Reflexionando sobre las ventajas y los riesgos de la memoria digital

memoria digital obligatoria

Sigo dándole vueltas a lo que supone que por primera vez en la historia tengamos la capacidad de externalizar a coste prácticamente cero algo tan humano como es la memoria.

El asunto no es para nada baladí, puesto que nos enfrentamos (y es raro que ocurra, pese a que en nuestra burbuja de realidad el futuro siempre nos parezca distinto al futuro que han vivido nuestros antepasados) a un entorno en el que cualquier suceso pasado es fácilmente monitorizado en el presente, y podría ser trascendente para los acontecimientos del futuro.

Iría más lejos. El tener acceso a esa información “objetiva” de un suceso pasado cambia de raíz el recuerdo (la memoria) que tenemos de él, conformando una realidad que puede ser más o menos humana, y considerando que los intereses detrás de ese almacenamiento pueden no ser objetivos, frisando entonces con las limitaciones que nuestro cerebro sufre a la hora de recordar (no recordamos, recreamos una experiencia fuertemente sesgada por nuestra cultura y los sentimientos que nos trasmite, y que irá cambiando conforme nuestra personalidad cambie).

Sobre la externalización de la memoria

Precisamente de esto hablamos no hace mucho, al respecto del verdadero valor que ofrece (al menos para un servidor) Google Photos.

En el artículo, le transmitía mis inquietudes al estar por primera vez frente a un sistema que categoriza con bastante exactitud (salvando puntuales y desafortunados errores (EN)) el contenido de la fotografía, democratizando, así como quien no quiere la cosa, su posterior lectura.

Precisamente esa categorización recaía hasta ahora en el usuario, que podía ser más o menos vago, más o menos exacto, pero con la llegada de Google Photos (y seguramente todo ese repertorio de gestores de archivos basados en la inteligencia artificial que están por llegar), el consultar un suceso (gráfico) anterior se vuelve tan trivial como realizar a día de hoy una búsqueda en internet.

Se banaliza el hecho de archivar sistemáticamente y de forma externa información que hasta ahora reteníamos en la cabeza. Se delega nuevamente el trabajo de sistematización a un organismo desarrollado por terceros, que para colmo suele tener detrás una empresa con intereses comerciales.

Y ojo, que creo que es el camino a seguir. En pleno siglo XXI, veo absurdo que utilicemos nuestro ordenador biológico para almacenar información, cuando la informática nos está ofreciendo herramientas mucho más exactas y cómodas de usar. El papel de nuestro cerebro debería ser el de procesar esa información, no el de albergarla.

Pero claro, ¿qué seguridad me da que esos pedazos de mi historia almacenados en un servidor de terceros no sean “corrompidos” por los intereses económicos de la empresa que está detrás? Ninguna. ¿Que integridad puedo esperar de un formato cuya esperanza de vida es de apenas una década? Responda usted mismo.

Un entorno (a priori) más exacto

Toda esa tecnología de ambient location y ambient listening and seeing está basada en este paradigma, en el que el papel de la tecnología es servir de tercer ojo y oído. Un ojo y un oído que nunca olvida. Uno ojo y un oído que registra sistemáticamente, enfermo del Síndrome de Diógenes Digital, todo lo que ocurre, pese a que sea intrascendente. Por si en el futuro deja de serlo.

Un ojo que, recordemos, mira en las dos direcciones.

Lo cual nos lleva a situaciones, como poco, inauditas.

Esos juicios perdidos o ganados al poderse demostrar sin temor a dudas que la persona estaba en un lugar específico a una hora específica gracias a un wearable, o al propio smartphone (EN). Esos políticos que tienen que abandonar su cargo por unos tweets escritos cuatro años atrás. Toda esa información que se puede obtener de una persona con tan solo navegar por internet, sin salir de la comodidad de tu cuarto.

Hablamos por tanto de huella digital. Una huella digital que como decía Jeff Hancook en la charla de TED que tiene bajo estas líneas:

 “La forma en la que las mentiras se descubren es comparando lo que alguien dice con las evidencias. Y con toda la analítica que se tiene hoy en día con la tecnología, la detección de mentiras se posibilitará de un modo que antes era imposible.

 

Una factura digital que no solo nos pasa en el presente, sino que quizás nos acabe por pasar, y con mayor intensidad, en el futuro.

En un escenario donde el análisis de grandes volúmenes de información se democratice (estamos aún a las puertas), podría ocurrir que ese comentario en Facebook de tus padres cuando tenías seis años sobre lo patoso que eras acabe por ser el detonante necesario para que en un proceso de selección de nuevo personal quedes descartado.

O incluso inflar el precio de ese seguro de vida que intenta contratar debido a que el sistema ha encontrado señales de posibles riesgos cardiovasculares. Riesgos obtenidos gracias al análisis de esa pulsera cuantificadora que ha llevado unos años puesta.

Fíjese que ni siquiera tiene que haber intervención por su parte. Elementos externos a nuestro criterio y actuación podría ser decisivos en acontecimientos posteriores.

Entiendo que para la mentalidad que a día de hoy tenemos de lo que significa la privacidad es una mirada utópica. Pero la propia definición de privacidad está cambiando, y quizás lo que en su momento nos pareció absurdo, en un futuro sea lo más normal del mundo, tanto para bien como para mal.

Ha pasado y seguirá pasando. Y seguramente los dientes no sean tan grandes como pensábamos, pero el quid de la cuestión es que es una posibilidad que ya no es descabella, que ya no parece sacada de una película mala de ciencia ficción.

Estamos adentrándonos en un panorama fuertemente vitaminado de información personal. Una nube propia con cada vez más puertas de entrada y de salida. Un mundo aún inmaduro, que espera como el comer un tratamiento y explotación de la información más adecuada, más ética.

Es solo cuestión del ángulo desde el que se mire dilucidar dónde están los límites entre enriquecimiento de la experiencia y abuso de privacidad.

Un adoctrinamiento que sistemáticamente nos está poniendo entre la espada y la pared, endulzado por las aparentes (y en general insulsas) mejoras que este escenario nos ofrece de cara a disfrutar (y hasta cierto punto controlar) nuestro paso por la vida.