Redefiniendo la privacidad en un mundo permanentemente conectado

Me sorprendía a mí mismo en una reunión reciente en la que hacía de intermediario entre una empresa con claro interés de dar el paso a la analítica digital y otra encargada precisamente de eso, al defender el uso de un sistema de rastreo sistematizado que permitiría a la primera obtener datos en tiempo real del alcance de sus productos.

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Y antes de que abandone este blog cuyos principios siempre han ido de la mano de la privacidad, déjeme que le asegure que, queramos o no, nos dirigimos hacia un mundo en el que esa información está siendo (o acabará siendo) explotada. Donde debemos luchar, por tanto, no es en tanto a que se utilice esa información, sino en que ese uso sea beneficioso para las dos partes, y en la medida de lo posible, anónimo o privado.

Varias noticias de estos últimos días así lo atestiguan. Por un lado, el WWDC dejó claro que Apple está detrás de potenciar la domótica, la casa inteligente. Bien sea por su propuesta de convergencia entre SO móviles y escritorio (lo que sin duda apuesta al uso de aplicaciones móviles que utilicen los sensores del dispositivo para gestionar diferentes funcionalidades en el escritorio y viceversa), bien sea por ese HomeKit (EN) que transforma al iPhone en una suerte de hub de control de la casa, bien sea por la expansión de sus queridas iBeacon en miles de tiendas estadounidenses. Google, la competencia, no se queda atrás, y anunciaba esta semana que abrirá API para desarrollos de terceros (EN) en el ecosistema de Nest, la empresa detrás del famoso termostato inteligente, y que tiene un discurso encubierto: a partir de ahora Nest pasa a formar parte “de los servicios de Mountain View“, y por tanto, compartiendo datos ente ellos.

A esto únale el ambient location de servicios como Facebook o Foursquare. Aplicaciones continuamente a la escucha, algoritmos que nos rastrean ya no solo dentro del propio servicio, sino también fuera, y las propuestas de smartcities que empiezan a implantarse cada vez con más acierto en nuestras ciudades, como las farolas de Chicago (EN) que a modo de chivato contabilizan hábitos de la ciudadanía (sin cometer el error de las papeleras sniffer de Londres).

Todo esto (y lo que está por venir) vaticina un futuro en el que la privacidad será otra cosa. La separación de los datos estadísticos y los datos por interés de los datos personales. El ceder esa información sin que ello repercuta en mis derechos de anonimato, mejorando las recomendaciones o adelantándose a mis necesidades.

Y el camino es largo y tortuoso, y de seguro conllevará más de una confrontación ética ¿Dónde está el límite entre lo personal y lo políticamente correcto? ¿Hasta qué punto tengo derecho de elección sobre una tecnología que sistemáticamente me escanea, y que ya no está únicamente en mis dispositivos, sino en mi entorno?

Son preguntas verdaderamente difíciles de responder, pero de algo puedo estar seguro. Todo esto puede desembocar en un mundo más inteligente, menos “complejo”, siempre y cuando seamos capaces de separar la paja del grano. Destilar la tecnología para hacerla transparente, productiva, y que a la vez ello nos permita seguir manteniendo nuestro espacio.

Porque lo contrario es la sociedad de control. Y eso, amigo mío, está claro no nos interesa (al menos a los que estamos abajo).