desinformacion

Este es un ejemplo de los artículos que semanalmente escribo de forma exclusiva para los mecenas de la Comunidad.

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Tenía para hoy otro artículo hablando sobre la publicidad de las casas de apuestas, pero creo que este tema debía ser tratado más en profundidad ahora, así que con tu permiso pasaré el otro a la semana que viene.

El caso es que como bien sabrás, las elecciones estadounidenses ya han terminado, y el bueno de Donald Trump le va a tocar abandonar la Casa Blanca.

Por supuesto, él no ha perdido: los satánicos demócratas han conspirado para hacerse con el conteo inyectando al sistema millones de votos fraudulentos mediante el voto por correo. Ese mismo que, por supuesto, quiso considerar no válido a mediados de la semana pasada, cuando aún iba por delante.

¿Hay pruebas de ello? Pues no, por supuesto. Como tampoco de ese supuesto espionaje masivo de Huawei por parte del gobierno chino, o de aquellas peligrosas bombas nucleares que tenía Al Qaeda guardadas en el armario de una de sus cuevas.

El 2020 termina así con al menos una buena noticia, y es que lejos de considerar a Biden el nuevo premio Nobel de la Paz (tampoco es santo de mi devoción), al menos parece que en la primera potencia mundial no tendremos al frente a un populista al que la verdad solo le importa cuando va alineada con sus intereses.

Han sido por tanto unas elecciones marcadas, como ya ocurriera con las últimas, por las campañas de tergiversación informativa. De ambos lados, ojo, pero con la gravedad de tener al propio presidente haciéndose eco de cualquier bulo que simpatizase con su roadmap.

Y el panorama que deja no es para nada halagüeño. Sin ir más lejos se me viene a la mente esa nueva representante de la cámara baja por Georgia, Marjorie Taylor, que se ha mostrado públicamente como vocera de QAnon (EN), un grupo TERRORISTA (no lo digo yo, lo dice el FBI (EN)) que asegura que toda esta campaña demócrata ha sido creada por unas élites satánicas, pedófilas y caníbales que lleva años operando detrás de la cortina, siendo Trump nuestro único salvador.

¿Suena a coña, verdad? Pues como ya expliqué por la newsletter púbica hace unas semanas, tiene millones de seguidores (EN/entre ellos varios congresistas republicanos), abrazando como anteriormente hizo el Daesh las mecánicas de propaganda, desinformación y memes de Internet para enganchar a más simpatizantes.

Y vaya, que en España (y en el resto del mundo) la cosa no está mucho mejor.

Por aquí estos días ha habido principalmente dos grandes campañas de fake news:

  • El gobierno quiere erradicar el español como lengua oficial: Que como cualquier otra falacia parte de una verdad recogida en el BOE, pero obvia que la nueva directriz se refiere a la lengua vehicular (ES/cosa, por cierto, que en su día sacó adelante el PP con la ley Wert) y que esto no significa que en ningún territorio se pueda «erradicar» la oficialidad de nuestra lengua materna. Es más, con el cambio se deja tal cual estaba antes de la LOMCE, donde que yo sepa ya se hablaba también el castellano en España.
  • El gobierno crea un ministerio de la verdad a lo Orwell: Que, de nuevo, parte del hecho de ese interés ya no solo del gobierno español, sino de la propia Comisión Europea (que es quien ha propuesto a todos los estados miembro el nuevo plan llamado «European Democracy Action Plan» (EN)), de intentar luchar contra la desinformación con un sistema en 4 niveles del que, por cierto, en España y a nivel de competencias ejecutivas ya se estaba realizando por parte de la Policía Nacional y la Guardia Civil.

Y es aquí donde surge la duda.

¿Qué herramientas son más adecuadas para combatir este tipo de campañas? Y sobre todo, ¿dónde ponemos los límites?

A bote pronto parece que hay algunos movimientos desde el lado de las tecnológicas que están ayudando, aunque sea moderadamente, a combatir esta lacra.

  • El mejor ejemplo lo tenemos en Twitter, donde la reciente decisión de «incentivar la lectura de un enlace» antes de compartirlo, como ya comenté en otro artículo exclusivo de mecenas, ha dado sus frutos.
  • A esto súmale las alertas que tanto Twitter, como desde hace poco Facebook (les ha costado) incluyen cuando un contenido potencialmente puede ser falso (ya expliqué también que aquí no hay ninguna élite maquiavélica decidiendo qué es y que no es, sino un conjunto heterogéneo de medios especializados, cada uno cojeando hacia su lado, que en suma dictaminan con hechos contrastados lo que es fake de lo que no). El caso más anecdótico, el de Trump, cuyos últimos tweets y actualizaciones en la campaña iban casi todos acompañados de bloqueos de contenido o consejos a la lectura al tratarse «potencialmente» de una manipulación de los hechos.
  • En el otro extremo tenemos a Youtube, que ya en su día se mostró incapaz de combatir los contenidos tóxicos y la desinformación, y que sigue en la misma tesitura. La plataforma de vídeos de Google ha demostrado ser en esta campaña el mejor canal para verter propaganda manipulada. Una propaganda que sus algoritmos de recomendación siguen sin poder detectar.

¿Y desde el punto de vista de las autoridades?

El doble rasero de la moderación de contenido frente a la desinformación

Si algo debería preocuparnos de la decisión del gobierno de «intervenir el contenido falso que se comparte», es que por razones obvias no siempre resulta fácil separar la paja del grano. Las campañas de desinformación están formadas, como ya expliqué, por una serie de elementos verídicos que se envuelven en un papel de falacias para dirigir el discurso hacia los derroteros buscados. A veces de forma claramente señalable, afortunadamente, pero otras veces de una manera muy sutil. Tanto que para entrar en ello es necesario profundizar demasiado en las razones (curiosamente refutar fake news cuesta mucho más que crearlas). Algo que al grueso de la sociedad, por regla general, le importa una mierda (y más aún a los que va dirigida la campaña).

Como explicaban por Magnet (ES), ese supuesto «Ministerio de la Verdad» español operaría en cuatro niveles:

  • El Nivel 1 incluye la detección y alerta temprana de la desinformación, la «investigación del posible origen y propósito» y la «decisión sobre su elevación o finalización». Es decir, un primer paso de seguimiento administrativo y burocrático.
  • En el Nivel 2 se involucra a la «comisión permanente» contra la desinformación, se realiza un «análisis de la situación» y se activa una «célula de coordinación» por el Director del Departamento de Seguridad Nacional. Más burocracia.
  • Es en el Nivel 3 donde se prevé la primera medida ejecutiva: una «información por parte de la Secretaria de Estado de Comunicación». O lo que es lo mismo, una «campaña de comunicación estratégica» advirtiendo al público.
  • El Nivel 4 queda reservado para las intervenciones de terceros estados en el normal desarrollo de la vida política y electoral del país, y la «respuesta política» pertinente.

Fíjate que solo el nivel cuatro tiene un valor real ejecutivo. Algo que, como decía, ya está funcionando mediante la Policía Nacional y la Guardia Civil. Los otros tres niveles o son puramente de seguimiento, o como en el caso del nivel tres, atacan a algo que sinceramente creo que la única manera adecuada de combatirlo: las campañas de comunicación.

Es decir, que si hay algo que sabemos que sí o sí va a funcionar es ayudar a la gente a darle las herramientas (el pensamiento crítico) necesarias para que ellos mismos sepan y entiendan el valor de ver más allá de un color o un partido político, analizando la esencia (las bases informativas) de una noticia.

¿Cuál es el problema entonces? Pues el mismo de siempre. Que para educar:

  • Se necesita tiempo: Y precisamente este problema lo tenemos ahora. Si solo se apuesta por la educación, quizás para cuando esa educación empiece a dar sus frutos ya nos hemos matado los unos a los otros.
  • Se necesita ganas: Que, recuerdo, que al grueso de la sociedad se la sopla que algo sea verdad o mentira. A Trump lo han votado 70 millones de personas, no cuatro descerebrados. Y entre ellos habrá muchísimos con una gran inteligencia y estudios.

El problema de las fake news es que son mucho más tragables que la cruda realidad. Esa que no entiende de blancos y negros, sino de grises.

De ahí que sea tan complicado combatirla. A fin de cuentas, ha sido creada para que sea fácilmente consumible, al darle a la víctima justo lo que espera recibir.

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Articulo exclusivo PabloYglesias