Que conste que quien habla es alguien que ya se ha acostumbrado a sacar la tarjeta antes de pagar con efectivo. Si puedo hacerlo con tarjeta, lo hago. Y si por lo que sea no puedo, intento siempre llevar algo de dinero encima.
Y esto es un problema cuando subo a Asturias, donde por regla general en establecimientos pequeños no sueles poder pagar con tarjeta. Me parece más cómodo, pero entiendo que con ello estoy sacrificando una suerte de anonimato que el dinero digital no nos da.
Ahora bien, me ha parecido interesante leer en The Guardian (EN) cómo al parecer Suecia, uno de esos países nórdicos donde más se ha impuesto el «cashless» (no poder pagar con efectivo), está encontrando una fuerte oposición de un porcentaje de la sociedad que no es para nada tecnofóbica, sino justo lo contrario.
¿La razón?
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Por detrás, muchas lecturas distintas. Rusia siempre tiene los ojos puestos en los países nórdicos, y ya sabemos cómo se las gasta el nuevamente presidente Putin…
El problema de depender exclusivamente de la moneda digital es justamente ese: Que los riesgos locales (dinero falso, robos físicos…) se pueden más o menos controlar, y a nivel macro, tienen un impacto aceptable. Pero en un entorno digital el riesgo es global, y un hackeo puede acabar con una plataforma de emisión de pagos que afecte a todo el país, con lo que ello supone.
Así que por ahora, y por muy indie que parezca, un servidor sigue prefiriendo tener ambas opciones. Que quizás me inclino más por el pago digital, pero siempre sabiendo que aún a malas podré pagar con esas moneditas tan pesadas y feas, con esos billetes tan gastados, que tengo en el bolsillo.