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¿Qué pasaría si el billete verde dejara de ser el refugio por excelencia en tiempos de crisis? ¿Qué implicaciones tendría para EE. UU. perder la confianza internacional en su moneda? ¿Y cómo se conecta todo esto con la guerra comercial y la desglobalización impulsada por Trump?
Llevamos tiempo hablando del proceso de desglobalización. De cómo ese ciclo de apertura que marcó los primeros años de internet y del mundo hiperconectado en el que vivimos ha ido virando hacia modelos cada vez más proteccionistas. Con la excusa de las pandemias, de las guerras, de la escasez de chips o de la seguridad nacional.
Pero hay un elemento que quizás ha pasado más desapercibido en el debate general y que, sin embargo, es clave para entender por qué se están moviendo tantas placas tectónicas a nivel internacional: el dólar estadounidense.
Cuando la palabra favorita de Trump es «arancel»
Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca en su primer mandato, y ahora con su vuelta al poder (aunque sea en forma de campaña permanente), ha dejado claro que su visión de la economía pasa por un retorno al nacionalismo económico.
Lo suyo es proteger la industria local, castigar las importaciones y reindustrializar Estados Unidos a golpe de incentivos fiscales, repatriaciones de capital y, cómo no, aranceles.
No es casualidad que en uno de sus mítines dijera que su palabra favorita era «tariff». Trump ha convertido la guerra comercial en una herramienta política de primer nivel, y lo ha hecho a sabiendas de que sus efectos no se quedan solo en la relación bilateral con China. Están afectando al tablero global.
Basándose, como ya comenté en la newsletter de ayer, en una teoría creada por una persona… que ni existe (EN).
Pero bueno, que ya sabes que eso de decir verdades, en política (y más en el populismo) como que es secundario.
La confianza en el billete verde se resiente
Y como casi todo en economía, las consecuencias se acaban reflejando en la moneda.
Desde hace meses, el dólar está perdiendo fuelle frente a otras divisas como el euro, el franco suizo o incluso el yen japonés. Lo que hasta hace no tanto era el refugio natural para los inversores en tiempos turbulentos empieza a mostrar signos de fatiga.
Reuters, Bloomberg, Financial Times… todos han ido recogiendo la misma narrativa: la del dólar como símbolo de una confianza que ya no es inquebrantable. Y lo preocupante no es tanto la caída puntual, sino la tendencia sostenida.
Se habla incluso de una crisis de confianza.
De un cambio estructural.
Francesco Pesole, de ING, lo decía alto y claro (EN): «la estamos experimentando con toda su fuerza». Y si hay algo que puede hacer temblar los cimientos del sistema financiero global, es precisamente eso: el fin del ‘excepcionalismo’ estadounidense.
La posible caída del imperio.
Pasó con Roma. Pasó con Madrid. Pasó con Londres.
Y quizás le esté pasando también a Washington.
Deuda, tipos y una economía que ya no parece tan invulnerable
Tradicionalmente, EE. UU. ha podido permitirse niveles de deuda altísimos porque el mundo entero compraba dólares y bonos del Tesoro como si fueran el bien más seguro.
Un servidor, sin ir más lejos, tiene alrededor del 30% de su capital invertido de forma directa en activos estadounidenses.
De hecho, es el mayor porcentaje de mi cartera.
Ese poder es lo que les ha permitido financiar guerras, rescates financieros y estímulos a gran escala.
Pero si el dólar empieza a perder atractivo, ese modelo se tambalea.
Los tipos de interés suben, el coste de financiación se encarece y la economía estadounidense empieza a parecerse más a la de cualquier otro país.
En otras palabras, pierde su blindaje.
Nick Timiraos, del Wall Street Journal, recordaba recientemente (EN) que solo ha habido cuatro momentos en los últimos 30 años en los que el dólar cayó más de un 1,5% al mismo tiempo que los rendimientos a 30 años del Tesoro subían más de 10 puntos básicos.
Lo que antes solo pasaba en mercados emergentes o en situaciones de pánico local, ahora ocurre en la primera potencia mundial.
Mal asunto.
Una desglobalización monetaria
Y aquí viene la parte interesante.
Porque esta desconfianza no surge en el vacío. Está directamente conectada con la política comercial y económica de Trump. Con su idea de reindustrializar EE. UU. a toda costa. Con los recortes de impuestos a empresas, con los aranceles a las importaciones, con la pelea abierta con China, con Europa, con medio mundo.
Lo que está en juego no es solo quién fabrica los coches o los microchips. Es quién controla el sistema financiero internacional. Quién pone las reglas del juego. Y si el dólar pierde su estatus de moneda de reserva global, si otras potencias empiezan a cerrar acuerdos bilaterales en otras divisas (como ya hacen Rusia y China, o incluso Brasil), el panorama cambia radicalmente.
El caos que nadie quiere (pero que podría llegar)
Per Jansson, del banco central de Suecia, advertía hace poco que un cambio de este calibre sería caótico para la economía global (EN).
Porque, nos guste o no, todo el sistema está construido sobre la base de un dólar fuerte y estable. Si eso desaparece, nos enfrentamos a una reconfiguración completa del orden económico mundial.
Y ojo, que aquí no estamos hablando de catástrofes inminentes.
El dólar sigue teniendo mucho a su favor: una economía potente, unos mercados profundos, un aparato financiero con músculo.
Pero también hay que reconocer que está emergiendo un mundo más fragmentado, donde las alternativas empiezan a ser viables. Y donde el liderazgo de EE. UU. ya no se da por sentado.
Lo irónico es que buena parte de esta pérdida de confianza viene precisamente de quienes dicen defender la fortaleza de EE. UU. Trump critica a la Fed cuando sube tipos, porque quiere un dólar débil que ayude a las exportaciones. Al mismo tiempo, presume de un país fuerte y una economía imbatible.
Las dos cosas, lamentablemente, no se pueden tener a la vez.
Esa tensión entre el relato político y la realidad del mercado es lo que está alimentando muchas de las turbulencias actuales.
Y no parece que vaya a resolverse pronto.
Especialmente si Trump consigue un tercer mandato (aunque la Constitución de EEUU no lo permite, hay «maneras» para que así sea) y decide profundizar en esta agenda nacionalista.
¿Hacia dónde vamos?
La gran pregunta es si este es un bache más en la historia del dólar o el inicio del fin de su dominio global.
Yo no tengo una bola de cristal, pero sí tengo claro que estamos ante un momento de inflexión. Que lo que pasa con el dólar no es solo un problema financiero, sino el reflejo de un mundo que está cambiando de paradigma.
Y eso, como ciudadanos, como profesionales y como países, nos obliga a repensar muchas certezas que dábamos por sentadas…
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