La monitorización masiva como arma para luchar contra el analfabetismo

Analfabetismo

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ES) presentados por las Naciones Unidas son una serie de 17 propuestas de interés global que tienen como objetivo minimizar los efectos secundarios del crecimiento de nuestra especie en el planeta.

Entre ellas, la pobreza se presenta, a priori, como uno de los estigmas del mundo que hemos creado, y aunque es debida a múltiples factores (algunos de ellos, sinceramente, que no interesa tocar), hay uno que por su particularidad impacta con el suficiente peso como para resultar objetivo primordial, y de paso, no incomodar al negocio de nadie.

Hablamos de las 781 millones de personas analfabetas (ES) que viven a día de hoy entre nosotros, con dos terceras partes formadas por mujeres. 781 millones de personas que se están quedando atrás en algo tan crítico como es ser capaz de comunicarse con el resto de la sociedad en todos estos nuevos canales digitales. 781 millones de ciudadanos incapaces de enfrentarse en igualdad de oportunidades con sus convecinos, en un mercado social, económico y laboral centrado en el conocimiento y la información.

No saber leer y/o escribir supone, indirectamente, tener una mayor probabilidad de estar desempleado o sufrir engaños laborales (la mayoría de contratos se hacen mediante canales escritos), depender de asistencia social o caridad (mayor desempleo, y por tanto, mayor probabilidad de dependencia) e incluso contar con un peor estado de salud (al no entender las etiquetas y extractos que acompañan a cada medicamento).

Eso sí, por organizaciones y recursos que no sea. El verdadero handicap está en saber dónde hay que invertir más esfuerzos, de manera que en suma, y descontando todos esos recursos que de una u otra forma no llegan a donde deberían llegar (usted ya me entiende…), el resultado final sea el más óptimo posible.

Indagando en el asunto descubría que la metodología que se está aplicando hasta ahora consiste en realizar encuestas. Es decir, contratar a agencias que se encargan de llamar o personarse en cada puerta de un barrio con el objetivo de recabar información sobre cada miembro de la familia. Una tarea titánica, lenta y muy costosa, que hace que en la práctica, cuando se ha conseguido el suficiente volumen de información, puedan haber pasado años, y para entonces, el escenario haya cambiado sustancialmente.

¿Puede la tecnología facilitar este acercamiento?

Sobre aprovechar los datos de uso de la electrónica de consumo

Ahí justo entra el trabajo (EN/PDF) que Pål Sundsøy y su equipo de Telenor Group Research han estado realizando estos últimos años.

La premisa es sencilla de entender aunque verdaderamente compleja de afrontar.

Se basa en cruzar los datos que las agencias de encuestas obtienen de los hogares con la información que las operadoras son capaces de obtener de los dispositivos asociados a esas cuentas (simplemente con preguntar el número de teléfono, o hacer la encuesta telefónicamente, ya tenemos el nexo de unión entre identidad física y digital de la persona).

Con ello, Sundsøy obtuvo un universo de grafos sociales de las interacciones que cada uno de los participantes realizaba con el resto de la comunidad, y analizando la tipología, la cantidad, los horarios y los datos de ubicación diseñó un sistema que asegura identificar con una precisión del 70% casos de analfabetismo, e incluso anticiparse en núcleos con alta probabilidad de volverse puntos negros en base al análisis histórico de la herramienta.

dimensiones grafo social

Descontando el éxito o fracaso de este algoritmo, lo que sí me parece interesante es que aborda la problemática desde el análisis de datos, y ofrece algunas lecturas que podrían ayudar ya no solo a mejorar el sistema, sino también a replicarlo a nivel global:

  • La ubicación es uno de los factores más detonantes: Generalmente las regiones con menor estatus económico son más susceptibles de tener mayor número de ciudadanos analfabetos. Nada que vaya a sorprender a ninguno de los presentes, pero que de nuevo, está basado en datos y no en el mero sentido común.
  • Una gran diferencia entre el número de interacciones recibidas y enviadas: En el estudio se centran en el envío y recepción de SMS por la facilidad que tiene una operadora de obtener esta información, pero lo mismo podemos extrapolarlo al resto de interacciones digitales. Las personas analfabetas tienden a recibir muchísimas menos interacciones escritas, simplemente porque el interlocutor seguramente es ya consciente de su problemática.
  • El grafo social es inferior en el caso de personas analfabetas: Los analfabetos tienden a comunicarse (ya sea oral o escrito, ojo) con un menor número de personas, de manera que si en un núcleo poblacional tenemos un nivel X de interacción y hay un porcentaje de esa sociedad que interacciona sensiblemente menos, podría tratarse de personas en riesgo de exclusión social por este factor. Y si me apura, concuerda con esa idea de que el bienestar económico viene asociado generalmente a un mayor círculo de contactos.

Esto, unido al resto de factores, puede acabar por darnos una base de estudio bastante más fiable, y sobre todo, más práctica, de cara a combatir el analfabetismo y lo que es aún peor, su círculo vicioso (analfabetismo, ergo mayor pobreza, ergo menor interacción, ergo más analfabetismo, ergo mayor pobreza,…).

La otra cara de la moneda

Por supuesto, creo que a nadie se le habrá escapado que hablamos de monitorizar masivamente a un porcentaje de la sociedad, que para colmo tiende a representar con mayor probabilidad una tipología de ciudadanos específica.

Es decir: aplicar la tecnología para segmentar a la sociedad según una serie de criterios arbitrarios.

Nada que debería preocuparnos sino fuera porque detrás puede haber intereses menos halagüeños. Pero sobre todo, porque bases de datos como esta podrían servir el día de mañana para realizar verdaderas atrocidades, tan pronto un nuevo régimen totalitario considere que estas personas deben ser aisladas… o algo peor.

Por todo ello, y en base a lo que ya hemos vivido con movimientos semejantes que tenían un fin verdaderamente filantrópico y que han acabado al servicio de los intereses de los de arriba, me gustaría ser cauto, y recordar que cualquier análisis de este tipo debería realizarse y almacenarse bajo un nivel de confianza muy alto.

Y eso engloba el compromiso firmado de todas las partes que van a tener, de una u otra manera, acceso al mismo, así como un sistema judicial y legal adecuado que considere esta explotación de datos aceptable únicamente para los fines para los que se ha creado, sin sentar precedentes de ningún tipo, ni pudiendo ser usada para otros fines a no ser que cumplan una serie de criterios como mínimo tan éticos como los anteriores.

Es una pena que tengamos que dejar claras cuestiones como éstas, que tengamos que ser cautos con nuestro apoyo, cuando claramente podemos aplicar la tecnología para ayudar a millones de personas en un objetivo que recalco, es de interés global.

El acceso a la información es un derecho humano recogido desde sus inicios en una de las primeras asambleas de las Naciones Unidas, y sufro ya no solo cuando veo que hay un porcentaje muy significativo de la sociedad que es incapaz de disfrutarlo por falta de educación, sino también cuando esta incapacidad viene dada por otra serie de intereses puramente misóginos, raciales, sectoriales y/o políticos.

De ahí que ponga tanto interés en dedicar tiempo de mi jornada diaria a dar voz a todos esos proyectos que de una u otra manera están intentando combatir este escenario.

Es nuestro deber, de hecho, como ciudadanos de esa parte del mundo que ha resultado ser afortunada en el reparto económico y educativo mundial.