desconfinamiento cambio climatico

Afronto este artículo como si fuera un relato distópico más, pero curiosamente, tiene tanto de realidad la distopía del momento que se me hace extraño llamarlo como tal.

Un relato que comenzaba hace un par de meses, cuando de pronto, de un día para otro, pasamos de poder hacer manifestaciones y participar en eventos multitudinarios, a tener un toque de queda flexible.

Todos a su puta casa, únicamente pudiendo salir para sacar al perro, comprar la comida y trabajar.

Trabajar, por supuesto, los que aún pudieran hacerlo, en un ejemplo de guión de lo que por esta santa casa llevamos repitiendo hasta la saciedad: Si tu negocio no se ha digitalizado, lo vas a pasar mal.

Pues ha pasado, y de pronto todos aquellos negocios que dependen únicamente del presencialismo, o han reducido drásticamente sus beneficios, o directamente han tenido que echar la persiana.

Que por primera vez en la historia. Y repito, por primera vez en la historia, EL MUNDO DEL SER HUMANO SE HA PARADO.

Y sí, antes de esta situación nuestra raza ya experimentó dos guerras mundiales y numerosas catástrofes medioambientales y sanitarias. Pero jamás con una conciencia social global tan marcada.

Porque esa es otra. Pese a lo que diga la prensa sensacionalista, o ya puestos, el cuñao de turno, en mayor o menor medida todos nos hemos portado como nos correspondía.

Que es muy fácil sacar una foto a una fila de gente haciendo cola con un teleobjetivo para que parezca que están pegados.

engaño visual confinamiento
Dos fotos sacadas en una calle de Copenhage. ¿Adivina cuál se publicaría en prensa?

Pero la realidad, datos de movilidad de smartphones (paradógicamente, uno de los ratos más fiables que tenemos ya que a ver quién es el guapo que sale de casa sin su aparato en el bolsillo) dice lo contrario.

Los españoles hemos cumplido casi a rajatabla la cuarentena. Y el resto de países no se quedan cortos tampoco.

confinamiento datos uso android
Datos de movimiento de dispositivos Android en la cuarentena. Fuente: Google/Bloomberg
confinamiento datos uso iphone
Datos de movimiento de dispositivos iOS/iPadOS. Fuente: Apple/Bloomberg

Que pese a que tengamos esa idea de que los latinos y esa sangre caliente que nos caracteriza nos ha llevado a saltarnos a la torera las recomendaciones de la OMS y el gobierno de turno, lo cierto es que al final, y motivados bien sea por el factor ético, bien sea por el puro interés (no quiero morir ni que les pase algo a mis familiares), nos hemos portado bien.

Esta semana empezaba por estos lares la fase 1 (o 0, que ya me pierdo) de desconfinamiento, y cómo no, la noticia que atrae tráfico y por tanto se monetiza mejor, es que la gente ya da por pasado el dichoso coronavirus, y ha vuelto a las calles haciendo caso omiso de las recomendaciones.

Lo comentaba de hecho Jose en un artículo en su blog (ES), y un servidor se permite el lujo de robarle estos últimos párrafos, ya que poco más podría añadirle a tan genial exposición:

Esto solo acaba de comenzar. De otros impactos hemos hablado, y más que hablaremos, hoy nos limitamos a la crisis sanitaria en sí. Un escenario posible (EN) que no me saco de la cabeza sugiere que hasta que haya un tratamiento o una vacuna efectiva para la COVID-19 pasemos dos tercios del tiempo confinados estrictamente y con las escuelas cerradas, como hemos estados estos dos meses.

A estas alturas habrán visto esa referencia de los dieciocho meses hasta tener una vacuna decenas, cuando no más de un centenar de veces. La realidad es más compleja: no es que no sepamos cuándo vamos a tener ese tratamiento o vacuna, es que aún no sabemos siquiera si la vamos a tener. Nunca se ha producido una vacuna contra un coronavirus (ni éste ni los anteriores), y un plazo más estándar para obtener vacunas fiables es mucho más largo. La vacuna para la varicela tardó 28 años en obtenerse; para el SIDA aún no tenemos, ni se espera que haya al menos hasta dentro de una década, lo que sumarán 50 años de enfermedad sin vacuna.

Imaginen que aún tomando atajos en el método de validación científica habitual no hubiera vacuna y logística para su producción masiva antes de 2032. En NYTimes (EN) hay un artículo excelente al respecto. Si nos saltamos todo tipo de protocolos que añaden seguridad al proceso podemos recortar aún más. El reto de tener solución en año y medio es inconmensurable. Creo mucho en la ciencia, y ojalá sea cierto, pero no lo veo.

Hasta entonces, hasta que algo cambie, seguiremos como ahora: alternando escenas de confinamiento con escenas de desconfinamiento. Todas ellas fruto de un espejismo, de una alucinación colectiva.

Que recuerdo a los lectores que hablamos de un virus que ha conseguido mutar en algo que, casualidades de la vida, nos ha puesto en jaque y casi jaque mate.

Un soplo de realidad como hacía tiempo no teníamos. Porque, y aquí quizás haya unos cuantos que se sorprendan, antes de humanos somos animales, y por ende estamos sujetos a las mismas debilidades que el resto de seres vivos de este planeta.

De nuevo Bill Gates, que probablemente es de los genios más mediáticos del momento, lo comentaba magistralmente en un vídeo publicado en su perfil de linkedIn:

Y de aquí paso al tema de este artículo relato.

La vuelta a la «Nueva Normalidad»

O cómo algo como lo que hemos vivido, con bastante probabilidad, acabará siendo la norma, no la excepción.

Que como decía Enrique en su artículo (ES), un servidor tampoco duda un ápice de que saldremos de esta.

Si algo caracteriza al ser humano frente al resto de animales que pueblan este mundo es precisamente nuestra capacidad de adaptación.

Hemos sido jodídamente buenos adaptándonos a los obstáculos que se nos han presentado a lo largo del tiempo, bien sea aceptando y conviviendo con ellos, bien sea encontrando la manera de «terraformarlos».

Y pasará con el COVID19 y cualquier eventualidad que se interponga en nuestro camino.

El problema, no obstante, es que esa misma capacidad de adaptación juega en nuestra contra cuando el problema no es explosivo (como ha ocurrido con el COVID), sino que nos afecta sutilmente a lo largo de décadas y generaciones.

Porque el coronavirus no es nada si lo comparamos con el verdadero reto de la humanidad: la lucha contra el cambio climático.

Una lucha de la que nosotros, los seres humanos, somos los principales causantes. Por más que se señalen a los gases de las pobres reses (que, por cierto, aunque salgan de culos ajenos, también son debidos a nuestra producción ganadera).

Y lanzo dos preguntas:

¿Servirá este punto y aparte que hemos sufrido para que las ciudades pasen a ser por primera vez lugares enfocados al ciudadano y no a los vehículos de motor?

Que manda cojones que hoy por hoy el 80% del espacio público de las urbes esté diseñado para el consumo al volante, dejando solo un 20% para el transporte público y para el movimiento a pie (EN).

¿Empezaremos ahora, sabedores que la contaminación MATA a millones de personas al año, y que este número no para de crecer año tras año, a tomarnos en serio las políticas medioambientales, abandonando de una maldita vez y con una estrategia sensata nuestra dependencia de los combustibles fósiles?

Porque nos va LITERALMENTE la vida en ello.

Y porque creo que (¡oh sorpresa!) ninguno de nosotros hemos muerto por tener durante dos meses el coche abandonado en el garaje. Todo lo contrario.

Habrá que ver si, por mal que suene, el saldo de mortalidad por el coronavirus no ha sido hasta positivo si lo comparamos con las muertes que hay cada día debidas a la contaminación y los accidentes de tráfico.

¡Que esta Nueva Normalidad sirva para algo, joder!

Que el desconfinamiento, aunque sea parcial y venga precedido de otro futuro confinamiento, no sea la excusa para volver a los errores del pasado, sino una oportunidad para, ahora sí, prepararnos y hacer las cosas bien.

Ya hemos visto que nuestra civilización puede funcionar incluso bajo un estado de emergencia sanitaria mundial como el que hemos vivido, recluidos todos en nuestras casas.

Ahora falta por ver si nuestra civilización será capaz de funcionar con sentido común, afrontando no solo los efectos de nuestros errores, sino también las problemáticas que nos han llevado a tal situación.

La parte más distópica de esta pieza, me temo.

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Este relato distópico está basado… en la más pura realidad.

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