Frente a la figura mítica del emprendedor en Silicon Valley

Me gusta escuchar las opiniones realistas y contrarias a las tendencias que asolan a diario los movimientos sociales. Una de ellas (EN), que recientemente ha quedado firmemente arraigada en el cantar popular de España, es la de la figura mítica del emprendimiento, de ese individuo joven que viene con una idea destinada a mejorar la forma de vida del resto de la sociedad, que es capaz de levantar el país mediante nuevos puestos de trabajo y hacerse rico en cuestión de meses.

emprendedor

Y sin duda muchas de estas fábulas tienen como Pangea un pequeño reducto estadounidense: Silicon Valley, el valle de la fortuna, donde todos los emprendedores triunfan y donde el dinero cae del cielo.

Recientemente había hablado del poco interés que presenta, desde el punto de vista logístico, el intentar reproducir Silicon Valley en cada una de las ciudades del mundo. El nacimiento de este pequeño paraíso del emprendimiento dista mucho de esa figura de metodologías ágiles y de desprecio al trabajo en grandes compañías.

Lo cierto es que Silicon Valley es hoy en día lo que es porque llevan más de sesenta años persiguiendo la financiación privada, porque las leyes californianas son mucho más flexibles que las españolas en cuanto a compañías tecnológicas, y por contar con una universidad de prestigio y un sistema educativo que premia la iniciativa en vez de la reproducción. Eso sin contar la suerte de disfrutar de un clima verdaderamente bueno (cálido en casi cualquier estación del año) y una industria histórica apegada a la tecnología que bien se encargó de agrandar los bolsillos de una ciudadanía de clase media-alta.

Pero no hay que olvidar que Google o Facebook son una aguja en un pajar, y descontando ese 0,1% de emprendedores que por una u otra razón (suerte, perseverancia, dinero, contactos) han llegado a acaparar las portadas, lo cierto es que la inmensa mayoría de emprendedores, incluso en Silicon Valley, viven con lo justo para mantenerse (y a veces ni eso).

Tampoco se habla del interés real por parte de las compañías que hay detrás de la generación de ecosistemas emprendedores. Una suerte de externalización del I+D que sale verdaderamente barata a los gigantes, ya que aunque Facebook pague 19.000 millones por una startup que ha conseguido destacar entre la multitud, hay que recordar que quizás se ha ahorrado dos o tres veces su valor si hubiera tenido que crearlo él mismo.

La figura del emprendimiento no es tan bonita como la pintan, por mucho que se hable del emprendedor y no del empresario. Ya no llevaremos corbatas, pero la edad tiende a pesar cuando a la mayoría de estos currantes les empieza a ir bien. Y eso si tienen suerte.

Y mientras, con las intensas medias jornadas de trabajo (ya saben, 12 horas diarias), con su prueba error constante, con el previsible aislamiento de la familia y amigos, con la necesidad de aparentar y estar presente ahí donde haya un posible inversor, ese emprendedor que ya no es tan joven como se dice es utilizado de engranaje a un sistema donde quien gana son lamentablemente los de siempre.

Una narrativa que sirve muy bien a los intereses de las grandes corporaciones. Hacer pensar que estás luchando contra el sistema, cuando en verdad lo estás alimentando.