hoja al viento

Y un buen día, así sin más, ocurrió.

Me desperté y era sábado. ¿Entiendes lo que te digo?

Claro que no, cómo ibas a hacerlo…

Sin motivo aparente. Sin una acción que diese sentido al porqué de esa vez. Sin determinismo alguno. Simplemente… ocurrió.

Y fíjate que por intentarlo no fue. Te lo juro.

Aquel maldito viernes… Tengo aún grabado en el cerebro todos y cada uno de los momentos.

El despertador, que sonaba una y otra vez a las 7:30 AM.

Mi chica de por aquel entonces. Elena. ¡Maldita sea! Ese olor que dejaba en las almohadas…

El desayuno. Como si fuera ayer mismo. Tostadas con mantequilla y un café aguado del día anterior. Lo que nos quedaba por la nevera.

Salí de la habitación sin despedirme. Ella estaba en 2º de enfermería, y los viernes entraba más tarde. Crucé rápidamente el Campus Universitario a ritmo de trap.

Dos chicas se me quedaron mirando. No pude evitar dedicarles una sonrisa.

La clase del profesor S. Alonso, tan aburrida como siempre.

La cerveza de media mañana. David y el pesado de Juan contándonos la jugada para el fin de semana.

Aquel gato sin cola cruzando velozmente el jardín, y yo desde la ventana de la segunda planta viendo cómo pasaban las horas hasta esa tarde, en la que Dolores García acuchillaría a dos profesores y siete alumnos antes de tirarse desde la azotea.

Y vuelta a empezar.

En una situación como esta, ¿tú qué habrías hecho?

Si de pronto, como en el día de la marmota, descubres que puedes cambiar los acontecimientos.

¡Pues lo que haría cualquiera! Claro, claro.

Intenté de todo.

  • Desde quedarme en la habitación pese a la reticencia de Elena. Nada cambió.
  • Alertar a las autoridades. En diferentes ocasiones, y de diferentes maneras. Algunas de ellas acabé incluso en el calabozo. De poco sirvió.
  • Poner en sobre aviso a la gente. Por supuesto me tomaron como un loco. Una de las veces incluso me acabaron expulsando unos días. Total…, a la mañana siguiente era viernes otra vez.

Y sí, he visto suficientes películas para saber que en estos casos lo suyo es hacer las cosas bien. Pero de verdad, por más que lo intentaba, no había manera.

En al menos cuatro ocasiones acabé siendo una de las víctimas. ¿Cuántos en la sala pueden decir que han muerto varias veces y sobrevivido para contarlo?

También indagué por mi cuenta. Dolores venía, cual cliché palomitero, de una familia desestructurada, y como buen cliché el destino parecía haberse ensañado con su vida (madre fallecida escasos días antes por un tumor de pulmón, padre bebedor que había abusado reiteradas veces de ella en su niñez). Esa misma mañana la chica descubriría por una carta certificada que el repartidor de Correos ni se había dignado a entregar en persona que le habían denegado la beca. Y puesto que su sueldo como camarera en un bar de mala muerte en plenos bajos de Argüelles no le daba más que para pagar el cuchitril donde dormía, buscó consuelo en probablemente la única persona que ella esperaba que le ayudase a salir del pozo: el profesor S. Alonso.

Un cincuentón con el que había hecho buenas migas, y con el que al parecer, y de nuevo cayendo en el más puro cliché freudiano, mantenía una relación sentimental a escondidas de su mujer, y a cambio de favores académicos.

Sobra decir que ese mismo día, tras hacerle el trabajito de rigor y contarle la situación, el profesor fue taxativo. Una cosa era hacer la vista gorda con sus reiteradas faltas de asistencia, y mediar lo justo y necesario con el resto del departamento para que fueran laxos a la hora de ponerle la nota, y otra bien distinta era dejar un cargo de difícil explicación en la cuenta bancaria que tenía a medias con su mujer, a sabiendas de que ésta ya se olía algo.

Y sé todo esto porque tuve suficiente tiempo como para hasta hacer un maldito doctorado en la vida de Dolores.

Hiciera lo que hiciese el profesor S. Alonso no saldría aquel día vivo de aquel despacho, y la chica se llevaría, cuchillo en mano, a todo el que se interpusiera entre ella y la azotea del edificio principal. Un servidor incluido. En tres ocasiones, por cierto.

¿Que no hice suficiente?

¡Si hasta robé un banco!

En siete intentos, que en las pelis la cosa parece fácil, pero luego te puedo asegurar que se tiende a complicar. En cuatro me salí con la mía, pero en tres de ellos me acabaron pillando antes de que acabase el día. ¿Y qué pasó?

Pues nada. El bucle seguía una y otra vez. Aún pagándole yo, un completo desconocido, la maldita beca para toda su maldita vida. Hasta convenciéndola de que había otra salida (tres ocasiones). Hasta cargándome yo mismo al profesor.

Así que tras cientos de viernes intentando hacer las cosas bien, me di por vencido, y empecé a hacer lo que me dio la real gana.

Maté a sangre fría, violé, me drogué… probé de todo. Y al día siguiente, ¡viernes! 7:30AM, la puta alarma otra vez.

No te puedes hacer a una idea lo que quema el odio por dentro hasta que día tras día, hagas lo que hagas, sabes que a las 7:30 AM una maldita melodía, siempre la misma, va a despertarte.

Pese a que ese día no me acostase. Pese a que ese día acabase muerto. Una, otra, y otra vez.

Determinismo puro y duro. Podía acabar con lo más sagrado de este planeta, que a las 7:30 del sábado pasaría nuevamente a ser las 7:30 AM del viernes, con la dichosa alarma sonando.

Siempre ese maldito día.

Hasta que de pronto, sin motivo aparente, llegó el sábado.

Tras centenares de viernes, un sábado, y luego un domingo.

Aquel día Dolores acuchilló como era de esperar a todos y cada uno de los que se interpusieron entre ella y su destino. Aquel día nada cambió que no hubiese cambiado ya mil veces antes.

Aquel día pedería al amor de mi vida, como tantos otros viernes pasados.

Un viernes más, que pasé sin más pena que gloria follándome en un descampado a una de esas dos chicas que me sonreían cada mañana, que al parecer se llamaba Rosa, y que ha acabado siendo de rebote la madre de mis hijos.

¡Si tan solo hubiera sabido que ese viernes era el último viernes…!

Que me vengan ahora a mi a hablar de Efecto Mariposa y de mierdas por el estilo.

La única puta verdad es que no hay causalidad en el mundo que nos rodea. Que nadie está a los mandos, y menos un ser todopoderoso como Dios, Alá o un enano cabezón con antenas.

De esto va el juego. De que hagas lo que hagas, estás a una o dos decisiones de jodérte la vida para siempre.

Y salimos adelante porque afortunadamente no somos conscientes de ello.

Que aún sabedor de todo esto, yo tuve muchos intentos para cambiar a mejor, pero al final el caos siempre gana.

Lo que me lleva a pensar que no estamos ante una falta de sensibilidad a la hora de entender las particularidades deterministas. Ni tan siquiera es un problema matemático o filosófico.

Lo que más jode es que aún con todos los elementos necesarios para tomar la decisión acertada, al universo le va a dar exactamente igual lo que hagas.

Que el mundo girará, o dejará de girar, cuando sea.

Que nuestra existencia es casual, y nuestras acciones, pese a la causalidad innata en ellas, son causales.

Y esto, amigos míos, es muy triste, ya que pone en tela de juicio nuestra inteligencia, y rompe cualquier atisbo de esperanza por diferenciarnos, existencialmente hablando, de una hoja al viento, de un grano de arena…

Mensaje de voz publicado anónimamente en la enésima red social que pretendía destronar a Reminder

Basada en la Teoría del Caos, y en la necesidad humana de contar historias con finales felices.

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