pago fisico

Leía el otro día en Magnet (ES) la exposición de Esther Miguel sobre la propuesta del actual presidente de Grecia, Kyriakos Mitsotakis, de multar a aquellos ciudadanos que realicen más del 70% de sus gastos con dinero en efectivo (EN).

O mejor dicho, que de pronto en Grecia el ciudadano está obligado a hacer, aunque sea, casi un tercio de sus transacciones con dinero digital (tarjetas y pagos móviles, para que nos entendamos).

¿Que cómo se hará esto? Pues si la medida sigue en pie, a partir del 2020 los ciudadanos deberán aportar anualmente recibos en los que se demuestre que al menos un 30% de sus ingresos han ido a parar a pagos digitales. Y si no lo hacen, tendrán que pagar una multa de un 22% extra sobre la diferencia con lo que falta de justificar.

Por supuesto detrás de tal medida hay una lucha clara contra el mal endémico de los países latinos en materia económica, que no es otra que la economía sumergida.

De hecho hay una anécdota muy interesante que aplica a Grecia, y que contaban en el mismo texto:

En 2010 el Pasok intentó cuantificar el tamaño de la economía sumergida, especialmente entre las clases medias y pudientes.

En los barrios del norte de Atenas, donde vivían los ricos, sólo había registradas 324 piscinas. Para cuando sacaron el Google Maps encontraron cerca de 17.000 piscinas, y eso después de que hubiese corrido el rumor de que se iba a investigar, por lo que muchos vecinos taparon con carpas las estructuras.

Por supuesto la medida tiene sus pros y sus contras, y entre ellos queda por ver si en efecto esto sirve para eliminar parte de esa economía sumergida, o si haría todo lo contrario, incitando a los ciudadanos a ocultar aún más parte de sus ingresos.

Pero creo que el debate es, per sé, lo suficientemente interesante como para que le dedique una pieza.

Nueva economía vs vieja economía

Quizás sea que yo vengo de otra generación, pero ya aplicado al sistema español, hay algo que me rechina desde hace tiempo, y para ponerlo en la mesa vamos a hablar de dos hipotéticos hermanos:

  • Pablito A es un empresario emprendedor típico español, que como muchos otros jóvenes decidió hace unos cuantos años montar una agencia inmobiliaria (es decir, con su oficina y sus trabajadores encorbatados calentando la silla).
  • Pablito B es otro emprendedor más, de esos que un buen día decidió dejar el trabajo en una gran empresa y, por ejemplo, montar un negocio basado en la consultoría de presencia digital y reputación online desde su casa, trabajando bajo proyectos con otros profesionales en cualquier parte del mundo.

El caso es que Pablito A (el empresario-emprendedor dueño de inmobiliaria) factura, de media, unos 70.000 euros al mes. Pablito B (el «informático»), unos 10.000.

Cabría esperar por tanto que a la hora de rendir cuentas ante Hacienda el primero salga más perjudicado, ¿verdad?

Sin embargo a Pablito A le sale a devolver año tras año, y a Pablito B le cruje Hacienda tanto en los trimestrales como en la declaración de la renta. ¿Cómo es esto posible?

Hay, bajo mi humilde opinión, dos catalizadores principales:

  • Ingresos vs «ingresos»: Pablito B trabaja, como decíamos, en «temas digitales». Y por ende TODO lo que hace deja un registro. Ergo declara hasta el último eurito que entra en cuenta. Pero Pablito A cobra tranquilamente el 50% de sus servicios en dinero físico, sin factura, ya que claro, así el cliente «no tiene que pagar el IVA». Y como es un buen españolito, declara ante Hacienda poco más de la mitad de lo que realmente le entra.
  • Sistema económico y optimización: Pablito B trabaja desde casa, con un ordenador, una conexión, y eso hace que, descontando el pago al resto de su equipo (otros profesionales autónomos y/o empresas, previa factura de por medio), casi todo lo que declara son beneficios. Pablito A tiene que pagar el alquiler del local y las nóminas de sus trabajadores. Y esto, unido al primer punto, hace que a ojos de Hacienda Pablito B esté peor económicamente hablando (apenas cubre los gastos) cuando en la práctica ya no solo tiene mayores ingresos, sino también mayores beneficios.

Y esto ocurre simplemente porque el sistema está creado para asumir:

  • Parte de la economía sumergida: Si el deporte nacional es vanagloriarse de que no se ha declarado X parte de los honorarios percibidos por nuestro trabajo, y lo habitual en el mundillo es crear contratos por menos horas de las que realmente se está trabajando para luego dar en B el resto de los honorarios al trabajador.
  • La esperable cultura de la improductividad económica: Con pequeñas, medianas y grandes empresas que son intrínseca y hasta voluntariamente poco óptimas a nivel fiscal, sencillamente porque declarar muchos gastos, aunque sean innecesarios, hace que las cuentas a final de año salgan mejor que si se hiciera todo como Dios manda.

¿Soy yo o algo falla?

Pros y contras de la paulatina desaparición del dinero físico

Es aquí cuando volvemos al tema que daba inicio a este debate.

¿Es negativo que Grecia, o cualquier otro país, lance iniciativas para incentivar el uso del dinero digital frante al pago físico?

Pues sí y no.

Por un lado ya hemos hablado de que el pago digital es intrínsecamente más seguro (un billete no tiene dueño demostrable, pero una tarjeta o un pago móvil sí, y en los segundos, de hecho, se requiere sí o sí verificación de autoría), pero también a cambio de perder esa ansiada anonimización del dinero físico (la trazabilidad del pago digital es buena y mala a la vez en tanto en cuanto es información que puede ser utilizada por teceros para fines comerciales y/o de tintes sociales o políticos).

Ahora bien, ¿es un paso lógico? ¡Vaya que si lo es!

Y más aún precisamente en los países latinos, donde como decía parece que aquí los listos son los que consiguen evadir más impuestos, cuando debería ser justo lo contrario (si pagas más impuestos es porque has ganado más).

De hecho más allá de esas lecturas obvias sobre si el pago digital forzado sí o no, a mi me interesa otro debate aún más, y es el del impacto que tendría la intermediación de los pagos… cuando los pagos tengan que pasar ineludiblemente por esa intermediación digital.

A sabiendas que los algoritmos funcionan como funcionan:

¿Qué pasará si el día de mañana MasterCard, o VISA, o la gestora de turno te niega crédito para pagar los productos básicos que necesita tu familia ya que según esos mismos algoritmos el riesgo de impago a futuro es demasiado alto?

Porque recordemos que en España es relativamente sencillo conseguir una tarjeta de crédito/débito (prácticamente cualquier ciudadano tiene derecho a una indistíntamente de sus ingresos mientras esté dispuesto a pagar por ello), ¿pero en otros países? ¿Y qué hacemos con los inmigrantes?

Así que sí. Tarde o temprano eso de pagar con dinero físico acabará desapareciendo. Y quiero pensar con ello que la economía sumergida de nuestros países se reduzca al mínimo.

Pero ya veremos, en ese esperable proceso de transición, cuántos cadáveres estamos dispuestos a asumir…

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