NFTs

Esto que ves aquí es una imagen de hace unos años a dos series de dibujos sacados rápidamente antes de enviarlos a enmarcar. Hoy en día los tengo colgados por el pasillo que lleva a la segunda planta de mi castillo casa.

La serie de arriba está basada en algunas experiencias personales de mi infancia. La de abajo tenía como objetivo hacer una crítica sana a algunas de las injusticias del sistema capitalista vigente.

Hablamos en ambos casos de dibujos a carboncillo, inspirados claramente en el cubismo de principios del siglo XX con algunos toques del primitivismo africano. No es, de hecho, la única serie que tengo a carboncillo, y ni tan siquiera la única obra de primitivismo que hice (en mi despacho, sin ir más lejos, tengo un Aku-Aku de medio metro colgado de la pared hecho con residuos). Pero todos tienen en común el ser originales.

Este último punto es importante.

Si en vez de llamarme Pablo F. Iglesias, me llamase Pablo Picasso, estos trozos de papel sucios pasarían de valer unos pocos euros a varios millones. Todo por ser simplemente originales.

La originalidad es uno de los aspectos fundamentales del valor del arte. Cuando alguien compra una obra artística, está con su dinero constatando el valor de la originalidad de la misma.

El problema es que esto en el arte «tradicional» es tan sencillo o complejo de comprobar, como sencillo o complejo sea el replicar dicha obra.

Un cuadro a carboncillo, volviendo con el símil, es difícilmente replicable.

Ni el propio autor va a poder crear algo que sea exactamente igual, y por ende, bastará con que un tercero, que hace las veces de garante, estudie dichas diferencias para validar o no la originalidad de cada una de las supuestas obras originales.

La cosa, sin embargo, se complica cuando pasamos del arte manual «dibujo, pintura, escultura, y todas sus respectivas variantes» al arte industrial.

Un servidor, de nuevo, también hizo en su día bastantes grabados y litografías. Es más, llegué a vender algunos de ellos, pero con lo que quiero que te quedes es que a diferencia de un cuadro, lo qué hace original a un grabado es su número de serie, esto es, el compromiso (contrato tácito) que firma el artista con el comprador para mantener la originalidad de la obra.

¿De qué diablos estoy hablando?

Pues que cuando tú compras un grabado de Pablo F. Iglesias (o del bueno de Picasso), realmente lo que estás comprando es un duplicado que forma parte de una serie original. Una serie formada por X número de grabados FINITOS (X de 4, X de 7, X de 20…) creados orgánicamente a partir de un mismo negativo (el grabado 1 de 12 es el primer grabado que se hizo con ese negativo, el 2 de 12 es el segundo…).

De hecho el precio (valor, mejor dicho) de un grabado 1 de 12 seguramente sea mayor que el de un 1 de 20, por el simple hecho de que del segundo debería haber más copias que del primero (la originalidad se diluye entre el número de copias).

Y pese a todo, la copia 1 de 12 y la copia 2 de 12 jamás van a ser idénticas. Muy parecidas, por supuesto (el negativo es el mismo), pero variaciones sutiles en la presión y cantidad de la tinta usada, así como el propio deterioro gradual del negativo y las propias imperfecciones del papel usado harán que per sé, dos grabados que forman parte de la misma serie, sean originales entre sí. Lo que de nuevo, le dota de ese valor de originalidad en una capa de profundidad más abstracta que el arte manual.

Entra en juego la originalidad digital

¿Sigues conmigo? Pues vamos a darle una capa más de abstracción.

De pronto surgen los soportes digitales, y como toda herramienta creada por el humano, se abre la veda a generar arte basado en 1s y 0s.

No carboncillo, no tinta: 1s y 0s.

¿Cuál es el problema que encontramos a la hora de valorar el arte digital? Pues que, nuevamente, el paradigma de originalidad de una obra se diluye una capa más, habida cuenta de que cualquier cosa hecha en 1s y 0s es reproducible a un nivel que podemos considerar de exactitud absoluta.

Cuando tú en tu móvil duplicas una foto para enviársela a un compañero, en la práctica le estás enviando la misma foto, los mismos 1s y 0s. Lo que hace que esa obra que antes era original ahora conviva con otra versión de sí misma que es idéntica, y por tanto, igual de original.

¿Qué hacemos entonces para valorar algo que es replicable con exactitud? ¿Cómo valoramos entonces la originalidad?

Es ahí donde entran los NFTs.

Un NFT o Non-fungible Token no deja de ser un elemento de terceros que certifica que tal obra (digital en este caso) es original, única.

Y qué mejor forma de hacerlo que utilizar para ello un sistema de «libreta pública de registros» como son las cadenas de bloques. Sí, los blockchains.

Gracias a los NFTs, lo que decimos públicamente (auditable por cualquiera) es que Pepito es propietario de la originalidad (explicaré más adelante qué supone esto) de X cosa digital (un dibujo, un álbum, una web, lo que se te ocurra).

Si además lo juntamos, como se está haciendo con los NFTs, con el paradigma de ethereum (es decir, una cadena de bloques asociada a un contrato inteligente que puede tener sus cláusulas) tenemos como resultado una manera de certificar que X copia de un producto digital es la original, y que el autor de la misma o su actual propietario lo ha vendido (acredita su originalidad) a su nuevo propietario, que pasa a ser el dueño de ese producto en las condiciones marcadas por el contrato vinculado a esa cadena de bloques en particular.

O dicho de otra manera: Se otorga artificialmente originalidad a un producto creado en un entorno (el digital) donde la originalidad no es fácilmente cuantificable.

El negocio de los NFTs

Todo lo que te he dicho anteriormente es la parte teórica del valor de una obra de arte. Ahora bien, como en todo donde hay dinero de por medio, la mayor parte se meten en estos mercados no por el valor cultural de dicho producto, sino por su valor de apalancamiento o inversión económica.

Los NFTs no son para nada algo nuevo. En 2017 sonaron mucho debido a que a alguien se le ocurrió crear imágenes bonitas de gatos y asociarles un NFT para que cada uno pudiera coleccionarlos (criptokitty), como si de cromos se tratase.

Se generó entonces un mercado de compraventa como el que, recalco, hay hoy en día en otros coleccionables tangibles como son las cartas de Pokemon o los cromos de jugadores de fútbol, llegando a pagar hasta 172k de dólares por alguno de esos gatitos virtuales (EN). Por unos cuantos 1s y 0s puestos de una manera específica, y que formaban por tanto parte de una serie (igual que lo de los grabados) más limitada que la de otros cromos.

Estos días la fiebre por los NFTs ha vuelto con fuerza tras poner a la venta del primer tweet de la historia (EN), creado por razones obvias por su fundador Jack Dorsey, por unos 2,5 millones de dólares. Un movimiento que por razones obvias ha generado mucho interés mediático, y ha creado la bola de nieve esperable tanto en el sector artístico, como en definitiva en cualquier interesado en sacar rédito económico a cualquier creación digital o incluso analógica.

Y es ahí donde a un servidor se le frunce el ceño, ya que aunque en efecto el NFT certifica con total exactitud que X producto es original y está asociado a un contrato inteligente, el propio funcionamiento de los non-fungible tokens entraña, per sé, algunas incertidumbres.

A saber:

Originalidad frente a unicidad

La primera y más obvia es que que algo sea original en derroteros digitales no tiene por qué significar que sea el primero. Perfectamente un servidor puede buscar alguna obra de Picasso, digitalizarla, y venderla como original, al no tener Picasso dicha obra digital a la venta.

Por supuesto, para esto están los derechos de autor, y está claro que si yo hiciese lo que comento arriba pocos caerían en la trampa… Pero, ¿y si me apodero de una obra de un autor desconocido y la firmo con un NFT? A sabiendas de que en el paso a digitalizarla estoy, en esencia, generando una nueva obra distinta a la anterior…

Las cosas, como ves, se complican.

Derechos de originalidad

Otro tema que creo que se está tratando bastante incorrectamente estos días al hablar de NFT es no dejar claro que el ser el propietario de una obra no significa que seas el dueño de sus derechos.

Como explicaba, todo NFT tiene asociado un contrato de vinculación que puede o no tener cláusulas. De esta manera, quien comprase ese tweet de Jack Dorsey no significa que vaya a poder decidir sobre su futuro, modificarlo o en definitiva hacer lo que le de la gana con él.

Es más, realmente lo único que puede hacer es:

  • Vanagloriarse de que es suyo.
  • Revenderlo a terceros.

Es decir, justo lo que buscaría un potencial inversor (comprar por X, vender por X+Y).

Y un paso más allá: Jack Dorsey puede borrarlo cuando le dé la gana, o Twitter eliminarlo o bloquearlo a su antojo, y el NFT seguirá siendo del dueño.

Que en esencia, y esto es importante, lo que se está comprando aquí es una suerte de «firma» que certifica tu compra, no de la venta del producto en sí.

De ahí que vea absurdo que Bansky haya puesto a la venta una de sus obras mediante NFTs, y para no levantar suspicacias (nada le quita que mañana vuelva a ponerla a la venta con otras NFTs) haya públicamente quemado su obra física en un vídeo (EN).

Entiendo los objetivos buscados (hacer sentir a que quien compre ese NFT una suerte de sentimiento de pertenencia de una obra como ocurre con las obras físicas), pero no deja de demostrar que la cultura inversionista (los que están realmente ahí para gastarse fortunas) entienden muy poco de cómo funcionan los 1s y los 0s, y muy mucho del valor puramente económico que tiene el estar dentro.

En fin, que espero que este pequeño ensayo, muy salpicado de ejemplos, te sirva para despejar un poco las dudas sobre los NFTs.

Lo mismo dentro de un año ya no nos acordamos de ellos. O quizás sí, y desdibujen por completo el paradigma de relaciones entre generadores de contenido y sus seguidores.

Por lo pronto tenemos desde grupos de música como Kings of Leon sacando sus álbumes (EN) hasta gente vendiendo vídeos (EN) por esos lares.

Contenido que cualquiera de nosotros puede consumir gratis, o por un pago de unos pocos euros.

Al igual que pasa con un cuadro de Picasso (cualquiera de nosotros puede imprimirse el cuadro y colgarlo de casa, pero solo unos pocos van a poder decir que tienen el original).

Con la única diferencia es que la originalidad, en derroteros digitales, es artificial y auto-impuesta por los NFTs.

Solo el tiempo dirá si la idea es tan buena como parece, o se queda en una anécdota curiosa de los devenires del blockchain, y en definitiva, de la fiebre por monetizar lo digital.

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