piedra filosofal

A principios del siglo XXI, quedó patente el inminente surgimiento de una crisis que salpicaría por igual a países del primer mundo y países en vías de desarrollo: la paulatina disminución del acceso mundial a los barriles de crudo.

Y no porque, como señalaban algunos activistas catastrofistas, nuestro planeta se fuera a quedar sin petróleo. Con datos en mano, tanto entonces como ahora tenemos aún muchísimas reservas ocultas bajo nuestros pies.

El problema, sin embargo, vino motivado por dos principales elementos, que juntos dibujaron el escenario ya por todos conocido.

Por un lado, la imperiosa necesidad de apostar por energías renovables, que lleva asociado el esperable desincentivo a la innovación de la industria petrolífera.

Para la segunda década del siglo pasado, algunas de las principales compañías habían reducido entre un 20 y un 50% su I+D y su inversión en nuevas instalaciones de explotación, trasladando todos esos recursos a la explotación de energías renovables, un negocio cada vez más suculento, habida cuenta de los bajos costes asociados a su intervención, y de las ayudas y subvenciones con las que los gobiernos de medio mundo regaban a las compañías que apostaban por ellas.

Por otro, los costes de extracción del crudo eran cada vez mayores. Tanto como para que incluso en territorios a priori tan beneficiados por el oro negro como era el caso de los países árabes, comenzase ya a salir más caro extraerlo que revender el petróleo proveniente de Asia.

Conforme las reservas más cercanas a la superficie se iban agotando, se precisaba mayor inversión para hacer rentable su extracción… en un escenario de desinversión global.

La tormenta perfecta que avecinaba, como ya había ocurrido en siglos pasados, una guerra por el control de un recurso hasta entonces relativamente accesible, y del que prácticamente toda la sociedad dependía.

Piensa si no qué tienes a tu alrededor, y plantéate si algo de todo eso que da forma a tu estilo de vida no depende, directa o indirectamente, del «zumo de dinosaurio».

¿Tu ropa? ¿Tus dispositivos? ¿El edificio donde vives? ¿Internet? ¿Las infraestructuras de tu país?

Lo que en la época pre revolución industrial fue la madera, y que más tarde daría paso a los metales (hierros, aceros…), acabó trasladándose al mundo de los plásticos, cuyo principal elemento es, ¡oh, sorpresa!, el petróleo.

Hoy en día todo depende de este recurso estratégico:

  • Para que cualquier cosa llegue a nosotros, primero hay que producirla… en una cadena de producción que sí o sí depende de plásticos para funcionar.
  • Luego cuenta con que el principal catalizador que se utiliza en la industria es, de nuevo, dependiente del petróleo.
  • Más la base material que da forma al propio producto, que raro será que no lleve, aunque sea, un pequeño porcentaje de plástico en su interior.
  • Y a eso súmale la distribución y logística, por parte de unos vehículos construidos gracias a la maleabilidad de los plásticos.

Por todo esto, cuando el coste de un barril empezó a subir hasta límites nunca vistos en la historia, los agoreros señalaron que estábamos ante el fin de esa Sociedad de la Abundancia, de ese «buenrollismo» capitalista que fue seña de las últimas décadas del siglo XX, y de buena parte del siglo XXI.

Nada más lejos de la realidad.

En búsqueda de la Piedra Filosofal

Hacinados en sótanos sin respiraderos, los alquimistas de la Edad Media dedicaron varios siglos en buscar el Santo Grial de su gremio, que no era otro que la fantasía de poder adulterar un elemento para que acabase siendo otro distinto.

Gracias a ellos, de hecho, la Química sentó unas bases que, ya entrados en la Edad Moderna, nos permitieron evolucionar exponencialmente en conocimiento y en recursos, y crear una sociedad con una serie de commodities que para la época hubieran parecido cosa del demonio.

Una carrera en la que, paradójicamente, España ha tenido mucho de culpable, pese a que este país nunca ha contado con un apoyo gubernamental a la investigación semejo al de algunas otras potencias.

¿Quieres algún ejemplo?

El único Premio Novel a la investigación (descontando los de literatura) con sello 100% español lo sigue ostentando, desde el 1906, Santiago Ramón y Cajal, por su trabajo desentrañando los secretos de la estructura del sistema nervioso.

Y un lector avispado podría señalar que también tenemos el de Severo Ochoa (años cincuenta del siglo XX), que sentó las bases del ácido ribonucleico (ARN) y del ácido desoxirribonucleico (ADN). Pero lamento decirle que el bueno de Ochoa tuvo que emigrar a Estados Unidos, y sacarse por tanto la ciudadanía estadounidense, para poder proseguir y hacer pública su investigación.

Corrieron peor suerte, si me permite el atrevimiento, otros grandes investigadores patrios, como fue el caso de Francisco J. Martínez Mojica, que tras una vida estudiando el cómo unos microorganismos en las Salinas de Santa Pola, en Alicante, eran capaces de adaptarse a un entorno tan hostil para la vida, fijó las bases de lo que unos años más tarde, Jennifer A. Doudna (EEUU) y Emmanuelle Charpentier (Francia), acabarían llamando CRISPR, y les serviría para llevarse el Premio Novel por tal prodigiosa hazaña.

Pero volvamos a hablar del crudo, porque ha sido de nuevo, gracias a una investigación española de hace un siglo, que hoy en día, pese a seguir dependiendo del petróleo, tenemos asegurado tanto el suministro global de plásticos como todo el sistema económico mundial.

Todo, como decía, gracias al equipo de Avelino Corma, un químico de Valencia experto en el estudio de los catalizadores. Un elemento que, como ya hemos explicado, está presente en el 90% de toda la producción mundial.

Avelino dedicó su vida a encontrar la manera de crear elementos distintos a los iniciales uniendo bloques químicos. Y, como si de esa misma maldición de la España científica se tratase, hace apenas una década que dos holandeses consiguieron aplicar su técnica para, en efecto, crear lo que los alquimistas hubieran llamado la Piedra Filosofal.

Esta nueva Piedra Filosofal permite, por medio de la química, crear materias distintas a partir de otras materias más presentes en la naturaleza. Y en un escenario de profunda crisis por el alto coste de la explotación del petróleo, han sido capaces de aplicarlo a la creación de unos catalizadores plásticos obtenidos en base a resinas fósiles muchísimo más frecuentes.

Recuerdo aún aquel día en el que todos los canales se hacían eco de la nueva, y cómo los agoreros de turno aseguraban que estábamos ante el fin del capitalismo.

¿La razón? De pronto cualquiera con la capacidad tecnológica suficiente podía crear oro, o mejor aún, metales raros como el coltán o el litio, partiendo de otros materiales muchísimo más frecuentes. Algo que desestabilizaría las economías modernas, afianzadas como estaban en el coste de algunas de estas materias.

¿Qué impacto tuvo? Desastroso, pero para aquellos que durante décadas habían especulado en bolsa con un negocio tan redondo como era el de la oferta/demanda de materias primas.

Más allá de la caída en desgracia de algunos fondos buitres y varios multimillonarios, y el ascenso de otros tantos, el descubrimiento de esta Piedra Filosofal nos ha permitido llegar a la nueva Sociedad de Abundancia de nuestros días. Hace literalmente siglos que el valor de nuestras monedas no depende de algo tan arcaico como es el valor de una materia prima, asumiendo, como hemos asumido desde entonces, una y otra capa de abstracción bursátil.

Sencilla y llanamente, y como efecto secundario de esta nueva realidad, hemos eliminado de la ecuación económica el coste de adquisición/explotación del oro, la plata o el cobre, sin que el mercado realmente se resintiese.

Nuestra moneda vale hoy exactamente lo mismo (sin contar la inflación) que valía en su época: 1s y 0s basados en la garantía de su disponibilidad por parte de un sistema centralizado (bancos centrales) y/o distribuido (criptodivisas).

Y, a cambio, en ese viaje hacia la autosuficiencia ecológica, hemos ganado nuevas técnicas para mantener los niveles de producción actuales sin que por ello se tenga que depender de recursos finitos y profundamente contaminantes.

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