escritorio lleno de iconos

Hay dos tipos de personas en el mundo:

  • Los que viven en un entorno ordenado, con carpetas y directorios estructurados donde almacenan su contenido.
  • Y los que están equivocados (como el de la imagen que acompaña este artículo).

Al menos, esa era la premisa con la que he crecido, y he madurado, en derroteros digitales.

Sin ir más lejos, de este último fin de semana, dediqué una tarde entera a reordenar mi biblioteca de Steam. Alrededor de 500 juegos que ya tenía subdivididos en diferentes categorías (no tanto por género, que ya expliqué la razón de por qué deberíamos abandonar esta nomeclatura en obras culturales, sino por el tipo de experiencia que me dan o me han dado), y hace unas semanas publicaba ese tutorial en el que intentaba explicar cómo había mejores alternativas a dejar todo abierto en pestañas del navegador.

¿Quieres más ejemplos?

  • Mi rutina de trabajo diario se apoya en la filosofía Inbox Zero de la bandeja de correo: Todo lo que está en la bandeja, requiere sí o sí una acción mía inmediata, y en caso contrario, utilizo las etiquetas (contenido archivado más algunas etiquetas en particular para tareas de las que espero respuesta por parte de terceros, como puede ser que me paguen una factura o la respuesta ante presupuestos enviados) y la programación (tareas que requieren de mi acción pero en una hora o día del futuro).
  • Mi biblioteca de fotos: Que, pese a que hace años me pasé a Google Fotos (hablaré más tarde de esto, que tiene más miga de la que parece), sigo almacenando cada viaje en, a falta de uno, dos, discos duros externos, todo ordenadito por fechas.
  • Mi calendario: Todo lo que requiere un recordatorio temporal, está en Google Calendar, con diferentes colores según sea de trabajo, personal, de algún cliente en particular…
  • Mi lista de ideas: Como explicaba recientemente en una master class para la Escuela StoryEmotion, y trataré más en profundidad en una de las clases del Máster de Marketing Online de la Escuela (ES), tengo una herramienta Kanban en la que voy apuntando ideas de proyectos o de artículos, de nuevo asociado a diferentes etiquetas, e incluso a usuarios si el proyecto no solo depende de mi.

En fin, que para alguien tan metodológico como un servidor, el orden es crítico para ser productivo.

Pero hay una fina línea entre lo que podemos considerar optimización de la productividad, y lo que pasa a ser una extra-optimización del orden que afecta negativamente en la productividad.

Por eso, me ha gustado mucho leer la pieza que publicaban en The Verge titulada con un escueto: «File not found» (EN), y que comienza con una reflexión que da pie a la creación de este artículo (traducción libre mía, que conste).

A saber:

Catherine Garland, una astrofísica, comenzó a ver el problema en 2017. Estaba enseñando un curso de ingeniería y sus estudiantes usaban software de simulación para modelar turbinas para motores a reacción. Ella había establecido la tarea con claridad, pero estudiante tras estudiante la llamaba para pedir ayuda. Todos recibían el mismo mensaje de error: el programa no podía encontrar sus archivos.

Garland pensó que sería una solución fácil. Preguntó a cada alumno dónde habían guardado su proyecto. ¿Podrían estar en el escritorio? ¿Quizás en la unidad compartida? Pero una y otra vez, se encontró con la confusión. «¿De qué estás hablando?» varios estudiantes preguntaron. No solo no sabían dónde se guardaban sus archivos, sino que no entendían la pregunta.

Gradualmente, Garland llegó a la misma conclusión a la que muchos de sus compañeros educadores han llegado en los últimos cuatro años: el concepto de carpetas y directorios de archivos, esencial para la comprensión de las computadoras de generaciones anteriores, es un galimatías para muchos estudiantes modernos.

El orden de las cosas en época de sistemas operativos móviles

A la conclusión a la que llegó la buena de Garland no es más que el hecho contrastado de que las nuevas generaciones, que se han criado no con un Windows o un MacOS, sino con un Android o un iOS, y con servicios en la nube, no comprenden (ni echan en falta) la necesidad de entender dónde se está almacenando su contenido.

Sencilla y llanamente porque todas estas «nuevas» herramientas cuentan con un buscador que hace el trabajo de búsqueda.

Es decir, que pasamos de una tarea que antiguamente teníamos que hacer nosotros, a una que obviamos (nos da igual dónde esté el archivo) ya que con simplemente abrir el buscador de turno, llegamos a él.

Justo lo mismo que hemos experimentado los de mi generación con los números de teléfono:

Recuerdo sin ningún problema el teléfono fijo de algunos de mis amigos de la infancia (disclaimer: creo que no hay ninguno que viva ya en casa de sus padres, y por tanto siga teniendo ese mismo número), pero con la llegada de los móviles, hay veces que hasta me cuesta recordar cuál es mi número de teléfono de empresa… Ya no hablemos el saber cuál es el de mi pareja o el de cualquier otra persona.

Y sí, en efecto esta delegación en la tecnología conlleva asumir riesgos (qué pasa si como antaño, perdíamos la SIM, y con ella, todos nuestros contactos, o qué pasa si, como en la pieza de The Verge, de pronto el sistema no es capaz de hacer la búsqueda correcta), pero hace plantearme si esas tareas que considero como básicas para ser más productivo en mi día a día, no son más que meros sesgos de un millennial.

Volviendo al caso de GMail y la metodología Inbox Zero que aplico, lo cierto es que GMail ya cuenta con uno de los buscadores más potentes que hay.

Tengo claro que las etiquetas donde archivo algunos emails en particular me hacen ser más productivo (facturación, stakeholders, pendientes…), pero hay otras, justo las que tienen que ver con el proyecto al que están asociadas, que ya no tengo tan claro que repercutan sí o sí en la productividad.

Me permiten tener la sensación de que todo está más ordenado, sí. ¿Pero gano productividad con ello? Ya no lo tengo claro.

Y esto mismo podría aplicarlo a mi tablero de Kanban, y por supuesto a las diferentes bibliotecas digitales que tengo a mi alrededor.

¿Cuántas veces reviso al año fotos pasadas guardadas en local? Muy pocas, al menos si lo comparo con la de veces que aprovecho el sistema de búsqueda, y hasta de redescubrimiento, de Google Fotos, que casi cada día me recuerda dónde estuve hace X años.

Quitando los favoritos, y quizás alguna categoría extra como puede ser la de Terminados, ¿de qué me sirve reordenar mi biblioteca de Steam tan al dedillo? De poco, seguramente. Y con ello me he comido casi una tarde entera.

El corolario con el que quiero que te quedes tras leer esta pieza es que quizás, esa premisa que tenía en su día de que había dos tipos de personas (las ordenadas, y las que están equivocadas), era en sí mismo una equivocación.

Que las herramientas, sean digitales o analógicas, están para facilitarnos la vida. Que sigue siendo cierto que es importantísimo entender cómo funcionan, precisamente para evitar que, como le pasaba a los chavales a los que da clase esa profesora, no se queden colgados cuando el sistema no encuentra dicho archivo. Pero que, en última instancia, es también importante valorar hasta qué punto acciones que hacemos casi de forma involuntaria por la simple mochila histórica que todos cargamos, tienen o no sentido en un entorno cada vez más «inteligente».

¿Significa esto que voy a dejar de ordenar mi contenido digital? Pues seguramente no.

Pero sí que quizás deba cambiar de parecer, y ser más cauto cuando en mis consultorías y charlas recomiendo encarecidamente ser más ordenados.

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