red efectos

Relato especial publicado la semana del libro, con algunos descuentos exclusivos para estos días en mis obras y cursos.


De rodillas en el suelo, con el cuerpo inerte de su mujer en brazos, Abel rompió a llorar.

Lo hizo porque de pronto, pasado el shock inicial, cayó en la consideración de que Elena estaba en aquel preciso instante hablando con él mediante mensajes de voz en Reminder.

El último, de hecho, se había cortado de golpe, tras un gruñido sordo que alertó a Abel de que algo podría haber pasado.

Dos minutos después, y tras insistirle varias veces con llamadas telefónicas no contestadas, decidió coger el coche en dirección al trabajo de Elena. No tardaría mucho más en encontrarse la escena, con las luces de la ambulancia y un coche de la policía rodeando el lugar del accidente.

Con los ojos fijos en el rostro sorprendentemente ileso de su mujer, Abel no cayó en la consideración de que también era el culpable indirecto de aquel trágico accidente.

Elena había decidido buscar de nuevo trabajo tras el tiempo que se dio la pareja para cuidar a su recién nacida. Un trabajo cuya oportunidad acabó apareciendo hace una semana precisamente gracias a la intervención de un compañero de Abel, que al conocer la difícil situación que estaba viviendo la pareja, decidió darle una oportunidad a Elena en su empresa.

¿El problema? Pues que era un trabajo presencial en otra ciudad, con un horario bastante exigente. Ese mismo día Elena había tenido que quedarse horas extra en la oficina, lo que hizo que volviera ya de noche y seguramente bastante más cansada por aquella carretera de curvas cerradas.

Carretera, para colmo, recomendada por Abel días antes:

—No lo tengo del todo claro, Abel. Ya sabes que no me gusta mucho conducir por comarcales de esas tan apartadas. En cualquier momento puede saltarme un jabalí o un ciervo y liármela.

—Pero mujer, ¿qué piensas que son estos cuatro árboles de las afueras? ¿El Amazonas? Además así llegarás de media 10 minutos más rápido que si vienes por la autopista y luego tienes que rodear por la nacional.

Problemas económicos en los que de nuevo Abel tenía buena parte de culpa.

Su trabajo como diseñador no había llegado nunca a despegar tras la decisión unilateral de abandonar aquel puesto en el supermercado de la ciudad, que claramente no le resultaba intelectualmente hablando tan apasionante, pero que les daba para vivir y hasta ahorrar algo algunos meses.

—Al final cambiamos tu mierda de trabajo en [compañía de supermercado] por la mierda de trabajo que me ha dado tu amigo, Abel. La única diferencia es que ahora quien se lo va a tener que comer soy yo —llegó a criticarle Elena en una de sus habituales discusiones.

Discusiones, por cierto, que habían tenido protagonismo también en el accidente, al reducir la capacidad de reacción de la mujer, absorta en la conversación que mantenía con su marido. Esa misma tarde Abel se había quejado de que dedicase tantas horas al trabajo, y que los tuviera (a él y a su hija) un poco abandonados.

Por supuesto, y aunque aprovechó para decírselo en uno de los mensajes de voz con tono jocoso, había parte de verdad en ello. Elena había pillado la indirecta y vuelvo a sacudir el cajón de mierda. Que si aquel trabajo era por su obcecación en emprender a toda costa, que si sus padres bien podrían haberlos ayudado un poco ahora que estaban jubilados, etc etc etc.

Siguieron así lanzándose puyas el uno al otro hasta que aquella furgoneta se le cruzó en una de las curvas de aquella carretera comarcal mientras venía de aquel trabajo que Abel indirectamente había conseguido para Elena y que Elena tuvo que aceptar debido a la decisión de Abel de emprender y abandonar el suyo.

Una furgoneta, por cierto, en la que iba un señor que Abel no llegó a reconocer, y que con la tensión del momento el hombre tampoco hizo lo propio con Abel, pese a que sin lugar a dudas se habían cruzado en más de una ocasión, al ser éste cliente habitual del supermercado donde Abel había estado trabajando hasta hacía poco.

Y es que lo que ambos nunca sabrían es que fue precisamente la marcha de Abel lo que indirectamente hizo que el señor estuviera esa noche en aquella carretera comarcal sinuosa.

La marca detrás del supermercado había perdido, como decíamos, a uno de sus trabajadores. Un puesto que gracias a tratarse de uno de estos «trabajos de bajo valor añadido» rápidamente fue cubierto por uno de los múltiples currículums vitae que se amontonaban en el departamento de recursos humanos, y que resultó ser (aunque ni el encargado ni la compañía llegarían nunca a saberlo) de un joven obligado por sus padres a echar currículums para traer algo de dinero a la casa, tras la negación del mismo de seguir estudiando secundaria.

Por supuesto, el nuevo trabajador resultó ser un completo estorbo tanto para la compañía, como lo que es aún peor, para sus clientes.

El señor fue, precisamente, uno de los rebotados que sufrió en sus carnes la desfachatez de este nuevo reponedor, con el que tuvo un encontronazo al irle a pedir información sobre dónde estaban las especias.

—Que tú tengas trabajo y haya tanta gente en paro es vergonzoso —llegó a espetarle al mozo.

—¡Anda viejo! Vete a la residencia de una puta vez y déjanos vivir en paz al resto —fue la respuesta que recibió.

El señor había puesto una queja formal al responsable frente a la mirada inquisidora del joven, y había dejado al comienzo de la cola toda su compra argumentando que no volvería a comprar allí.

Esa misma noche, y debido a que aún no se había hecho con la distribución de pasillos del supermercado de la competencia, tuvo que salir rumbo a un 24 horas que sabía que estaba en la ciudad vecina, con tan mala suerte que justo instantes antes del choque se había despistado al recibir en su smartphone la notificación de Reminder de que uno de sus artistas preferidos había publicado una nueva imagen en su perfil.

¿Adivinas de quién se trataba?

@AbelCortazaArte, un diseñador de éxito en la red social que recientemente había dejado su trabajo por perseguir el sueño de vivir de su arte, y que instantes después perdería a su mujer en un accidente de coche contra la misma furgoneta del señor, en aquella carretera comarcal, mientras venía de aquel trabajo que su marido indirectamente había conseguido para la víctima, y que ésta tuvo que aceptar debido a la difícil situación financiera que estaba pasando la pareja.

Por supuesto, de todo esto ni Abel, ni el señor, ni mucho menos la policía, llegaría nunca a enterarse, y tras unos meses de luto y un par de años de duelo interno, reharía su vida apoyándose en el figurado bastón de sacar adelante a su hija.

Y nunca llegaría a vivir de sus diseños.

Tampoco llegaría a reconocer al señor de la furgoneta, pese a que ambos años más tarde compartirían bloque de edificios.

Y el señor no caería nunca en la consideración de que estaban ante aquel @AbelCortazaArte ya que este nunca subiría una foto de su persona al perfil público de Reminder, que cerró semanas después por falta de dedicación, dejándolo solo visible para amigos, y apenas compartirían conversaciones fugaces sobre el tiempo y lo grande que se estaba poniendo la chica de Abel en el ascensor.

Esto es lo bonito de las redes de efectos en un sistema tan complejo como es la vida en sociedad. Que nuestra limitada comprensión del mundo que nos rodea es lo suficientemente opaca y simplona como para que podamos seguir con nuestras vidas, obviando la amplia mayoría de decisiones que nos han llevado a esos caminos tan desdichados de los que día tras día nos quejamos.

Y asumiendo, de paso, que se deben a la más pura arbitrariedad.

Sea o no correcto.

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