libre albedrio

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Alrededor de la mesa se sentaban 6 de los 10 miembros que presidían el Comité Directivo de AMZ.

Tras la entrada en vigor de la normativa 67-A, toda organización, con o sin ánimo de grupo, estaba obligada por ley a que al menos un 30% de sus trabajadores fueran humanos no mejorados.

Una cuota artificialmente creada precisamente para evitar los disturbios llevados a cabo por los Subs (humanos no mejorados) años atrás. Y de paso, para asegurar un futuro en el que el ser humano común mantuviese una suerte de liderazgo mínimo a nivel económico.

En un escenario en el que las máquinas y las mejoras genéticas hacían peligrar el status quo histórico del trabajo, se pactó, al menos como medida temporal hasta alcanzar esa utópica sociedad de la abundancia, que gracias a la normativa 67-A no se forzase de facto la mejora, en alguna de sus dos grandes ramas (tecnológica o genética), como único camino para conseguir, mantener o crecer en el escalafón social y corporativo.

Algo que afectaba por igual a los puestos base de la cadena y a los perfiles directivos. Incluso en una de las empresas tecnológicas líder indiscutiblemente de dicha revolución: AMZ.

Habitualmente las reuniones de la cúpula directiva eran prácticamente un formalismo heredado de épocas pasadas. La asistencia de Sarah, la IA que la propia AMZ había desarrollado y ofrecía como servicio la práctica totalidad de las innumerables organizaciones del resto del mundo, gestionaba en calidad del 40% de los votos ya buena parte de las decisiones en automático, a no ser que alguno de los representantes humanos se posicionara en contra de dicha toma de decisión.

Cosa que precisamente había ocurrido esa misma mañana.

Jose Ignacio García, antiguo director de administración y actual miembro del Comité, se iba a a prejubilar a la joven edad de 85 años, y puesto que como buen ejecutivo de la vieja escuela formaba parte de ese 30% de subs, era necesario, con el fin de mantener la cuota mínima, designar a un nuevo representante no mejorado.

Sarah había para tal motivo preseleccionado tres. A saber:

  • Roberto Galindo, de 43 años, y actual director general de logística. Un departamento venido a menos (año tras año se les había limitado el presupuesto, reasignando puestos en otros sectores económicamente más lucrativos).
  • Manuel España, de 61 años, que ostentaba el puesto de responsable internacional de desarrollo en Reminder.
  • Estíbaliz Rodríguez, de 39 años, que había hecho carrera en la rama fiscal de la compañía hasta alcanzar el cargo de directora de operaciones en EMEA.

De las tres opciones, Sarah se había decidido por el primero, Roberto Galindo, al que había ponderado ligeramente más alto que al segundo y a la tercera principalmente por la necesidad futura de reasignarlo en otro departamento, habida cuenta del histórico decremental del valor del sector logística para el crecimiento de la compañía.

Sin embargo, tanto Jose Ignacio García, como tres más del Comité (Roberto Fernández, María Concepción García y Juan Escobar), habían considerado mejor perfil a Estíbaliz Rodríguez, y puesto que se necesitaba una mayoría simple para cerrar este tipo de decisiones, se encontraban en este mismo momento cara a cara en aquella amplia sala de reuniones en el ático del edificio de AMZ en Madrid.

— Supongo que ya todos habéis leído el informe de Sarah —era Raúl Iniesta, jefe de operaciones en hardware, quien hablaba—. El desempeño de Roberto Galindo ha rozado el notable alto en ocho de las quince facetas analizadas por la IA, no bajando del notable en el resto. Unos números bastante parejos a los de Manuel y Estíbaliz…

— Aunque sensiblemente superiores en el caso de Estíbaliz —matizó Jose Ignacio—. Lleva una trayectoria corta pero ejemplar en la compañía.

— … Así es. Ligeramente superiores para «doña operaciones» —por su tono de voz, fue difícil dilucidar si había sorna o no en su adjetivo—. Por contra Roberto lleva en la empresa veinte años, casi 10 más que Estíbaliz, y ha demostrado tener unas dotes incuestionables de liderazgo en tiempos difíciles.

— ¡Y tanto! —Jose Ramón, uno de los mejorados y actual «líder» del departamento de marketing y comunicación, respondió con una sonrisa de oreja a oreja—. Hay que tenerlos muy bien puestos para aguantar tanto tiempo en Logística y no suicidarse.

Manuel Avilés, responsable del departamento legal, que se había levantado para rellenar su vaso con whiskey, afirmó con la cabeza.

— El tema no es ese, sino el que ya todos sabemos —María toqueteó unos archivos en su tablet—. Con los datos en mano Estíbaliz es de lejos la mejor opción. Tiene mejores números, es más joven, ha ascendido más rápidamente que la mayoría de los que estamos por aquí…

— Sobre todo que Jose Ignacio… —Jose Ramón le pegó un codazo cómplice al veterano, que puso los ojos en blanco momentáneamente mientras dibujaba una leve sonrisa en su rostro.

— … Y, bueno —María se tomó un instante para ordenar sus ideas—, además ha llevado a cabo más cambios e iniciativas que el resto de los preseleccionados. En menos tiempo, recalco.

— Que es un recurso de alto valor añadido —concluyó Juan Escobar, que jugueteaba de forma distraída con el boli.

— ¿Por qué razón Sarah no la ha seleccionado a ella entonces? —Roberto preguntó en voz alta lo que la mayoría en aquella sala se estaban preguntando.

— Estíbaliz Rodríguez quizás no encaje «del todo» dentro los cánones buscados —respondió tras un tenso silencio Sarah a través de los altavoces integrados en el centro de la mesa.

Manuel volvió entonces la vista, y preguntó sorprendido:

— ¿Y eso Sarah, a qué se debe? Tú has hecho la preselección…

— La señora Estíbaliz forma parte de un grupo muy reducido de beta testers a los que se les ha implantado una solución de nanitos que asisten a la toma de decisión.

Jose Ignacio pegó un golpe en la mesa, consternado.

— ¿Y por qué no tenemos constancia de ello en los informes? ¡Buscamos a un perfil no mejorado!

Sarah empezó a hablar, pero fue interrumpida por Manuel.

— Porque… podría no ser constitutivo, legalmente hablando, de una mejora.

— Así es, Manuel —era nuevamente Sarah quien hablaba—. No tengo suficientes datos como para considerar o no si Estíbaliz Rodríguez entra dentro de ese 30% obligatorio que dicta la ley. Por un lado, es cierto que en su cerebro operan una serie de dispositivos capaces de hacerla más eficiente a la hora de tomar decisiones de negocio. Pero por otro…

— Por otro —interrumpió Juan Escobar, como repitiendo un mantra que había oído semanas antes por parte de uno de sus «chicos» de I+D—, «los nanitos no interfieren en la idea del libre albedrío que tiene la persona».

— Mejor dicho —matizó Sarah—. La señora Estíbaliz Rodríguez opera con un libre albedrío absoluto… a excepción del momento justo de la toma de una decisión empresarial, en la que la asistencia de los nanitos toma la iniciativa. Pero a ojos de Estíbaliz Rodríguez es ella quien decide en todo momento.

— De ahí que en teoría no se está pervirtiendo el artículo 67-A —manuel se frotó el mentón—. El artículo considera un humano mejorado a todo aquel que, y cito textualmente, delega alguna de sus funcionalidades operativas, sean de fuerza o intelecto, en algún elemento externo que le permite sobrepasar los límites biológicos estándar —se tomó un breve momento para echar un trago—. Pero esto no ocurre así con Estíbaliz. ¿Verdad, Juan?

— Pues no —espetó de pronto una carcajada—. Es un maldito vacío legal. O mejor dicho, su supuesta mejora no se aleja mucho de la mejora que cualquiera de nosotros, sub o mejorado, tenemos a la hora de utilizar un soporte como puede ser Sarah o un dispositivo como esa tablet —señaló a María, que escuchaba atentamente—. Estíbaliz está influenciada por la IA de sus nanitos tanto como lo está cualquier persona cuando utiliza un asistente personal o revisa la actualidad en un periódico. En ningún momento esos nanitos interrumpen la sensación de libre albedrío que a priori tiene Estíbaliz. Y al no hacerlo, no hay razón para que se le considere mejorada.

— Pese a que ello le haga de facto la mejor candidata al puesto.

— Pese a ello —Juan afirmó con un gesto de cabeza.

Se produjo entonces otro largo silencio, que acabó por ser interrumpido por la ronca voz de Jose Ignacio:

— ¿Alguien en contra, entonces? —lanzó la pregunta al aire, y al ver que nadie se oponía, concluyó—. Que así sea, pues. Sarah, deja constancia de la decisión del Comité y avisa a Estíbaliz. Mañana haremos oficial su candidatura.

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