacía tiempo que no veía en persona (maldito COVID).

Esta persona me contó que llevaba unos meses pasándolo realmente mal, y por temas profesionales.

Algo que, sinceramente, me sorprendió, ya que al menos por lo que se veía en sus redes sociales, parecía estar viviendo el Sueño Español (ya sabes, ser un empresario de éxito :D).

Entre cerveza y cerveza, me explicó que todo empezó a mediados del año pasado. 2020 fue un año de crecimiento espectacular, hasta el punto que pasó a tener hasta diez trabajadores en la empresa (venía de ser autónomo). Todo porque, como bien sabemos, tras el miedo generalizado con la llegada del COVID, la gente cayó en la consideración de que esos meses de bypass debían ser aprovechados para digitalizarse, y como el negocio principal de él y su equipo es la formación y consultoría «high ticket» (es decir, el palabro molón para decir que te van a cobrar varios miles de euros por ayudarte a digitalizarte), les llovieron los alumnos y algunos clientes extra, cerrando un año en máximos históricos.

En mi caso, por ejemplo, 2020 también acabó siendo un gran año, pero claro, a años luz de las cifras que llegó a facturar (que no ganar, ojo) él y su equipo.

Pero claro, entonces llegó 2021, y con él «el hastío generalizado de la sociedad por digitalizarse». Esto fue lo que me dijo, aunque quizás tuviera que ver el cómo venden ellos su producto. Pero bueno, que de esto hablaremos más adelante.

La cuestión es que invirtieron mucho en publicidad, y las cosas empezaron a no funcionar. Y, para colmo, empezaron a trabajar con varios clientes que resultaron ser «tóxicos», hasta el punto de que ahora mismo estaban sufriendo una crisis reputacional bastante severa.

Tanto algunos clientes, como incluso algunos ex-trabajadores despotricando a terceros sobre su servicio.

Que ya sabes a qué me refiero: Le habían tachado por ser un mero vendehumos.

Es más, recientemente otro conocido del sector, y otro que también vive de los infoproductos, reconocía que tenía que parar las máquinas después del batacazo de 2021: Invirtieron 100.000 € en publicidad, y a duras penas recuperaron la inversión (ES).

El negocio ya no era rentable, y Ángel ha tenido que tomar la difícil decisión de despedir a sus trabajadores y tomarse un tiempo para replantear su modelo.

Pero volvamos al tema principal de esta pieza.

El mundo de color de rosa de los que facturan 7 cifras

Por mi parte, 2021 ha sido mejor que 2020, y quiero pensar que este año y los próximos la cosa siga el mismo ritmo.

De hecho, tengo la suerte de decir que ha sido así desde que empecé a emprender. Claro está que empecé en la mierda, así que año tras año, en base a trabajar como un cabrón, he ido saliendo de ella y ahora llevo ya tiempo en una posición económica realmente envidiable.

De esas que te permiten no tener que preocuparte de cuánto dinero hay en la cuenta.

Para colmo, ambos nos dedicamos a más o menos lo mismo, así que el sector en sí no es que esté en crisis. Más bien lo contrario.

La única diferencia es que mi negocio escala de forma orgánica, sin esas estrategias de venta agresiva tan de moda últimamente, y que este aplica al dedillo.

Le comenté, intentando no ser condescendiente, que igual el problema era que se enfocaban a un tipo de cliente en una fase para nada madura a nivel de negocio.

Que, quizás (por no ser condescendiente, ya sabes), crear eventos en los que una y otra vez les repites los casos de éxito que has tenido con clientes que han facturado millones, a emprendedores que acaban de empezar y no tienen ni puta idea de lo que es tener un negocio, no es buena idea a futuro.

Que es normal que para alguien que nunca haya emprendido, conceptos como facturación y beneficio parezcan lo mismo. La realidad es que incluso su negocio (el de mi amigo), que en efecto había llegado a las siete cifras de facturación, seguía sin ser rentable.

Por contra, el mío y el de Èlia, facturando muchísimo menos, nos da para vivir más que cómodamente, teniendo ya ambas casas pagadas y con un extra mensual que podemos dedicar a invertir o a lo que nos de la real gana.

Claro está que lo que invierten ellos en publicidad y en pagar recomendaciones positivas, y lo que invertimos nosotros, no es ni de lejos comparable.

Y sí, esto hace que un negocio como el nuestro tarde años en arrancar, y escale a un ritmo normal (como lo hacen los negocios reales), mientras el suyo ha pasado de 0 a 100, y ahora de 100 a 0 en tiempo récord.

Porque sí, de esos eventos salen lo mismo con siete o diez nuevos clientes, a los que les cobran entre 5k y 10ks por hacerles el embudo de ventas con su curso o producto… y luego vienen las sorpresas.

De pronto de esos, la amplia mayoría se come un roscón en forma de ventas que apenas llegan a cubrir el coste inicial.

Y ojo, que realmente no es que el trabajo de mi compañero y su equipo sea malo. Es cierto que en bastantes de esos casos el problema lo tiene el propio cliente, con un curso o producto que no es vendible.

Pero para entonces, le han calentado tanto, obviando la realidad (la mayoría de negocios primerizos FRACASAN), y han conseguido en base a decir una y otra vez lo bien que les va a ellos y al resto de clientes que trabajan con ellos (solo los cuatro que en efecto han facturado una burrada, que el resto se los han guardado), que es normal que levanten la voz al cielo y se sientan estafados.

Algo que, como es normal, acaba repercutiendo en la imagen de marca, y por tanto, también en el propio equipo, que pasan a plantearse si lo que están intentando aplicar realmente funciona o no.

Le pregunté entonces que si hacía algún tipo de cribado a la hora de elegir con quién trabajar, y me tuvo que reconocer que no. Que de eso «suponía» que se encargaba el equipo.

Él había instruido a su equipo (recordemos, nuevos trabajadores casi todos) en la receta que a él le había «funcionado«, y era su equipo quien la implementaba indistintamente a todos los clientes.

Da igual que el cliente venda churros o un curso de fotografía, oye.

Montar negocios es sota, caballo y rey, como bien sabe cualquier empresario….

Así que en esa situación estaba. Con un negocio en números rojos, basado en asegurar que facturarías en apenas unas semanas siete cifras, con muchos palabros de moda (que si high ticket, que si rocket no se qué, que si 360…), y con clientes y trabajadores internos abandonando a marchas forzadas el barco… y arrastrando al resto.

Le intenté explicar que lo mismo (solo lo mismo…) su modelo de negocio, como el del resto de los gurús que ahora triunfan en Twitter, tenía los días contados. Pese a que la base de lo que ofrecía (su expertise a la hora de vender un producto de terceros) realmente fuera valiosa, seguir por esa vía conllevaba un crecimiento y una caída como la que estaba experimentando. Y que se plantease si no tendría sentido dejar de lado todas esas estrategias de venta agresiva, y ofrecer su conocimiento como hacemos nosotros, dejando claros los límites y las aspiraciones, y enfocándose a un mercado más maduro.

Y me reconoció que quizás (solo quizás) tenía razón.

Pedimos la última cerveza, y cada uno se volvió a casa.

Hace unos días he visto, esta vez por un anuncio que me ha salido en redes sociales, que ha sacado otro curso sobre «cómo facturar siete cifras con un infoproducto».

Por lo que veo, lo que hablamos le ha servido de mucho…

¡Buena suerte!

consultoria Presencia en Internet