#MundoHacker: Cómo hacer “desaparecer” nuestra identidad digital

desinformacion informativa

Conocía recientemente la historia de Frank M. Ahearn, un antiguo “skip tracer” (rastreador) de celebrities en cuyo currículum aparecen algunos de los casos mediáticos estadounidenses más sonados, como el de Monica Lewinski y Bill Clinton.

La historia de este hombre (o más bien el mito, ya sabe) es que un buen día, tras escuchar cómo un helicóptero aterrizaba encima de su edificio, y pensando que se trataba del FBI que venía a detenerle (hay que tener en cuenta que su trabajo muy legal lo que se dice legal no es que sea…), decidió cambiar de vida. Por cierto, que al parecer solo eran los bomberos buscando a un animal que se había escapado, pero fue la gota que colmó el vaso en una vida de pura paranoia.

Y de esta manera ya hace unos años que pasó de ser quien rastreaba, a ser quien ayudaba a sus clientes a desaparecer, viviendo como tantos otros del mundo de las charlas y la venta de libros (ES/usted me entiende…).

Hace tiempo le entrevistaron por estos lares, en cuyo vídeo, que acompaña estas palabras, explica algunas de las tipologías de clientes más habituales (personas que han sufrido abusos por parte de familiares o amigos, gente con deudas, y me atrevería a decir que también muchas de esas personas que quieren ocultar sus fechorías, aunque entiendo que queda mal decirlo en público) y cuál suele ser la estrategia seguida al respecto.

Ver en Youtube (EN)

La importancia de la desinformación

Hay, por supuesto, mucha farándula alrededor de todo esto, pero es verdad que hay elementos en los que creo que el bueno de Ahearn da en el clavo.

Uno de ellos, por ejemplo, es el hecho de que más que intentar desaparecer de Internet, lo que hay que hay que hacer es tergiversar la información que Internet tiene de nosotros.

Cualquier dato enviado mediante un formato digital deja huella. Absolutamente todo (sí, incluidos también los supuestos mensajes efímeros de aplicaciones como Snapchat). Leyes artificialmente creadas a imagen y semejanza de los soportes físicos (como es el caso del derecho al olvido) no son más que apaños que funcionan relativamente bien para el grueso de la sociedad (para la mayoría de personas, si no apareces en Google o en Facebook, no existes), pero que son insuficientes cuando quien nos busca tiene los conocimientos y/o recursos adecuados.

Y bajo este prisma, la estrategia tiene que ir más centrada en recopilar lo que hay de nosotros en Internet y dotarlo de suficiente ruido desinformativo como para que frente a esas potenciales búsquedas, la información que la otra persona obtenga de nosotros no sea identificativa de la realidad actual.

Esto pasa, por supuesto, por generar actualizaciones en nuestros perfiles que no se amoldan a lo que está ocurriendo en ese mismo momento, pero también, en casos tan críticos como los anteriormente mencionados, en generar todo un ecosistema informativo adulterado.

Algo que, hasta cierto punto, hago con mis clientes de marca personal y marca corporativa, y que en la práctica hacemos aunque sea inconscientemente en redes sociales todos nosotros. Contamos lo que queremos contar, desechando lo que no nos interesa que nuestros círculos vean. Estamos adulterando el contenido, que en esta situación no tiene como fin engañar, sino más bien ofrecer una versión de nuestro Yo más halagüeña a nuestros intereses sociales o profesionales.

Lo que me lleva, de facto, al segundo punto.

Una estrategia a medio/largo plazo

De nuevo los símiles con los que nos dedicamos a la reputación online son claros. No hay nada que podamos hacer para posicionar contenido de forma instantánea en estos buscadores, por lo que las estrategias deben ser planificadas a varios meses/años vista, de forma que ésta adquiera un factor de cotidianidad esperable.

Algo de lo que hablaba recientemente en la charla que impartí sobre marca personal (la importancia de labrar en la audiencia una rutina de consumo informativo), y que en el mundo de la tergiversación informativa es exactamente igual.

Si por ejemplo la estrategia es hacer parecer que la persona se ha ido a vivir a otro país, lo suyo es plantear una serie de acciones a tres meses vista que vayan dejando un rastro falso. Hablamos, como no podía ser de otra manera, de seguir publicando en redes sociales como lo hacíamos antes, pero con el contenido esperable de alguien que está haciendo una mudanza. Y además, de contratar a personas de ese país para que en nombre de nosotros realicen movimientos de tarjeta y llamadas a nuestros familiares. El fin último es aparentar que somos nosotros mismos quienes estamos allí viviendo a lo largo de unos cuantos meses, para que ese contenido de forma orgánica se posicione y acabe dotando a la falacia de suficientes recursos digitales aislados como para transformarla en realidad.

Algunos aspectos extra a considerar

Por supuesto, cambiar de vida no es algo que esté al alcance de cualquiera. Ahearn habla de que como mínimo deberíamos tener cerca de 250.000 dólares para empezar una nueva vida en otro lugar sin relación alguna con la anterior (de todo, el conseguir un nuevo trabajo es la parte más difícil), y que aún así, es probable que en algún momento ocurra algo que puede acabar por delatarnos.

Pero a menor nivel (emponderar tu marca personal, o simplemente intentar dejar menos rastros de nuestro día a día), hay algunos puntos que ya he comentado en más de una ocasión y que me parece conveniente repetir por estos lares:

  • Egosurfing: Es importantísimo saber qué sabe Internet de nosotros. Y esto se consigue con algo tan sencillo como buscar nuestro nombre y apellidos, nuestro número de teléfono o nuestro correo en Google, y hacer lo propio en Facebook desde una cuenta recién creada (o mediante la opción de “Ver cómo” en los ajustes de privacidad de la red social). Todo el contenido que aparezca de nosotros y no esté bajo nuestro control, es potencialmente peligroso. De ahí que sea muy pesado repitiendo eso de que todos deberíamos tener perfiles digitales activos (redes sociales, pero también blogs, foros y demás servicios). Páginas que se posicionan de forma orgánica en los primeros resultados, y que podremos modificar a nuestro antojo. Google Alerts (ES), por cierto, es una gran herramienta que utilizo con la mayoría de mis clientes para enterarnos cuando algo identificativo nuestro se posiciona.
  • Control del contenido de terceros: En todo el resto de enlaces que no están bajo nuestro control, siempre podremos intentar ponernos en contacto con la persona o empresa que esté detrás de ese contenido y pedirle amablemente que lo elimine. En la mayoría de jurisprudencias estarán obligados a ello. Y en caso de que no obtengamos respuesta, queda la opción de realizar alguno de los bloqueos de contenido que ya he explicado en profundidad recientemente.
  • Tergiversación informativa: En Internet solo deberíamos publicar aquello que no nos importaría que viera nuestro peor enemigo, y siempre bajo la política de visibilidad adecuada. Si seguimos estos dos criterios, los riesgos se minimizan drásticamente. El resto ya pasa por adulterar el contenido según los objetivos buscados. Para casos ya aún más complicados, Ahearn pone hincapié en la importancia de ser conscientes de lo que tiramos en la basura, ya que todas esas facturas y envoltorios no dejan de ser pistas que un potencial investigador podría utilizar para campañas de ingeniería social (hacerse pasar por nuestro proveedor de luz con todos nuestros datos, por ejemplo).
  • Divide y vencerás: Un servidor utiliza tres correos distintos según la importancia que tenga el servicio que voy a utilizar. De esta manera minimizo el impacto de una posible brecha de seguridad en alguno de los servicios que podría comprometer al resto, pero también, evito asociar mi correo profesional o el personal a servicios que quizás no quiera que estén asociados a mi identidad, como pueden ser páginas de citas o juegos online. También tenemos la opción de crearnos cuentas de correo temporales. Una búsqueda rápida en Google nos dará varios servicios gratuitos que permiten hacer esto.

Conclusiones

En definitiva, pasar desapercibido en Internet tiene más que ver con generar contenido no identificativo que con realmente no intentar dejar rastro alguno. Sencilla y llanamente porque esto último es a día de hoy imposible.

Afortunadamente quiero pensar que no todos vamos a necesitar llegar a estos extremos en nuestra vida, pero lo que si deberíamos haber empezado ya es a ser conscientes de toda la información que colgamos en la red, e intentar, en la medida de lo posible, dejar el menor rastro nocivo. Ese que el día de mañana podría pasarnos factura.

¿Ya ha empezado con ello? ¿Necesita ayuda?

 

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Puede ver más artículos de esta serie en #MundoHacker, donde tratamos en varios tutoriales las medidas para atacar y/o defenderse en el mundo digital.

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