La elección de una muerte digna [Relato Distópico]

anciano

Un toqueteo en la puerta del despacho sacó de sus ensoñaciones a Peter.

– Cariño, es tu padre otra vez.

– Mierda, ¿está bien? -dijo mientras se levantaba de la silla y recogía su chaqueta.

– Sí, sí, tranquilo. Pero sigue en sus trece.

La pareja llegó a la clínica justo en el momento en el que Robert, ya vestido, firmaba en la habitación los papeles para irse.

– ¿Otra vez, padre? -era Peter quien hablaba.

¿Por qué os habéis molestado en venir? Solo es un achaque más.

– Un achaque totalmente evitable, Robert. Tú lo sabes más que todos nosotros -Rose se acercó al padre de su marido mientras éste le cogía los papeles que instantes antes había firmado.

– De verdad que no lo entiendo. Te lo digo en serio. Te estás matando en vida.

Tengo derecho a morir como yo quiera -dijo consternado el padre-. Es mi decisión. Punto.

– Señor -Peter se dirigió hacia el médico-, si de usted dependiese, ¿tomaría o no las dichosas pastillas?

– Ehhh, claro que sí. No tienen efectos secundarios y nos ayudarían a regular el corazón de su padre.

Discrepo -dijo el mayor mientras buscaba a tientas su bastón-. Me harían vivir más tiempo. Y eso es un efecto secundario.

– ¡Uno que cualquiera desearía tener! Maldita sea, padre, ¿es que no ves que esto solo te está acarreando tener una peor vida?

Tu crees que existe un dios único y verdadero, y que la vida se creó en siete días. Pues yo me baso en los estudios científicos que demuestran que esta longevidad artificial es pan para hoy, hambre para mañana.

– Ya empezamos -Rose no pudo contener un largo suspiro.

Pues sí. Nuestro querido presidente se jacta de decir que los niños son lo primero. Pero ¿sabes qué? Por cada dólar destinado a los menores de 18 años, otros 6,3 dólares se dirigen a mayores de 65 años. Los viejos le salimos muy caros al Estado, y lo peor es que esto genera un bucle capitalista que hace que toda la medicina se enfoque hacia los viejos, ya que son ellos los que más dinero invierten en salud, en vez de destinar recursos en mejorar la vida de los jóvenes, que llegan a viejos en peor estado físico.

– ¿Cuál sería la alternativa, señor Jhonson? -era el médico quien hablaba-. Nuestro deber es salvar vidas, y si hay más demanda de personas de mayor edad es nuestro deber especializarnos en ello.

Por supuesto -Robert ya esperaba ese tipo de respuesta-, pero también es verdad que la oleada de medicamentos genéticos de estas últimas décadas han aumentado la esperanza de vida hasta límites insospechados, y eso conlleva una serie de «efectos secundarios» de cada vez mayor impacto.

Empezando por los puramente generacionales:

Hasta principios del siglo XXI el sistema social se autoregulaba entre la presión ejercida por los mayores (es decir, los que por regla general dirigen a la sociedad, y que por razones obvias tienden a mantener el status quo), y los jóvenes (aquellos destinados a velar por su futuro y que son, a fin de cuentas, los que históricamente más abiertos están a abrazar el cambio).

Con una esperanza de vida de, digamos, 75 años, los mayores de 45, que son los perfiles que tienden a ocupar los puestos de liderazgo, tienen por delante, y salvando honrosas excepciones, unos 20 años de control antes de jubilarse, y otros 10 años de vivir de las rentas hasta la muerte.

Lo que hace que haya relevo generacional en puestos de liderazgo cada dos décadas, y por ende, el sistema se autoregule con, valga la redundancia, una regularidad aceptable.

Con una esperanza de vida cercana a los 120 años como es la actual este reparto se ha desequilibrado absolutamente hacia nuestro lado. Y esto tiene un impacto crítico en factores tan determinantes para el porvenir de nuestra especie como es la lucha contra el cambio climático, la sanidad, y los avances científicos. A los que ya no nos queda tanto de vida nos interesa disfrutarla al máximo, en detrimento de centrar nuestros esfuerzos en mirar hacia el futuro de nuestro mundo y a la sociedad que dejamos a nuestros herederos.

Y siguiendo por el reparto absolutamente injusto de la salud.

A principios de siglo (EN/PDF) en nuestro país (EEUU) aquellas personas que pertenecían al decil más rico (al 1%  más acaudalado), vivían hasta los 93 años de media. Mientras que aquellas más pobres (el 1% con menos recursos), lo hacían 15 años menos.

En estas últimas décadas la esperanza de vida ha crecido en ambas partes, pero la diferencia entre ellas también lo ha hecho en consonancia, aumentando esa brecha entre ricos y pobres que ya afecta incluso a la competitividad social.

Unes estos dos puntos y tienes que los viejos cada vez mantienen el status quo de la sociedad por más tiempo, lo que rema en contra del interés de la humanidad, y de paso esto favorece cada vez más a los ricos, en detrimento del resto de estratos sociales.

Para colmo tampoco queda claro que este aumento de la esperanza de vida se traduzca también en mejor calidad.

Vivimos más, pero no vivimos mejor. El deterioro cognitivo es imparable, y el cuerpo, por mucha genética y mucho antibiótico que le metamos, tiene un ciclo de vida que se ha prolongado más allá de sus posibilidades biológicas, generando dolores, rigidez y un sin fin de problemas diarios.

Que vivir más no es vivir mejor. Y que puestos a elegir, prefiero vivir menos pero hacerlo en mejores condiciones, aunque tenga que pasar algún que otro susto como el de esta mañana de vez en cuando si con ello mi impacto económico en la sociedad es menos agresivo, os genero a vosotros, mi familia, menores quebraderos de cabeza a futuro, y además de forma egoísta puedo disfrutar de lo que me queda de vida al máximo, y no enchufado a una máquina.

– Pero padre…

Ni padre ni leches -Robert interrumpió a su hijo-. Estoy en perfectas condiciones para decidir sobre mi persona, como el médico aquí presente podrá atestiguar. Y mi decisión es que no quiero tomar medicinas que alarguen artificialmente mi vida.

Cuando me llegue el momento abrazaré con entusiasmo la nueva a sabiendas de que yo he sido dueño de mi porvenir hasta el final, y que pequeñas motas de arena como la que estoy poniendo con mis acciones acabarán sumando para que vosotros, los jóvenes, tengáis un futuro algo menos distópico.

(Robert Jhonson moriría 6 meses más tarde de un ataque al corazón)

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Inspirado en el ensayo publicado por Ezekiel Emanuel, médico y director del departamento de Ética Médica y Políticas de Salud de la Universidad de Pensilvania y asesor de salud para la Casa Blanca en The Atlantic (EN).

Puedes leer más de estas piezas distópicas bajo el tag Relatos.

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