El fantasma del emprendimiento (I)

Leía hace ya unos días la entrevista que le hacían a Carlos Barrabés en TicBeat (ES), y me fui de ella con un buen sabor de boca. Tan buen sabor que la recupero hoy como antecedente a dos artículos en los que me gustaría mojarme sobre el tema de la aparente burbuja del emprendimiento que estamos viviendo, así como las implicaciones socioeconómicas que no se tratan en el artículo y creo que deberían acompañar el ensayo.

Economía-del-Conocimiento

Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, de la MIT Sloan School of Management, hablan de que hasta el 2000, la producción y el empleo iban de la mano, pero que poco a poco este equilibrio se ha ido rompiendo hasta estallar en el 2011, con todo lo que ya hemos vivido. Este punto de inflexión se produce entre otros factores, por la filosofía de los bajos precios, un pez que se muerde la cola en la que el trabajador exige al sistema bajos precios, que llevan al sistema a optimizar la cadena y prescindir o bajar de sueldo al trabajador, que ve la necesidad de exigir al sistema bajos precios.

Sería muy sencillo para un servidor aseverar que la tecnología está empobreciéndonos (la tecnología como eliminador de empleos), pero nada más lejos de la realidad. La tecnología es un agente que hemos pedido, y que traslada el trabajo manual del trabajador hacia otro más conceptual, con todo lo que lleva asociado.

La variable tecnológica

Hemos pasado de un panorama de gestión de trabajo, a otro de gestión de tecnología, y todo en menos de una década. Un cambio difícil de afrontar por unas generaciones que en muchos casos entienden la tecnología como un impedimento o una necesidad aborrecible para acceder al conocimiento. Añadimos en la receta además una situación que difícilmente puede pasar desapercibida: Trabajos como el de cajera de un supermercado, que en su día podía considerarse de nivel medio, se ven paulatinamente empujados al final de la pirámide con la presión tecnológica (el riesgo de los cajeros automáticos de la compra), lo que obliga a pagar menos, lo que obliga a contratar a personas no cualificadas que aportan mucho menos valor que el que aportaban las anteriores, y por tanto desequilibran la balanza aún más frente a los beneficios de la tecnología.

El problema final es de todos conocidos: Existe un porcentaje de la sociedad que gana un sueldo aceptable (siendo aún la clase media), y otro que o bien va con el agua al cuello, o bien entra y sale continuamente de la cadena laboral.

La economía del conocimiento como barrera

En este nuevo entorno disfuncional, queda palpable un hecho. Se produce una separación entre los trabajadores que son capaces de gestionar la tecnología (con las implicaciones conceptuales que vienen intrínsecas) y aquellos que no lo son. La gestión tecnológica, que engloba muchísimo más que tener una cuenta en Facebook o usar un ordenador para consultar el periódico, requiere de la habilidad de conocer y saber aplicar principios de búsqueda e interacción con el tercer entorno, algo que seguramente habéis vivido de cerca con familiares y amigos que acaban por detestar su masificación.

La economía del conocimiento, que en su día pasaba por la capacidad de ser artesano en alguna función de la sociedad, ahora pasa por gestionar eficazmente la tecnología, entendiéndola como la herramienta que es para la solución de un fin. Un cambio de paradigma que está generando una barrera insoldable en un porcentaje representativo de la sociedad, dividiendo esa clase media como en su día ocurrió con la Revolución Industrial o la Ilustración.

 

En la segunda parte de este ensayo, hablaremos de la brecha de la clase media, de la burbuja del emprendimiento y de cómo en época de crisis somos capaces de innovar y pensar en el bien común.

 

Edit unas horas más tarde: Casualmente, Enrique Dans (ES) hablaba en su artículo de hoy de un caso específico de esta ruptura de la clase media. La gentrificación, o lo que es lo mismo, el caos que se produce cuando un grupo de personas con un nivel adquisitivo elevado “redescubren” un barrio, lo que hace aumentar las hipotecas y los precios en las tiendas cercanas, para detrimento del resto de vecinos, que ven como en pocos meses aumenta el precio de la vida sin que puedan hacer nada.