anonimato

Empiezo a escribir este artículo a las 20 h del martes, para publicarlo mañana a las 7AM, pese a que tenía otra pieza preparada para la ocasión.

¿La razón? Llevo unos días pensando si debería o no publicar algo sobre el anonimato. Si tiene sentido que vuelva a hablar otra vez de este tema, o si bastaría con que lo mencionase de pasada en la newsletter de la semana que viene, enlazando a las dos noticias que, al final, me van a obligar a sacar al perro más tarde.

A saber:

«Los prestadores de servicios de intermediación consistente en albergar datos proporcionados por el destinatario del servicio estarán obligados a la identificación de cada uno de los perfiles y sus cuentas de usuario a través del Documento Nacional de Identidad, el pasaporte o cualquier otro documento oficial acreditativo de la identidad».

  • Por otro lado, las declaraciones (ES) del ex-CSO del Pentágono, Nicolas Chaillan, que el mes pasado presentó su dimisión asegurando que Estados Unidos ya ha perdido la guerra de la inteligencia artificial contra China.

«No tenemos ninguna posibilidad de competir contra China en 15 o 20 años […] se acabó».

Podría pensar uno que ambas noticias no están relacionadas entre sí, pero nada más lejos de la realidad.

Me explico.

Qué era Internet, y qué es hoy en día

Partamos desde el principio de los tiempos, que en temas digitales online es, básicamente, remontarnos al siglo pasado.

Por aquel entonces, el bueno de Tim Berners-Lee y el resto de grandes oráculos del Internet crearon una plataforma que permitía comunicar un ordenador con otro gracias a la magia de los cables.

De ahí nació la World Wide Web, con su elemento primordial, que hoy en día seguimos usando, llamado el hipertexto. Los hipervínculos, vaya. Los enlaces.

Gracias a esta genial revolución, era posible asociar un texto a una dirección (digital), de forma que los usuarios podían «navegar» entre enlaces, como si de piratas se tratase, surcando las olas de Internet.

Hasta aquí todo muy bonito.

La cuestión es que, de pronto, Internet se popularizó, y empezaron a llegar amigos de amigos de Tim y el resto de oráculos. Gente que no tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo, y otra gente que tenía mucha idea, pero con ganas de sacarle partido más allá del interés puramente académico y cultural.

Así nace el negocio de Internet.

Y así empiezan los problemas.

Porque, como ya he explicado alguna que otra vez, toda la tecnología que hay detrás fue creada presuponiendo que quien se conectase, lo hacía con buenos objetivos (compartir conocimiento, como estoy haciendo yo ahora mismo, o consumir conocimiento, como estás haciendo tú ahora mismo). No con intereses económicos. No con intereses maquiavélicos.

Pasa el tiempo, y los nuevos oráculos de Internet, que ahora ya no son personas, sino multinacionales sedientas, como es normal, de dinero, van parcheando la base que el bueno de Tim y sus amiguetes crearon. Que si SSL, que si certificados de cuentas de correo, que si SPFs, que si HTTP2…

Y, mientras tanto, lo que antes era un sistema democrático, creado precisamente para que todos pudieran acceder a él, se vuelve más dependiente de los dólares.

  • ¿Que quieres tener una web? Pues, como mínimo, vas a tener que contratar un dominio a un proveedor de dominio, y un hosting a un proveedor de hosting.
  • ¿Que quieres tener un correo electrónico? Pues si además quieres que ese correo reciba y envíe emails con el resto del mundo, tendrás que contratarlo en un proveedor de hosting para que esté certificado, o crearte una cuenta en un servicio de terceros.

Todo esto, ojo, está muy bien.

Soy el primero al que le gusta tener dinero para poner un plato de comida en la mesa, al menos, cada día.

Y es más, hasta cierto punto simplifica la complejidad que supone esa magia que es el que tú ahora mismo estés leyéndome a mi, sin probablemente no habernos visto en la puta vida.

Pero también tiene sus puntos negativos, y uno de ellos es que los negocios, y el anonimato, no se llevan del todo bien.

Hablemos del anonimato

Básicamente, el anonimato no es más que un «simple« (ES) derecho universal que tenemos todos para poder expresarnos en la red sin riesgo a represalias.

Una capa de protección que permite, por ejemplo, a un cibercriminal robarte 1.000 euros de la cuenta bancaria, como bien nos recuerdan a diario los noticieros, pero que también permite al vecino de al lado de tu casa estar en contacto con ese grupo de sadomasoquismo que tan buenos ratos le da, y también a ese periodista publicar el reportaje que el otro día sacó a relucir los trapos sucios de tal compañía o gobierno.

Es un arma de doble filo, pero es de esas típicas armas que, de no tenerlas, perdemos más que ganamos.

¿Que por qué?

Porque ya te digo yo que el cibercriminal, si no tiene anonimato en esa parte conocida de Internet, va a encontrar la manera de tener anonimato en otra parte, o por otros canales. Le va su negocio (y la vida) en ello.

Sin embargo, es posible que tu vecino, si tiene que identificarse como Ramón Gutierrez cuando va a escribirse con el resto de sumisos del barrio, lo mismo ya no lo haga.

Y pasa exactamente igual con ese periodista, ya que muy probablemente no tendrá acceso a esa información, al tener miedo los trabajadores que podrían filtrársela de que la empresa, o quien sea, tome represalias contra ellos.

Que no es baladí que Naciones Unidas considerase ya hace unos años el anonimato como un derecho universal. Vale que la ONU, como organización dependiente de los poderes tácitos, tampoco es que sea una hermanita de caridad. Pero digo yo que debería valer más la sentencia de una organización formada por prácticamente todos los países del mundo… cuyo objetivo es crear una sociedad más justa, que las aspiraciones totalitaristas de un partido político o gobierno en particular.

Lo que entronca con la petición del PP de abolir el anonimato.

¿Sabías que es posible eliminar tu huella digital de Internet?

Datos personales expuestos sin consentimiento, comentarios difamatorios sobre tí o tu empresa, fotos o vídeos subidos por terceros donde apareces… En Eliminamos Contenido te ayudamos a borrar esa información dañina que hay en Internet de forma rápida y sencilla.

Sobre los retos de abolir el anonimato

No sé si te habrás dado cuenta, pero en Facebook hace años que para crearse una cuenta te obligan a poner tu nombre completo. Hoy en día, de hecho, la mayor parte de servicios en Internet te piden el número de teléfono, un dato que, generalmente, está asociado a la identidad de la persona mediante el contrato con la empresa de telecomunicaciones.

¿Significa eso que Facebook es la red social más sana a nivel de contenido de Internet?

No hace falta que respondas. Ya sabemos todos la respuesta.

El problema de exigir que no exista anonimato en Internet es que es materialmente imposible.

Ya que hablamos de identificarse en un entorno digital (un mundo de 1s y 0s), con un sistema de identidad heredado del mundo físico (nuestra biología).

Podemos pedir el documento de identidad, como también podemos recurrir a documentos de identidad falsos o robados.

Y podemos entonces, para certificarlos, usar los sistemas Verify que usan las autoridades de cada país, pero entonces estaremos aceptando que las empresas (esas que están sedientas de explotar nuestros datos con fines económicos) tengan acceso a la información oficial de los ciudadanos.

Algo que da miedo de solo pensarlo.

Pese a ello, el PP no está solo en esta lucha.

Como recuerdan por Magnet (ES), el ministro de Seguridad y Delitos Económicos de Reino Unido, Ben Wallace, llevó a la agenda política la necesidad de introducir identificaciones digitales para acabar con el anonimato (EN) y “detener la ‘ley de la mafia’ de Internet”. Explicaba que los sitios web deberían poder identificar a las personas de la misma manera que lo hacen los bancos. «Lo que es ilegal fuera de Internet es ilegal online y pido a los líderes mundiales que tomen medidas serias para abordar esto, al igual que lo estamos haciendo aquí con nuestro compromiso de legislar sobre los daños online como el acoso”, señalaba.

Y eso sin olvidarnos de los sistemas de identificación de rostros mediante inteligencia artificial, que cada vez son más habituales en la banca a distancia, o en plataformas de criptomonedas.

La cuestión es que la tecnología ya está ahí, pero supone ceder muchas libertades de parte del ciudadano que no está tan claras que veamos transformadas en mayor seguridad o tranquilidad.

Más bien todo lo contrario.

Lo que entronca con la segunda noticia que mencionaba al principio del texto.

Qué Internet queremos para el futuro

Decía el bueno de Chaillan que EEUU había perdido la guerra contra China, por la simple razón de que esos gigantes de Silicon Valley, como Google, ponían trabas al Pentágono cuando estos querían proteger a sus ciudadanos.

Ya sabes, la manida excusa de la Seguridad Nacional, que ha servido al Pentágono para estar durante años espiando masivamente a todos sus ciudadanos, y también a los ciudadanos de países aliados, por si alguno de nosotros, por eso de que ahora los hipsters llevamos barba, nos volvíamos de pronto terroristas.

En China, sin embargo, no existen estos problemas.

A fin de cuentas, no hay nada mejor como vivir en una dictadura, donde el Gran Hermano tiene acceso a todos nuestros datos, y por tanto, tiene carne de sobra para alimentar su esperpéntico sistema de espionaje masivo.

Al parecer, para ex-director encargado de la Seguridad Nacional del país autoproclamado más democrático del mundo, el ejemplo a seguir en cuanto a tráfico de datos es copiar a la potencia ex-comunista en, precisamente, su abuso sistemático de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Y, en parte, lo entiendo.

Como decía hace un momento, para alguien encargado de tamaña empresa, está claro que es mucho más sencillo realizar su trabajo en un entorno en el que nadie se pueda quejar o negarse, que en otro en el que le va a tocar lidiar con esos «perroflautas» tecnólogos de Silicon Valley, y ya puestos, con un porcentaje de la ciudadanía que quizás no vea bien que el gobierno sepa en todo momento lo qué está uno haciendo.

En juego, por tanto, está decidir qué Internet queremos dejar a nuestros hijos.

Uno como el que propone China, en el que la Seguridad Nacional está asegurada en base a un Ministerio de la Verdad que decide qué se puede decir y qué no. U otro como el Occidental, vulnerable como lo es a las campañas de tergiversación de discurso, pero que permite, entre otras cosas, que yo ahora mismo pueda darle a publicar esta pieza, y que tú, desde tu casa, puedas leerla sin que unos gorilas tiren la puerta y nos lleven esposados a ambos.

¿Que eso supone tener que lidiar también con cibercriminales cabrones que quieren robarnos el dinero? ¿Y con una banda de hijos de puta que generan noticias falsas para que se hagan virales y así monetizar ese tráfico?

Pues oye, bienvenido sea.

Yo, al menos, lo tengo claro.

¿Y tú?

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