tokenizacion

Hace unos días publicaba una pieza explicando las razones de por qué habría que tener hype alrededor de los palabros de moda (con permiso del metaverso): los NFTs y juegos Pay-to-Earn.

En la pieza profundizábamos en el concepto de los contratos inteligentes aplicados a la compraventa de productos digitales, y cómo esto abría la veda a que parte de la idea de posesión que tenemos en el mundo físico se traslade, de forma artificial, al mundo digital.

Que por ejemplo, un creador de contenido pudiera cobrar royalties de sus obras cada vez que estas cambian de mano o se reproduzca. El mismo concepto que históricamente hemos tenido en industrias como la discográfica o la literatura, solo que sistematizado (el propio sistema de compartición de esas propiedades se encarga, blockchain mediante, de llevar automáticamente el control de esos royalties).

Esto realmente sí es interesante, y no el hecho de que haya unos cuantos (no muchos, ojo, que se calcula que más del 85% de transacciones mundiales de NFTs las están haciendo el mismo grupo de personas (EN)) especulando con dibujos de monos y demás gifs…

Hoy, sin embargo, quería hablar de otro concepto relacionado con la economía crypto que también me parece importante conocer: el fenómeno de la tokenización.

Qué supone la tokenización

Tirando de la historia reciente, lo cierto es que la tokenización no es algo nuevo. Simplemente lo estábamos utilizando en otros derroteros.

Sin ir más lejos, en sistemas de seguridad basados en 2FA, usamos tokens (es decir, un grupo limitado de caracteres que se genera pseudo-aleatoriamente cada ciertos segundos) para demostrar que somos nosotros quienes se están intentando identificar en el servicio online de turno.

Y hablamos de sistemas creados hace, literalmente, décadas. No de nada nuevo precisamente.

¿Por qué es ahora cuando la tokenización empieza a tener mayor impacto en la sociedad?

Pues, por absurdo que parezca, por el hecho de que es ahora cuando tenemos una herramienta capaz de identificar de forma única, irreversible y unívoca, elementos digitales.

¿Que a qué me refiero? Pues a la cadena de bloques. Al blockchain.

Llevamos por esta santa casa años asegurando que no es el bitcoin, per sé, una revolución, sino las tripas que han hecho de esta moneda el éxito aparente que tiene en la actualidad. Por el simple hecho de que es, todavía a día de hoy, la mejor manera que hemos encontrado de gestionar digitalmente una agenda de transacciones a priori no modificable.

Y esto abre la veda a que podamos coger un todo, dividirlo en muchos pocos, y asegurarnos de que toda transacción de esos pocos queda registrada y es posible consultarla por el resto.

Es aquí cuando la tokenización hace acto de presencia, y cuestiones que antes se antojaban en la práctica difícilmente auditables (posible ya era, pero debíamos confiar en la «libreta» que gestionaba un tercero, y no en una agenda pública gestionada por todos como es el blockchain), la propia tecnología ahora lo permite de forma relativamente sencilla.

¿El mejor ejemplo?

La inversión en bolsa. Me explico.

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La tokenización explicada de forma sencilla

A priori, hay dos maneras de invertir en bolsa:

  • Comprar acciones directamente.
  • Invertir en un broker.

En el primer caso, nosotros compramos directamente un lote de acciones a la compañía que queramos, y al precio que tengan en el mercado. El problema de esto es que, por un lado, hay acciones que cotizan bastante alto (3k-4k para algunas de las grandes empresas tecnológicas del momento, por ejemplo), lo que supone asumir mayor riesgo (si pagamos mucho por cada acción, podremos comprar menos acciones, y por tanto tendremos una cartera mucho menos diversificada, por lo que cambios en dichas acciones impactarán más, para bien y para mal, en nuestra inversión), y por otro esto cierra la puerta a los inversores minoristas; gente como tú o como yo que lo mismo queremos meter unos cuantos euros ahí con la esperanza de que nuestro capital no vaya perdiendo valor por el simple peso de la inflación.

Para cubrir estas dos problemáticas surge el segundo caso, en el que nosotros no compramos directamente un lote de acciones, sino que invertimos conjuntamente con otros mediante una plataforma, que puede ser un broker regulado, un fondo de inversión, un lo que sea. La cuestión aquí es que nosotros no estamos pagando por una acción, sino por la participación de un lote de acciones, en un fondo que gestiona un tercero. Nosotros le pagamos a ellos, y son ellos, con el dinero de todos nosotros, quienes compran las acciones que ven oportunas. Esto permite, en efecto, que podamos participar con inversiones más modestas, y que podamos participar con una cartera mucho más diversificada… pero a cambio asumiendo que confiamos en que ese agente haga bien su trabajo y no acabe yéndose con nuestro dinero.

En este entorno es cuando, gracias a la tokenización (EN), se abre una tercera vía: La de que sea la propia compañía (por seguir con el símil de la bolsa) quienes ofrezcan un token, cuyo valor será una n-ésima parte de la acción, de forma que cualquiera con menor presupuesto, o que quiera una menor exposición al riesgo, pueda participar. No comprando la acción en sí, sino unos tokens que equivalen a una porción del valor de la acción. Exactamente lo mismo que en el segundo caso… solo que sin tener que fiarse de un tercero.

¿Ves por dónde voy?

Un nuevo mercado basado en tokens

De pronto, esta idea que siempre ha estado revoloteando por ahí, es factible tecnológicamente hablando, y se abre la veda a que cualquier activo, sea tangible o intangible, pueda ser dividido en partes más pequeñas para que terceros puedan participar en su evolución.

Desde cosas tan triviales como tokenizar el tiempo de trabajo de un servidor, ofreciendo, por ejemplo, unos tokens que den a quienes los compran la opción de intercambiarlos por acceso a contenido exclusivo en mi Comunidad, al grupo de mecenas en Telegram, a consultorías personalizadas conmigo…

Exactamente lo mismo que tenemos ahora en Patreon, solo que sin depender de una plataforma de terceros. Simplemente con un token que un servidor podría sacar.

Es más, justo estos días conocíamos que Kickstarter, probablemente la plataforma de micromecenazgo más conocida del mundo, tiene planes para migrar su infraestructura a blockchain (EN) antes del 2023.

Y que ofrecerán en ese momento su propia infraestructura para que otras plataformas, si así lo desean, puedan utilizarla, transformando muy previsiblemente el paradigma de micromecenazgo actual, puramente centralizado, a uno descentralizado basado en tokens.

Y tenemos mil y un ejemplos de otras industrias que se están moviendo hacia la descentralización.

Desde democratizar la participación de beneficios en proyectos tan diversos como puede ser los royalties de una canción con Royal.io (EN/como adquirir los derechos de una canción es algo muy caro, esta plataforma permite a cualquiera comprar tokens asociados a una canción, de forma que si esa canción acaba siendo un éxito, los beneficios se repartan entre todos los que tengan tokens), de una obra de arte con Masterworks (EN/no todo el mundo tiene la capacidad de comprar un cuadro de un artista conocido, pero muy probablemente sí de hacerlo con un token que representa una parte del valor de la propiedad de esa obra), o incluso en la inversión en startups mediante Securitize (EN/una plataforma creada por Carlos Domingo, ex-CEO de Telefónica I+D y al que por cierto en su día le hice la web, y que abre la veda a que cualquiera pueda ser inversor de una empresa de reciente creación sin tener miles de euros disponibles).

Hablamos por tanto de permitir que más gente esté en la capacidad tanto de monetizar su trabajo/obra, como de generar ingresos extra invirtiendo y diversificando su cartera, sin tener detrás un gran capital y/o acceso a estos mercados elitistas.

Y, por supuesto, siempre, como en cualquier otra disrupción abstractiva del mercado, hay riesgo de fraudes.

Casi cada día oímos los casos de tal token que ha acabado siendo una falsa, con su creador desaparecido con varios miles de dólares en la cartera.

Exactamente igual que ocurre con cualquier otro mercado económico.

Lo que no resta valor a la herramienta, y que debería servir para recordar, una vez más, que antes de mover algo tan sagrado como puede ser nuestros ahorros, o de tan siquiera planteárselo, es importante investigar, formarse y tomar decisiones con la cabeza, y no con el corazón.

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