digitalizacion oficinas aulas

No lo cuento mucho por aquí, pero ya desde el confinamiento, el servicio de digitalización de oficinas, locales e instalaciones educativas va viento en popa.

La última, una academia de música del levante, que en este caso ayudé a digitalizar desde la oficina (suelo ofrecer un presupuesto si tengo que ir presencialmente a hacer la instalación, y otro si me encargo en remoto de elección de equipos y la parametrización de sistemas, pero sin ir presencialmente).

El caso es que sigo dando soporte técnico a todos los clientes que hemos tenido, sin cobrar nada por ello, y esto me permite estar al tanto de cómo evolucionan in situ aquellos negocios que dieron el paso para ofrecer su producto (en este caso, educación presencialista) en un formato híbrido, de forma que sus alumnos puede seguir la clases:

  • Yendo presencialmente a las instalaciones, en un formato exactamente igual que el que tenían antes de digitalizarse, solo que acotado al aforo máximo reducido de cada aula.
  • Yendo presencialmente a las instalaciones, pero siguiendo la clase… desde un aula auxiliar, y mediante el streaming en un proyector de la clase que se está dando al lado. De forma que la academia puede ofrecer un aforo superior al que físicamente tienen por ley en el aula.
  • Siguiendo la clase desde sus casas, o desde donde quieran, como cabría esperar en un proyecto de digitalización como este.

En general, cómo no, están encantadísimos. Ya no solo porque la mayoría ha crecido en época de pandemia, sino porque ahora pueden ofertar cursos online, híbridos y presenciales, cuando antes solo podían hacer estos últimos, expandiendo por tanto el modelo de negocio.

Pero de todos los vaivenes y curiosidades que me cuentan, me llama poderosamente la atención la reticencia que están encontrando algunos negocios precisamente con criterios puramente de privacidad, y que suelen venir, paradójicamente, más de la mano de alumnos de la generación Z, supuestamente nativa digital, y profesores-trabajadores anclados en el pasado.

Empecemos por el principio.

Pocos problemas de adaptación por parte de los alumnos (y algunos más por parte de los profesores)

El principal handicap a la hora de afrontar un proceso de transformación digital es, siempre, siempre, el factor humano, y su esperable reticencia al cambio.

No estamos por tanto ante un problema tecnológico, sino social.

Ya sea en oficinas, ya sea en academias o institutos, como es el caso que nos compete, lo cierto es que, generalmente, si un proyecto de digitalización falla, falla precisamente porque hay un grupo de usuarios/trabajadores que se niegan a aceptar la nueva metodología de trabajo. Y, recalco, no por desconocimiento (o no solo, vaya), sino porque simplemente no están dispuestos a cambiar su rutina.

Esto, de hecho, ha pasado con alguna academia, pero sobre todo lo he visto en institutos o escuelas, donde algún profesor, por pura tozudez, se niega a utilizar los sistemas de streaming, o peor aún, espera tener la misma sensación de «control» que tenía cuando todos los alumnos estaban calentando la silla.

Y sí, es exactamente lo mismo que ocurre en las oficinas y con el teletrabajo.

En estas, y con la excusa de que normalmente el ordenador lo pone la empresa, hay organizaciones que fuerzan al trabajador a tener instalado un programa que monitoriza las pulsaciones de teclas. No porque esto asegure que el trabajador está produciendo más, sino simplemente por ese afán del empresario dinosaurio de levantar la mirada y cerciorarse de que tiene a todos aporreando las teclas.

Pues en algunos institutos, más de lo mismo.

Puesto que ahí, instalar un keylogger, no tiene mucho sentido (y sería ilegal forzarlo…), me he encontrado con profesores que obligan a los alumnos a tener la cámara activa mientras dan la clase, o que llegan incluso a poner falta si alguien se niega a tenerla activada.

  • Como si no hubiera maneras de aparentar estar delante del ordenador sin estarlo.
  • Y, lo que es aún peor, sin ser conscientes de la ideosincrasia social, familiar y/o económica que pueden tener algunos de estos alumnos.

Lo que entronca con el siguiente punto.

Reticencias por parte de los alumnos a ser grabados

Como decía, siendo profesor no tenemos que olvidar que aquel alumno que está siguiendo las clases desde su casa, lo hace por tanto en un lugar privado, y quizás ni pueda, ni esté dispuesto a mostrar su espacio personal.

Te pongo varios ejemplos:

  • El primero y más obvio es que no todos los alumnos tienen la infinita suerte de contar con un ordenador para trabajar en su propia habitación. Por lo que de compartir imagen, seguramente expondrían no solo su privacidad, sino también la de aquellos miembros de la familia que estén, por ejemplo, en el salón, donde suele estar el ordenador principal.
  • Otro muy clásico viene de la mano de la vergüenza que puede sentir un alumno a mostrar su zona de estudio, sobre todo si hablamos de jóvenes adolescentes, y por el simple hecho de que, quien más, quien menos, ha vivido bastante tiempo en una habitación con adornos y juguetes de una época que, al menos de fachada, ya debería haber pasado.
  • Y sin olvidarnos de que no todas las familias cuentan con un ancho de banda óptica. Sin ir más lejos, un servidor trabaja y da clases desde un pueblo donde no llega más que ADSL. Y eso que, en casa, tanto Èlia como un servidor nos dedicamos a esto. Ya ni hablemos de familias con trabajos no digitales…

Que sí, que hay maneras (fondos virtuales, difuminado automático de fondos…) de ocultar lo que tenemos detrás de nosotros en una videollamada. Pero hay que saber utilizarlas, y recordemos que por muy nativos digitales que sean los chavales, la mayoría no tiene ni idea de tecnología más allá de mandar mensajes por WhatsApp y grabar vídeos tontos en TikTok.

Quería además terminar con otra curiosidad que también me he encontrado este último año y medio, y es la reticencia de algunos alumnos que acuden presencialmente al aula a que se les grabe.

Esto ya me parece sorprendente, porque si lo hacen por privacidad… ya la habían expuesto al ir presencialmente. Y fíjate que no hablamos de que una cámara apunte a su cara, sino más bien a que prefieren hacer preguntas, por ejemplo, sin que el micro las grabe, lo que repercute negativamente en aquellos alumnos que siguen las clases en remoto.

Una de esas dicotomías extrañas que se dan cuando la misma acción la trasladas de entorno (físico o digital), y por tanto es considerada a ojos del usuario como distintas, pese a ser, en esencia, la misma acción.

En fin, que quería dejar por aquí estas reflexiones.

Como ves, problemas humanos a soluciones tecnológicas, que no hacen más que ofrecer mayores garantías tanto para la empresa, como sobre todo para el alumno.

Y recuerda que, si tienes una oficina, academia o negocio de cara al público que necesitas digitalizar, puedes contarme tu caso, y te mostraré la mejor manera para hacerlo: