Puerto seguro [relato distópico]

medbottles

-¿Habéis visto lo de Amazon? -era Marisa quien hablaba, mientras servía la ensalada a los niños, a Rosa y a Daniel, y por último a su marido Juanjo.

-¿A qué te refieres, Marisa? -Daniel le pegó un toquecito a Rosa con esa cara de permanente media sonrisa.

-¿Cómo que a qué? Que ahora parece que la solución a todos nuestros males es aceptar como presidente a ese tal Bezos.

-Va, no empieces otra vez con política, Marisa -Juanjo entró al trapo-. Eso son cosas aburridas, intrascendentales.

-¿Pero es que no veis lo que está pasando? De pronto tenemos que aceptar que la mejor persona para estar al frente del Ejecutivo de España es… ¡Un americano! ¡Tócatelos! Y ya no solo eso, sino que ni siquiera será él mismo quien participe en las reuniones. Que claro, tiene que dirigir varios países a ambas partes del océano. Y que para eso tiene a sus copias.

-Holografía, Marisa, holografía -Juanjo le hizo seña a uno de sus hijos para que dejara el Reminder-. Que estás hecha una viejales.

-Que esto no va de ser vieja o no, hombre, sino de defender nuestra soberanía nacional. ¿Quien le ha dado voz y voto a ese en nuestro país?

-Pues la sociedad. Que ha ganado por mayoría absoluta en las últimas votaciones.

-¿Pero qué sociedad ni qué leches? ¿Tú has votado? -y sin dejar tiempo para responder- ¿Y tú Rosa? Porque yo no lo he hecho.

-Lo ha hecho mi perfil de Reminder. Que para el caso es lo mismo. Te ha quedado muy rica la ensalada, por cierto -era Rosa quien respondía.

-No claro, es exactamente lo mismo… -Marisa hizo caso omiso de la segunda parte-. Desde que está el dichoso Reminder somos meros corderos de los designios de los de arriba.

-Recuerda de dónde venimos. ¿O quieres volver a La Descentralización, con todo el caos que había en Europa? Gracias a Dios que alguien vino a poner orden al sinsentido al que nos llevaron las generaciones pasadas.

Marisa golpeó con el puño la mesa:

-¿Sinsentido? Hace una década había libertades. La gente podía votar con el corazón, con el cerebro, o como le diera la gana. ¡Lo de ahora es una pantomima!

-Tranquila, cielo. Que tampoco es para ponerse así -las medias sonrisas de Rosa y Daniel la estaban sacando de quicio- Toma, mira. Bebe un poco de agua.

-¡Estoy harta! De esta mierda de sistema, de tu pasotismo… -y mirando hacia uno de sus hijos, que seguía embobado con el Reminder- ¡Y de la mierda esta de maquinita de los cojones!

Marisa se levantó de golpe, cogiendo el Reminder de uno de sus hijos y estrellándolo contra el suelo del salón.

Acto y seguido se fue hacia la cocina.

-¿Lleva mucho tiempo así, Juanjo? -Daniel esperó un tiempo prudencial para levantar la voz.

-Es lo que te comentaba por el chat el otro día. ¡Está ida! Se preocupa y se enfada por todo… Rosa, por favor, ve a hablar con ella y convéncela de que beba un poco de agua.

Ahora mismo, Juanjo -le dijo mientras posaba la mano en su hombro y se levantaba.

A escasos metros se encontraba Marisa, apoyada con ambos brazos en la repisa del fregadero, y mirando fijamente a algún punto de la oscuridad más allá de la ventana. Su amiga se acercó a la nevera, sacó una botella de agua y vertió con parsimonia su contenido en dos vasos, para luego acercarle uno.

-Toma anda, que ya sabes que te va a sentar bien.

-No, no, Rosa -su voz sonaba cansada y sus ojos estaban enrojecidos de contenerse las lágrimas-. De veras que te lo agradezco, pero no estoy dispuesta a pasar por el aro también en este tema.

-Marisa, en serio, ¿no te das cuenta de que tu actitud está destruyendo lo que con tanto esfuerzo habéis creado en este hogar? Que tienes a tu marido asustado, y les vas a causar algún tipo de trastorno a tus hijos con esa actitud.

-No lo entiendes Rosa -su amiga negó con la cabeza mientras rechazaba nuevamente el vaso-. Nos han robado nuestros derechos. Nos han adormecido la mente con ese maldito programita. Quien decide nuestro porvenir ya ni siquiera es una persona de carne y hueso. Lo que yo pueda opinar sobre cualquier tema se modifica sutilmente para que encaje en lo que han pasado a llamar «La Sociedad Cívica» -acentuó esto último con un marcado signo de las comillas hecho con los dedos-. Que hemos llegado a un escenario en el que la moderación del discurso es el único discurso aceptable. ¿Y ahora quieres quitarme mi legítimo derecho a SENTIR?

-Por favor, Marisa, no exageres las cosas. ¿Te acuerdas que hace unos años estuve a punto de cortar con Daniel? ¿La de veces que te llamé llorando porque no podía más? Pues míranos ahora -se frotó suavemente la barriga-, con ganas de empezar una nueva vida juntos, con planes a futuro y más feliz que nunca.

-A cambio de perder parte de tu ser, Rosa. ¿Cuándo ha sido la última vez que has llorado? ¿Cuánto hace que no te enfadas? La ira y la tristeza también son parte de nosotros. Nos ayudan a comprender el mundo que nos rodea, a aprender de nuestros errores. A seguir evolucionando.

Rosa sorbió un trago y sonrió:

-Lo bonito de la mejora afectiva obligatoria es que elimina de un plumazo la necesidad de enfrentarnos a nuestro peor enemigo: nosotros mismos. Nos hace evolucionar como sociedad.

-Es cierto -Daniel estaba en la puerta de la cocina junto a Juanjo y sus dos hijos-. Ya hubieran querido los sufridos habitantes de este planeta a principios del siglo XXI que al igual que en su día se hizo con el yodo, alguien hubiera incluido en el agua todos los elementos necesarios para hacernos mejores personas.

-¡Que no estoy dispuesta a chutarme oxitocina porque sí! -la mujer estaba a punto de llorar- Que no es lógico. Que quiero seguir teniendo mis sentimientos y viviendo mi vida. Amando y disgustándome, riendo y llorando. ¡Quiero ser yo!

-Pero mamá -el niño corrió a abrazarla con la misma cara de media sonrisa que todos tenían-. Ser tú nos hace daño. ¿Es que quieres hacernos daño?

Marisa se derrumbó en el suelo sollozando.

-Hazle caso a tu hijo, cielo -Juanjo le acercó el vaso a su mujer-. Sé una buena esposa y una buena madre. Es tu deber.

Gracias a la mejora afectiva obligatoria ya no hay guerras en el mundo. O al menos, en el Mundo Civilizado -el hijo pequeño le secó las lágrimas.

Gracias a la mejora afectiva obligatoria somos mejores personas y vivimos una vida más feliz y plena en el colectivo -Juanjo le cogió con cariño la mano a su esposa, para que luego ésta sujetara el vaso.

Gracias a la mejora afectiva obligatoria hemos trascendido como especie, dejando atrás las limitaciones morales y fisiológicas de antaño -el otro niño le empujó suavemente el canto del vaso para facilitarle a su madre, que no paraba de temblar, el llevárselo a la boca…

_____

Inspirada en el trabajo de los investigadores de bioética Julian Savulescu y Anders Sandberg sobre el impacto que podría tener la mejora farmacológica en la sociedad.

Puedes leer más de estas piezas distópicas bajo el tag Relatos.

También tienes a la venta la versión digital y física (tapa blanda) de esta serie, con un epílogo y un relato exclusivo.