Sobre la maduración cultural del género de los superhéroes

glass

El fin de semana pasado fui a ver, por fin, la última película de Shyamalan, uno de los directores de cine que, bajo mi humilde opinión, más ha hecho en nuestra época por elevar la ciencia ficción a arte.

Glass (ES) es, ante todo, la culminación de un proyecto que naciera en el año 2000 por dotar al mundo de los supehéroes de una narrativa que se me antoja simplemente brillante.

Una obra no carente de crítica por ambas partes (aquellos que crecimos con un cómic debajo del brazo, y aquellos que no). Lo mismo, salvando las distancias, que vivimos en su día con las quejas de espectadores colombianos sobre Narcos (ES), habida cuenta de todo lo que se acabó generando alrededor del que sin lugar a dudas fue un terrible asesino.

Como ya hiciera en su día Watchman (ES) o incluso las dos de Los Increíbles (ES), Glass ha conseguido que saliera de la sala angustiado por toda las dosis de realidad que desprende la trilogía de Shyamalan.

Empezando por Unbreakable (ES), que en España se tradujo, solo Dios sabe el porqué, como El Protegido. Un thriller al que el peso del tiempo ha pasado factura, y que nos cuenta la historia de un hombre cualquiera que descubre, casi por casualidad, que es «irrompible». La antítesis, precisamente, de otro de los personajes, que desde pequeño sufre de osteogénesis imperfecta (huesos de cristal).

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Aquí entra en juego el nexo de unión entre las tres piezas. Hablamos de una estructura y una narrativa que perfectamente le podría gustar a alguien que no sienta especial interés por la ciencia ficción, habida cuenta de que, salvando la parte fantástica (muy escasa y bien diseminada), estamos ante un thriller de guión (el protagonista, una persona cualquiera que le toca hacer de héroe, y el villano, que por supuesto el director se encarga de mantenerlo oculto bajo los rebuscados giros de la historia).

Y que como ocurrió en otras de estas pequeñas y escasas maravillas del celuloide (véase la trilogía de Monstruoso (ES)), hablamos de series de películas que funcionan por sí solas. No hace falta esperar a ver la siguiente para sentir que hemos cerrado el ciclo.

Tuvieron que pasar 16 años, de hecho, para que muchos nos enteráramos que aquella Unbreakable formaba realmente parte de una trilogía, y que su segunda parte saldría bajo el título de Split (ES/Múltiple en España).

Sin embargo, lo que nos encontramos en Split es una obra muchísimo más personal, mucho más pegada al terror psicológico y el suspense, y alejada por tanto radicalmente del thriller aventurero de Unbreaker.

Aquí nos hablarán del secuestro de tres chicas por parte de «Dennis«, una de las veintitrés personalidades presentes en la mente de Kevin Wendell Crumb.

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La pieza es, por sí sola, una obra maestra de la psicología, ya que explora la posibilidad de que un individuo con trastorno de identidad disociativo pueda llegar a adquirir propiedades físicas superiores a las humanas en una de sus personalidades. Que el cerebro de una persona que a priori consideramos enferma sea, realmente, una evolución de nuestra especie.

Y si has llegado hasta aquí te preguntarás que qué coño tienen que ver estas dos películas con el mundo de los superhéroes.

Es ahí a donde quería llegar.

La autopsia del superhéroe como concepto

¿Qué es, o qué hace a un personaje transformarse en superhéroe o supervillano? ¿En qué se diferencia de un héroe o un villano convencional? ¿De un ciudadano de a pie?

¿Puede ser un policía un superhéroe? ¿Y un atleta olímpico?

A fin de cuentas, ambos o bien desarrollan una actividad que tiene como fin proteger al resto, o bien han conseguido, en una mezcla de genética y entrenamiento, adquirir cualidades por encima de la media.

Y lo que plantea Shyamalan es ¿dónde ponemos el límite?

Glass profundiza en esta idea. En que lo mismo estas tres personas son solo ciudadanos corrientes a los que una especialización (biológica y/o cultural) les permite hacer cosas que consideramos sobrehumanas.

Y bajo esta premisa, orquesta el clima en el que el superhéroe, el supervillano y la mente maligna y calculadora de Glass se deben, como ocurre en el mundo del cómic, batir en duelo ante el resto de espectadores.

Dar a conocer sus capacidades, rompiendo el status quo que el ser humano común ha liderado durante siglos.

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De ahí que crea que Shyamalan ha hecho más por el género de los superhéroes que lo que Marvel o DC han conseguido hacer en estas últimas décadas.

Tres películas, siendo sobre todo la segunda la más recomendable, que podría ponerle a mi madre sin que a priori se quejara de «estar viendo una de esas de marcianitos».

Una bajada del pedestal fantástico y friki del género, con una trilogía que tiene un valor infinito para aquellos que lo sabemos apreciar, pero que puede ser fácilmente consumible y disfrutable por todas aquellas generaciones que no han tocado un cómic en su vida.

Y es algo que viene en el mejor momento

Este último año hemos visto cómo los dos grandes gigantes del mundo de los superhéroes (Marvel y DC) se deshacían de la pesada mochila de estar creando producciones de nicho.

El mejor ejemplo lo tenemos en Aquaman (ES), un superhéroe que claramente ha sido el hazmereír del sector durante décadas (un tío que puede respirar bajo el agua y hablar con los peces, ¡ya ves tú qué superpoder…!), y que sin embargo, ha enseñado a DC en esta última película el camino a seguir.

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El que hayan tenido los santos huevos ya no solo de crear una película sobre Aquaman, sino de redibujar al icono de los mares utilizando para ello a un hércules contemporáneo como es Momoa (recuerdo que el Aquaman original es un rubiales enclenque y barbilampiño), y que para colmo lo metan dentro del que fue su traje original, perdiéndole el miedo a mostrar a un tío en la gran pantalla con mallas y colores chillones, es toda una oda al género, y un ejemplo de guión de cómo ahora, una década después de que Marvel y DC apostaran fuerte por el cine, la audiencia ya está preparada para dar el siguiente paso.

Un paso que sin lugar a dudas es muy arriesgado, porque aleja aún más a aquellos que no se han subido al carro de los superhéroes en todo este tiempo.

Ver Los Avengers o los X-Men de principios de siglo es, a ojo de un neófito, un grupo de personas con facultades únicas disfrazados de militares (ergo, armaduras de kevlar chulas con tonos oscuros).

En Avengers 4 muchos de los superhéroes ya han recuperado su traje original, convenientemente actualizado a los tiempos actuales. El océano de Aquaman es un cántico a los colores pintorescos, alejado de lo que sin lugar a dudas hubiesen sidos grises y pardos si la película en vez de hacerla en 2018 la hubieran publicado hace cinco o diez años.

Por eso digo el cenit de la trilogía de Shyamalan llega en el momento perfecto.

Necesitamos más Glass, más Unbreakable, y sobre todo más Split, para que los que llegan ahora a este mundillo tengan puedan entrar sin tener que aprender escalada.

Que antes de aceptar que un tío en mallas puede hacer una película creíble, tenemos que aceptar que quizás ese tío es «solo» una persona más, con sus nudos internos, con sus preocupaciones, y que por lo que sea (un accidente, un capricho genético, un entrenamiento específico) se ha transformado en lo que para algunos puede ser considerado un superhéroe, y lo que para otros puede ser solo «un simple tío por encima de la media».

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