Nuestro rastro digital como sujeto de estudio sin fecha de caducidad

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Como ya muchos sabéis, además de por el blog y por la intranet de mecenas, escribo semanalmente entre uno y tres artículos en la página de SocialBrains.

Es una colaboración recurrente, y por ende, aunque habitualmente traslado a esta santa casa todas mis colaboraciones en páginas de terceros, es rara la vez que hago lo propio con las de SocialBrains. Quien me quiera leer sabe que también me puede leer por allí (descontando a lo sumo 1 o 2 artículos al mes, el que lleva el blog soy yo). En todo caso las menciono de pasada en alguna otra pieza, y en el email de los lunes que envío a los miembros de la Comunidad.

Pero hace unos días tocaba en SB hablar del vídeo interno de Google que se había filtrado, y que propone una serie de temas que cuanto menos nos deberían hacer pensar (ES). El artículo y el contenido me parece interesante también para esta audiencia, por lo que dejo por aquí la pieza, a la que añadiré unas palabras extra:

Los individuos como canal de viralización informativo

Estos días se filtró un vídeo, creado por el equipo de innovación de Google para uso interno, en el que se planteaban algunos fundamentos de tinte teórico sobre la necesaria participación de Google a la hora de solucionar los problemas del mundo.

En el vídeo, que comparto bajo estas palabras, partían de los principios del lamarckismo y se hacían eco de otras grandes teorías de la época para llegar a la conclusión de que:

  • La información que generamos tiene tanto valor para la sociedad que hasta cierto punto tenemos que asumir que no nos pertenece.
  • Dicha información (y de ahí viene el título de esta pieza) se ha vuelto el modo en el que la sociedad evoluciona, al igual que las especies guardan en sus genes la información necesaria para evolucionar.
  • A sabiendas de lo anterior, el individuo pasa de ser el pilar básico del negocio de la compañía a un efecto secundario del mismo. Un mero canal de “producción informativa” que, conforme las herramientas digitales evolucionen, pasará a un segundo o tercer plano, dejando que sean estos algoritmos los que de forma autónoma tomen sus propias decisiones a la hora de mejorar el mundo.

Ver en Youtube (EN)

Google alertó a la fuente (TheVerge) de que aunque en efecto el vídeo era suyo, se trataba de un contenido destinado a crear concienciación y debate dentro de la organización, y TheVerge respondió, bajo mi humilde opinión de forma magistral, demostrando cómo algunos de los principios postulados en el vídeo empiezan a verse en las últimas patentes registradas por la compañía (EN).

Estaba viendo el vídeo y no podía dejar de pensar cómo, dejando de lado ese tinte de distopía que a la mayoría nos resultará hasta ofensivo, hay que reconocer que cuanto menos las tesis presentadas son curiosas.

Para empezar, está más que demostrado que el ser humano lleva milenios en una fase de neotenia evolutiva. Hemos por tanto trasladado el papel genético, mucho más lento a nivel evolutivo, por el cultural, que como se puede ver produce cambios radicales en apenas unos años.

Un cambio a mejor (nos ha permitido evolucionar como especie en apenas 10.000 años lo que ninguna otra especie que conozcamos ha conseguido jamás), siempre y cuando seamos conscientes de que se trata de una vía evolutiva con muchísimo más riesgo. Una guerra, un cambio de mentalidad, o una catástrofe medioambiental, puede hacernos retroceder siglos, como nos ocurrió por ejemplo en la edad media con la quema de libros y nos podría ocurrir el día de mañana si, por lo que fuera, Internet sufre un colapso.

Bajo este prisma, no parece descabellado dar una entidad propia a la Información en mayúsculas. Todo ese “genoma cultural” que el individuo genera en cada acción, que por separado tiene un valor relativo, pero que a nivel global se vuelve profundamente crítico para comprender la sociedad de  nuestros días.

El “libro contable” de nuestra vida como elemento principal de análisis

Así llego a la parte que quería tratar en esta pieza.

Foster lo llama “Selfish Ledger”, una especie de “libro contable” con un registro constantemente creciente de datos recolectados, que en su suma sería más valioso que la propia identificación de la persona (precisamente sobre esto he enviado este mes un artículo a la revista ETC, un medio con el que también colaboro, y que saldrá publicado a principios de verano), y que unidos al resto de “Selfish Ledger” darían como resultado ese universo de datos que sirven para alimentar la maquinaria tecnológica de nuestra era.

Y la idea propuesta es que esa información sea de dominio público, no de control del usuario, habida cuenta de que, como he explicado anteriormente, representa “el rastro cultural” de nuestra civilización.

El vídeo habla de cómo las futuras generaciones podrían heredar ese caldo de cultivo de conocimiento para mejorar su vida, y pone ejemplos que van desde lo más mundano (que los sistemas informáticos sean capaces de recomendarnos dónde realizar la compra del mes), hasta temas más críticos (que en global esa compra, por ejemplo, sirva para potenciar el negocio local, y por ello, incentive la riqueza de la zona), o anticiparse a nuestras necesidades (siendo conscientes del estilo de vida que llevamos, y del historial “cultural” heredado de generaciones pasada, podría predecir la necesidad de realizar cambios en los hábitos diarios que reduzcan las posibilidades a padecer tal enfermedad).

Sobra decir que esto entra en conflicto con la privacidad tal y como la entendemos, y que vuelve a sacar a relucir el ya histórico debate entre el interés individual y el social.

¿Deberíamos aceptar que los datos que producimos son un bien cultural, a sabiendas del impacto que podría desprenderse de ellos, o por el contrario seguimos pensando en que es un bien privado, que cederemos cuando nos de la gana y bajo X premisas?

Y aquí el problema es el mismo que comentaba en la pieza.

Donde creo que el vídeo yerra, y entiendo que lo haga habida cuenta del interés partidario que cabría esperar que tuviese, es en identificar a la organización como garante de ese rastro genético, obviando que en todo caso, y si nos ponemos tiquismiquis, dicha información es un bien de la sociedad, no de una organización.

Que precisamente si aplicamos al dedillo los principios marcados en la pieza de Nick Foster, Google sería otra herramienta más al servicio de los datos, y que en todo caso, debería estar supeditada por completo al escrutinio del colectivo.

Lo que supone aceptar que los algoritmos no son propiedad suya, sino de la sociedad (o de esa genética cultura, si me apuras), que deberían poder ser auditados por terceros, aceptando modificaciones y tejiendo lo máximo posible un ecosistema en el que ellos no fueran los únicos con posibilidades reales de competir.

Pero claro, esto entra en conflicto con los intereses de una compañía con ánimo de lucro. Así que bien por Google por presentar la propuesta, pero mal por olvidarse de la parte que menos les interesaba.

He aquí la cuestión. Porque sobre el papel la idea me parece cojonuda. El problema es que al final entran en juego intereses económicos. Que quien está detrás es una empresa con ánimo de lucro, no una asociación filantrópica ni una organización que representa a la Sociedad. Lo que quiere decir que hay negocio en ese tratamiento de datos, con todo lo que ello conlleva.

Descontando el valor que tendría esa ingente información si cae en malas manos. Porque la información es poder, tanto para lo bueno (que es en lo que se centra el vídeo), como para lo malo (que es lo que también debería preocuparnos).