Los nuevos retos del Internet del siglo XXI

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Los miembros de la Comunidad, los mecenas, e incluso aquellos que me seguís por redes sociales, sois conscientes de que además de escribir en esta página hago lo propio en la de SocialBrains.

Generalmente con dos o tres piezas cada semana, entre las que entran artículos de opinión como los que suelo publicar por estos lares, colaboraciones de terceros y otros formatos, según la estrategia de contenido que en su día fijamos para el proyecto.

El caso es que como se trata de parte de mi trabajo, y de algo que para colmo hago con una periodicidad bastante baja, hacía tiempo que no traía por estos lares alguna de las piezas que allí publico. Simplemente, y a diferencia de mis colaboraciones puntuales con otros medios (la mayoría consultables desde la sección Archivo), considero que quien quiere estar al tanto de todo lo que escribo en la Red ya asume que además de seguir esta página tiene que hacer lo propio con la de mi compañía. Y a los que os vale con el contenido de aquí es que ya tenéis bastante :).

Pero la pieza publicada el pasado lunes me ha parecido lo suficientemente interesante como para saltarme esta regla. No porque considere que me ha quedado redonda en cuanto a calidad de contenido (en este apartado creo que es muy mejorable), pero sí por su valor como pilar de algunas de las temáticas que más he tratado en estos últimos años, porque casa como anillo al dedo por aquí, y porque para colmo está repletita de enlaces que me gustaría que consultara.

Un repaso a todos los “males” que está sufriendo el Internet de nuestros días, y un adelanto de algunos que ya empezamos a divisar en el horizonte. Uno de los proyectos más grandes del ser humano (crear la mayor biblioteca de conocimiento jamás creada), sujeto a mecánicas de equilibrio y control (empresas, gobiernos, usuarios…) realmente complejas.

Así que no me enrollo. Sin que sirva de precedente, por aquí una pieza tipo de mi trabajo por la otra web:

El radicalismo y la centralización como base del negocio de la Red

Leía hace apenas unos minutos la carta que Tim Berners-Lee, considerado uno de los padres de Internet, escribía este lunes aprovechando el vigésimo noveno cumpleaños de la World Wide Web (EN) sobre los problemas a los que se está enfrentando la Red de redes para evolucionar.

Es un texto corto, traducido también al español, francés y portugués, el cual te recomendaría echar un vistazo.

En él, el bueno de Tim habla de las limitaciones que aún encontramos a la hora de reducir las barreras de acceso a la Red. La llamada brecha digital, de la cual tanto he hablado por mi página en estos últimos años, y que aunque se ha minimizado hasta límites nunca imaginados, aún encuentra fronteras (políticas, culturales y tecnológicas) difíciles de sobrepasar.

Y dedica el grueso de la pieza al impacto que tiene la cada vez más centralización de Internet en manos de grandes corporaciones. Bajo esta premisa Enrique Dans, que se me ha adelantado a la hora de emitir un análisis (ES) a colación de ello, focaliza su tesis en el papel que juega la “radicalización económica” que lleva a cada vez más servicios de Internet a buscar el contenido más sorprendente para mantenernos cautivos:

[En referencia a Youtube] …esas recomendaciones, destinadas por supuesto a incrementar nuestro tiempo de consumo, tienden a ofrecernos contenido cada vez más radicalizado con respecto al que vimos anteriormente, lo que puede hacer que, durante las pasadas elecciones, si comenzabas viendo un vídeo de un discurso de Trump, terminases recibiendo recomendaciones de supremacistas blancos, de negacionistas del holocausto o de racismo exacerbado. Si por el contrario, comenzando desde una cuenta recién creada, entrabas para ver vídeos de Hillary Clinton o de Bernie Sanders, las recomendaciones de la plataforma te llevaban a ver vídeos conspiranoicos de agencias secretas del gobierno o de supuestas tramas gubernamentales tras el 11S. El fenómeno no se limitaba a la política: si entrabas a ver un vídeo sobre fitness, terminabas viendo contenido sobre ultramaratones. Si consumías vídeos sobre vegetarianismo, rápidamente pasabas al veganismo.

Se hace eco entonces de otra pieza, esta vez publicada en The New York Times (EN) por Zeynep Tufekci, profesora de Hardvard y de la University of North Carolina, en la que profundiza en el éxito económico que conlleva la radicalización del contenido que consumimos.

Internet, entendiéndolo como ese cajón de sastre del “vale todo” cada vez más dominado por unos algoritmos de recomendación, está llevando a eso que en su día definí como la revolución estéril (ES/cambiar el status quo del sistema para llegar a un nuevo escenario que es todavía más perverso que del que veníamos). Pasamos así de depender de la línea editorial de un periódico, a la línea editorial de un algoritmo, con el añadido de que a éste último se le presupone neutralidad, y que para colmo la línea editorial viene dada de forma personalizada (qué cree el algoritmo que queremos consumir), por lo que es aún más sutil. Todo sin olvidar que detrás de ambos casos el principal eje motivador sigue siendo el factor económico (es un negocio, a fin de cuentas).

A esto además añadiría el impacto de la centralización que en estos últimos años hemos paulatinamente asumiendo como necesaria. A día de hoy es imposible enviar un email si no es pasando por los protocolos marcados por la industria. Y lo mismo está pasando con la paulatina hegemonía del HTTPs como protocolo de comunicación por defectoen eso de navegar por Internet y compartir datos.

Volviendo al símil anterior, pasamos de un escenario en el que cualquiera podía montarse en el ordenador de su casa un servidor de correo, un servicio o una página web y dar a conocer su opinión sobre el tema que considerase oportuno, a otro en el que, de hacerlo, probablemente ese contenido jamás llegue a la audiencia esperable a no ser que pasemos por el aro de unos pocos centralizadores (protocolo de comunicación usado, plataformas de intermediación, certificados emitidos por X certificadoras…). Ni posicionará bien, ni tendrá las garantías suficientes para pasar los filtros “de seguridad” de la industria.

Lo que de facto conlleva una marginación de la web verdaderamente independiente, con todo lo que ello supone.

¿Y de qué estoy hablando? Pues de que en la práctica el ecosistema digital está entrando en una fase de maduración, y por tanto, asociada a mecánicas evolutivas cada vez más lentas.

La constatación el año pasado del problema de las fake news conlleva, como efecto secundario, el que muchas de estas plataformas establezcan medidas para controlar el discurso. Ergo, hasta cierto punto, aceptar que lo políticamente correcto ha ganado la batalla también en la red, marginando de paso a aquellos contenidos que podemos considerar extremistas (y que representan, pese a lo mucho que nos joda, a un porcentaje significativo de la sociedad).

Son pequeños pasitos. Pequeñas concesiones que se están haciendo en pos de mantener el tenso equilibrio entre libertad, control y negocio en el tercer entorno.

Internet está más vivo que nunca. Lo que pasa es que ahora hay tantos factores a tener en cuenta (y tantas bocas que alimentar), que cualquier movimiento que tomemos viene asociado a una serie de riesgos que lamentablemente asumimos sin darnos cuenta.