potenciales vidas relato distopico

Relato especial publicado la semana del libro, con algunos descuentos exclusivos para estos días en mis obras y cursos.


Hay alguien en la habitación.

¿Será un enfermera?

Un murmullo lejano llega hasta mi: «Papá».

¿Es Rosa? ¿O quizás Estíbaliz?

Mis dos pequeños amores, que han sacado tiempo en su apretada agenda para pasar estos últimos momentos conmigo. Las dos únicas partes que me quedan de quien fue el gran amor de mi vida: Mi querida María.

Nuestra historia fue tan bonita como cabría esperar viniendo ambos del mismo pueblo. María era la segunda hija de los dueños de la mercería. Yo, el tercero de «los del bar».

Crecimos por tanto juntos, pero no mostramos interés ninguno de los dos por el otro hasta poco después de que se separaran mis padres, y yo me quedase junto a mi madre ayudándola con el bar.

Las hormonas de la juventud y las ganas de experimentar de ambos, me unió a aquella otra chica cuya vida, también, había dado un vuelco tras la muerte de su padre en el accidente de las minas.

María era todo lo que había soñado, y mucho más. Cinco años de noviazgo, para luego casarnos y tener nuestra primera hija, Rosa, que vendría acompañada por Estíbaliz un año más tarde.

A la muerte de mi madre, heredé el bar y decidimos regentarlo juntos. Cuando Rosa y Estíbaliz crecieron, tuvimos los suficientes ahorros como para darles esos estudios que a nosotros ni se nos había pasado por la cabeza imaginar, en la gran ciudad.

El hijo de Rosa había cumplido dos años hacía tan solo una semana, y Estíbaliz, aunque por lejanía era con quien menos hablaba últimamente, me consta que estaba con su marido en busca del primero.

Otro murmullo me saca momentáneamente de mis ensoñaciones.

Y noto cómo alguien me levanta sutilmente la sábana.

Debe ser una enfermera.

Noto su perfume. Uno afrutado, muy intenso.

Y a mi mente no puedo evitar que me venga la imagen de mi querida Beatriz.

La que sin lugar a dudas fue la mujer de mi vida.

Conocí a Beatriz ya de adolescente, tras mudarme junto a mi padre a la ciudad. Por si no lo he dicho ya, mis padres pasaban un mal momento, y entre la presión de alimentar a tres hermanos, uno de ellos con incapacidad física, y el peso de sacar adelante un restaurante que había vivido momentos mejores, acabó por servir de broche a una relación de 25 años.

Mis dos hermanos se quedaron en el pueblo. Yo me marché con mi padre a la ciudad, donde había encontrado, por mediación de un capataz de la mina, un puesto como conserje en un conocido banco español.

Fueron unos años complicados, todo hay que decirlo. El cambiar de colegio e integrarme en unas clases ya establecidas, siendo para colmo «el del pueblo», alimentó ese esperable sentimiento de inferioridad innato en mi persona, acercándome paradójicamente más a los parias del grupo. Entre ellos, a Beatriz.

Beatriz era una máquina en eso de las matemáticas, y dedicaba buena parte de sus tardes al ajedrez, un por aquel entonces hobby, ahora considerado deporte, que era de todo menos recomendable para tener una vida social bien valorada.

Recuerdo aquellos tiempos muertos en el instituto en el que nos escondíamos en el aula de música a leer los tebeos de Mortadelo y Filemón mientras el resto salía a jugar a fútbol o a echar sus primeros «pitis» detrás del edificio.

Fue allí mismo, de hecho, donde nos dimos el primer beso. Y fue también allí donde me dijo que se tenía que ir a estudiar a la capital.

A mi no es que se me dieran muy bien los estudios, así que terminé secundaria a tiempo de que mi padre me enchufara en el banco, y así mantuvimos una relación a distancia los cinco años que Beatriz estuvo fuera. Con parones, como es normal, y con más de una crisis que conseguimos superar.

A su vuelta, por tanto, retomamos el tiempo perdido, y al año nació nuestra primera niña, a la que decidimos ponerle el exótico nombre de Nisida, que por alguna razón a ambos nos encantó.

El mismo año de su nacimiento mi padre fallecería por un virus mortal, y al año siguiente me enteraría de la muerte de mi madre, tras bastante tiempo luchando contra una enfermedad mental.

De pronto caigo en la consideración de que alguien ha abierto la ventana. Eso o me han puesto una de esas lámparas térmicas de hospital justo encima.

Noto su calor, y entre los párpados cerrados entreveo un hilo de luz reconfortante.

Alguien entonces me coge la mano y me la aprieta hacia sí.

Intento girarme en señal de gratitud, pero el cuerpo ya no me responde.

Pese a todo, soy consciente de que quién es: Encarni.

La que fue, es, y siempre será, la mujer de mi vida.

Conocí a Encarni poco después de la muerte de mi madre. Tras la separación de mis padres, decidí por motu propio quedarme para ayudar a mi madre con el bar y mi hermano pequeño, mientras el otro se iba con mi padre a la ciudad.

Y menos mal… A los pocos meses a mi madre, tras varias crisis, le diagnosticaron una enfermedad mental degenerativa.

La tratamos pero apenas llegó a celebrar esas últimas Navidades, estando como estaba prácticamente sedada.

Fue entonces cuando heredé forzosamente el bar. Un trabajo que detestaba, y que para colmo me convertí en padre al tener que cuidar de mi hermanito.

¿Lo único bueno de todo aquello? Que Encarni llegó a mi vida.

Ella fue la cuidadora que, tras varios meses de pelea con la administración pública, me asignaron para ayudarme con mi hermano.

Al principio venía tres veces por semana. Más tarde cinco. Al poco empezó a quedarse algún fin de semana esporádico. Y para cuando nos quisimos dar cuenta, ya vivía más tiempo en nuestra casa que en la suya.

Encarni fue una mujer de armas tomar. Viniendo como venía de una familia muy religiosa, tuvo claro desde el principio que no quería casarse por la iglesia, así que convenimos hacer lo propio por lo civil tan pronto como nos fue posible.

Descubriríamos más tarde, tras meses de intentarlo, que nos sería imposible tener hijos, así que cuando al final tuvimos que internar a mi hermano en una residencia y conseguimos vender aquel dichoso bar, empezamos los trámites para adoptar.

Cinco años más tarde, nuestra pequeña bolita hindú llegó a nuestra vida.

La luz va poco a poco apagándose, y noto que a mi alrededor están todas aquellas personas que han significado algo a lo largo de mi historia.

Noto la voz entrecortada de mi madre, el carraspeo incontrolado que hacía mi padre cuando estaba nervioso o triste. También al pequeño de Rosa jugando a la maquinita en una esquina, y ese perfume sutil que Estíbaliz ha transformado en su propio aroma. La respiración agitada de María, el tacto rugoso de las manos de Beatriz, el llanto apagado de Encarni…

Y soy consciente de que nada de esto tiene sentido. Que cuando tomamos una decisión estamos cerrándonos al resto de potenciales caminos que nunca transitaremos.

Y pese a ello, esbozo una leve sonrisa.

La última que haré, aunque sea para mis adentros, porque por fin podré volver a transitarlos junto a todas ellas.

Inspirado en lo que sacrificamos cada vez que tomamos una decisión, y en lo poco que llegamos a comprender aún lo que supone hacerlo.

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