La guerra entre los creadores y la industria por el formato de consumo

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Hace ya cosa de un año publicaba un artículo exclusivo para los mecenas de esta comunidad que titulaba «La Necesidad de una estandarización de pantallas para consumo audiovisual«, en el que hablaba de la guerra que por aquel entonces grandes cineastas y actores de la talla de Christopher Nolan o Paul Thomas Anderson habían comenzado frente a la industria lanzando un llamamiento público a que las tecnológicas se pongan de acuerdo y estandaricen el «modo de referencia» visual de las pantallas.

El problema con el que se estaban encontrando con la distribución actual de diferentes modos de visualización de la imagen en las smart TVs era que las licencias creativas que el creador de la obra plasmaba a nivel visual acababan llegando de forma totalmente descontrolada a cada consumidor, ya no porque el propio consumidor decidiera proactivamente activar un HDR específico, sino porque dependiendo del fabricante una película o serie se podía consumir en una gama de tonalidades totalmente opuesta a la experiencia de consumo en otro dispositivo de la competencia.

Algo que de hecho se ha agravado últimamente con todos esos nuevos televisores capaces de incluir fotogramas extra en imágenes para suavizar las transacciones, y que para algunos cineastas «de la vieja escuela» supone, de facto, un ataque hacia sus obras.

Estos días estamos viviendo otra situación de crisis semejante por la decisión de Netflix, por ahora como beta cerrada en algunos usuarios de Android (EN), de ofrecer la posibilidad de consumir su contenido en dispositivos móviles hasta al 50% extra de velocidad.

Algo que nuevamente ha levantado la voz crítica de varios cineastas.

El control del consumo por parte de los espectadores

El tema sin lugar a dudas no es nuevo.

Con el cine mudo, que como sabrás se consumía en teatros específicamente diseñados para ello, la obra iba acompañada por el trabajo de un pianista, y puesto que cada sala contaba con sus propios pianistas, el consumo de la obra dependía de la velocidad a la que el pianista de ese día quisiera reproducir las canciones.

Hoy en día es muy habitual empezar una obra, irnos a dormir o trabajar, y volver desde donde lo hemos dejado, pudiendo repetir incluso escenas.

Con la llegada del cine continuo no era raro que una persona entrase en la sala con la película medio empezada, la viera hasta el final, y luego disfrutara de lo que se había perdido anteriormente, rompiendo de esta manera el formato propuesto por el autor (y por ende la trama) de forma radical.

Y he aquí el quid de la cuestión: Si Netflix ha movido ficha en este sentido es precisamente porque hay un porcentaje de la audiencia que está demandándolo.

Para un servidor, y al menos hasta el momento, se me antoja verdaderamente extraño querer consumir cine a más velocidad, pero sin embargo es algo que hago habitualmente con el formato podcast.

Normalmente escucho podcast cuando salgo a correr o con mi perro por el campo (lo hago a diario), y lo normal es que según el podcast que escuche en ese momento lo haga a una velocidad 1,75x o incluso 2,5x para aquellos que sé que hablan muy lento. Hace tiempo, de hecho, que no escucho un podcast a la velocidad normal (la velocidad con la que se ha grabado).

Es cierto, no obstante, que hablamos de un consumo que hago en movimiento, que lo hago además por informarme (todos los podcast que escucho son de tinte informativo o de opinión sobre temáticas que me interesan) y que en ese tiempo no estoy haciendo nada más que caminar (ergo puedo concentrarme más en seguir el ritmo acelerado de la voz).

Cuando me pongo a ver cine o series de televisión lo hago con el fin de entretenerme. De «pasar el rato», o incluso como una segunda pantalla mientras trabajo (ergo, no puedo atender completamente a lo que ocurre).

En todo caso soy consciente de que mis hábitos de consumo no tienen por qué ser semejantes al del resto de la audiencia.

Las nuevas «necesidades» de la audiencia

Cada vez consumimos el contenido más en itinerancia (cuando vamos al trabajo, cuando estamos de viaje…), desde dispositivos móviles (ergo pequeñas pantallas) y por tanto en periodos de tiempo menores. Cuando voy en transporte público no es raro ver gente joven consumiendo vídeos en Youtube o Netflix, y ese consumo por supuesto no es comparable al que hacemos en el salón después de cenar y desde una pantalla de 65 pulgadas.

Esta es una de las razones de por qué el gigante del streaming de contenido está apostando estos últimos dos años por series más cortas. La mayoría de series de Netflix tienen un máximo de 8 capítulos, y cada vez sacan más mini-series que no aspiran a tener varias temporadas, siendo raro que una serie de Netflix llegue a la cuarta.

También es otra de las razones de por qué el formato no lineal y antológico, como comentaba recientemente, está ganando terreno frente a la histórica figura de series con arcos argumentales muy extensos.

La gente (entiendo por gente un porcentaje mayoritario de la audiencia) simplemente no está dispuesta a «perder» mucho tiempo con una serie, y prefiere aquellas que saben que tienen un inicio y un fin, o cuyos capítulos son autoconclusivos, no forzándote a esperar a ver el siguiente para comprender la trama.

A todo esto hay que sumarle el cada vez mayor catálogo y la paradoja de la elección de la que ya hemos hablado, además de las múltiples opciones del mercado (en casa tenemos actualmente Netflix, HBO, Amazon Prime Video y TV+, y me da que para mayo tendremos también Disney+), lo que unido a la presión social por estar siempre al día (a ver quien es el guapo que se iba un lunes tranquilo a la oficina sin haber visto el último capítulo de Juego de Tronos…) genera un estado de estrés que impacta negativamente en el consumidor.

Y sí, hablo de FOMO. De ese Fear of Missing Out que es uno de los males endémicos actuales en el primer mundo.

Juntas todo esto y probablemente llegues a la misma conclusión a la que ha llegado Netflix. Para aquellos que quieran consumir las obras en menor tiempo (a sabiendas que lo harán en peor condiciones) ahí tienen ese aumento de hasta un 1,5x, dejando así un capítulo de 40 minutos en escasos 30, o una película de hora y media en una hora corta.

Lo justo para que una escena de acción siga siendo disfrutable, y no simplemente un compendio de fotogramas inconexos. Lo suficiente como para que las voces y sobre todo la música no se quede demasiado aguda y enturbie la experiencia.

¿Que prefieres seguir consumiéndolo a la velocidad natural? Pues ahí lo tienes. Que esto en todo caso suma, no resta. Pese a que le joda a aquellos que sienten que se están limitando sus capacidades creativas. Pese a que para algunos como para un servidor, por nuestra forma de consumo, sea una funcionalidad innecesaria.

Como decía, es algo que por ahora está a modo de prueba para algunos usuarios de Android, y que podría no llegar jamás a estar disponible para todos.

Y aunque así fuera, la propia Netflix asegura que su idea es ofrecerlo únicamente en smartphones, donde por la tipología de consumo se antoja más natural.

Un tema cuanto menos interesante, ¿verdad?

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