El lado menos bonito de la revolución digital comunicativa

grupos whatsapp problem

El otro día leía con interés el reportaje que publicaba la semana pasada Xataka (ES) sobre lo que se han encontrado en grupos dirigidos a personas anoréxicas y bulímicas.

Alesya había dado, sin pretenderlo, con una de las múltiples “comunidades oscuras” que pululan por Internet. Justo de esas que, como ya expliqué en su día, buscaban en su momento una suerte de anonimato en redes como TOR. Y un ejemplo perfecto para adelantar una problemática que ya llevo tiempo observando: el cómo las mecánicas de privacidad están sirviendo también para que colectivos en riesgo de exclusión utilicen plataformas de comunicación masivas como punto de encuentro.

Comprendiendo el problema desde todas las ópticas

En el artículo la periodista había entrado a estos grupos preparando una pieza sobre la información que había disponible en Youtube sobre dichas enfermedades. Y aquí está el primer punto en el que quería pararme: Llegar a estas comunidades no es difícil. Basta con encontrar el lugar oportuno (foros, blogs, canales de Youtube) e ir tirando del hilo. O alguien te acaba invitando, o alguien ha dejado un link de forma pública para que entres.

A partir de entonces, eres uno más en dicha comunidad, y su impacto en tu día a día puede pasar del puramente anecdótico y positivo (tengo compañeros veganos que utilizan WhatsApp para compartir su día a día e inspirar a otros, y un servidor mismamente utiliza un grupo privado de Telegram para estar en contacto con los mecenas de esta Comunidad) a auténticos tejidos de conversión hacia derroteros realmente peligrosos, como es el caso de incentivar la enfermedad mental del resto (en los grupos de anoréxicos y bulímicos todos se ayudan entre si para conseguir perder más y más peso), o como ya sabemos que funcionan las redes de captación terrorista o sectarias (de grupos de activismo y/o información pasamos cada vez más hacia el radicalismo, hasta que llega el momento en el que no se puede volver atrás).

Dichas comunidades se basan en la premisa de la más pura presión social. Los usuarios sienten que están entre personas que entienden su situación, que hasta la comparten, y que por tanto pueden “ayudarles” con sus problemas. Todo cobijado bajo el pseudo-anonimato de un nick, manteniendo comunicación diaria con personas que son totalmente desconocidas, y que acaban acaparando buena parte del interés social de la persona (eso mismo que no podemos hablar con nuestros padres/pareja/círculo de amistad sale a relucir en dichas comunidades). En el otro lado, desde personas en tu misma situación, que intentarán “ayudarte” sin más criterio que el propio, a profesionales del engaño que van a manipularte para conducirte hacia los derroteros que ellos desean.

En mi familia hemos vivido de cerca esta enfermedad, como también, por temas profesionales, he estado estudiando durante años el auge de auténticas plataformas de cibercriminales, la mayoría puros fraudes, que han ido paulatinamente migrando de derroteros tan poco usables y accesibles como son las redes anónimas, a grupos de Facebook, Telegram y por supuesto, WhatsApp.

Usurpaciones de identidad, hoax y timos están a la orden del día. Todo porque una persona con pseudo necesidad específica es vulnerable, y para colmo todos nosotros tendemos a pensar que por defecto el resto de personas dicen quien dicen ser y están de verdad interesadas en ayudarnos.

Y esto es un problema serio. A fin de cuentas, la estrategia del gato y el ratón (sistemáticamente cierro aquellos canales que han demostrado infringir sistemáticamente las normas de uso de la plataforma) no van a conseguir desalientar a aquellos que las usan de forma tergiversada.

Por un motivo principal, y es que es algo tan humano como la propia comunicación.

Combatir los malos usos sin castigar los buenos

Aquí era el punto al que quería llegar, y la razón de escribir estas palabras.

Las mismas herramientas que están siendo usadas por unas niñas (y no tan niñas) enfermas para coordinarse y lanzarse entre ellas apoyo para seguir perdiendo peso matándose por el camino, son también aquellas que utilizamos todos en nuestro día a día para quedar con los amigos, para informarnos, y en definitiva para comunicarnos.

Esto lleva ocurriendo desde que el hombre es hombre. Antaño de forma presencial, y con la llegada de la digitalización, mediante chats y foros. La única diferencia con el panorama actual es que ahora esta comunicación es más inmediata, cómoda y ubicua. Desde el smartphone, y en cualquier lugar, a cualquier hora, podemos estar en contacto con varias comunidades a la vez. Todo en silencio, sin que nuestra familia o amigos se den cuenta de ello.

La herramienta no es mala per sé. Todo lo contrario. Abre un enorme abanico de posibilidades, la mayoría profundamente interesantes. Es el uso que se le da a la misma lo que le dota de una u otra INTENCIONALIDAD.

Que no hay, a fin de cuentas, un denominador común que nos pueda servir de filtro. Y que las medidas drásticas (prohibir el uso de estos canales, someterlos a un control masivo) solo atacan a los buenos. Aquellos que las utilizan con fines maliciosos (sean o no conscientes de ello) encontrarán otros medios para seguir comunicándose. Lo vimos ya hace un tiempo con el terrorismo coordinado mediante foros, y cómo fueron poco a poco migrando hacia canales menos controlados como los chats en videojuegos online masivos e incluso las propias mecánicas internas de los mismos.

Posturas como la de Telegram, que recientemente ha decidido exponer información de usuarios previa petición judicial (EN) reman a favor de lo único que de forma sensata se puede hacer para minimizar el impacto de las tergiversaciones de uso en plataformas sociales: cooperar con las autoridades en el momento en el que una Comunidad es denunciada, demostrándose que en efecto es nociva para el grueso de la sociedad y/o para alguno de sus integrantes.

Pero claro, volvemos a lo de siempre: En FB puedes crear grupos privados y ocultos. En WhatsApp no existe un buscador de grupos. Y para colmo en la amplia mayoría de servicios de mensajería el cifrado de punto a punto se ha vuelto, de facto, el protocolo de transferencia de mensajes.

Todo esto complica hasta el extremo la identificación de estas comunidades. Si incluso la propia plataforma no es capaz de saber qué se dice en dicho grupo (ES), quedamos supeditados a la denuncia por parte de alguno de sus participantes. Justo aquellos que, en la amplia mayoría de casos, son los menos interesados en denunciar.

Así que en esas estamos. No veo salida alguna a un problema semejante más allá de la obvia, que pasa por dedicar recursos en educar a las personas: En enseñarles a labrarse el sentido autocrítico, a identificar falacias (fake news) del contenido sano, venga de quien venga.

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Porque la alternativa, que pasaría por dotar a dichas herramientas de sistemas que se salten el cifrado y de algoritmos de reconocimiento de patrones conflictivos, se me antoja aún más peligrosa que la propia existencia de dichos grupos.