Me siento seguro [relato distópico]

id digital

Son las 8 de la mañana del 27 de noviembre del 2022, y de pura casualidad, estoy escribiendo estas palabras.

Lo hago desde una aplicación que tenía instalada en una de mis primeras tablets.

¿Se acuerdan de ellas? Unos dispositivos pesados, con pantalla física, que ni entraban en un bolsillo, y que durante años intentaron vendernos como el fin de los sobremesas… ¡Incluso como sistema de producción de contenido! Con lo incómodo que resulta escribir en ellas…

En fin, que he intentado conectarle mi LightID pero no es compatible. Y es normal, ¡el aparatito ya tiene más de tres años!

Así que aquí me hallo, escribiendo como un auténtico bárbaro con ese lamentable teclado físico, sin ni siquiera atajos, y que se presuponía el avance del siglo.

Y escribo esto en una aplicación nativa de un software que durante años tuvo la osadía de volverse un estándar de la industria: WordPress. Lo cual me sorprende por tres razones:

  • ¿La primera? Que ¡la aplicación está instalada en el propio dispositivo! Con lo inseguro que era esto, madre mía. Cualquier usuario podía decidir qué quería utilizar en su tablet, sin controles de ningún tipo, con el riesgo de ser utilizado para los fines más maquiavélicos posibles. De hecho, había hasta lugares piratas donde el usuario iba a descargarse software ilegal. Piezas de código que alguien había liberado, o que no habían pasado los escasos y lamentables controles del market de turno.
  • ¿La segunda? Que por aquel entonces cualquiera podía tener voz y voto en el mundo digital. Con el riesgo que esto suponía. Lo peor de la era de la información fue sin duda la proliferación de servicios y plataformas de compartición de información, sin filtros de ningún tipo. Cualquiera, sin apenas conocimientos, podía dar su punto de vista sobre un tema, poniendo en peligro el status quo del sistema. Generando incertidumbre entre la verdad absoluta que debe guiar siempre a la sociedad.
  • ¿Y la tercera? Lo absurdo que resulta que un dispositivo de hace tanto tiempo siga operativo. Me pregunto cuántos de estos dispositivos seguirán en funcionamiento a día de hoy, para los más perversos objetivos. Grupos terroristas realizando comunicaciones fuera del alcance de nuestro SITRD. Radicales y antisistema poniendo en peligro nuestra libertad en esa vieja Internet que todos, en algún momento, decidimos abandonar.

El SITRD y la era de la tranquilidad

Los cambios, lamentablemente, suelen venir asociados a acontecimientos terroríficos.

Tuvieron que pasar varios años y varios atentados terroristas para que todos nos diéramos cuenta de la necesidad de desarrollar una nueva internet más segura. Una internet libre, permanentemente monitorizada, donde cualquiera podría comunicarse sin miedo a que su información se tergiversara. Sin miedo a ser parte del mal que azota a nuestra sociedad.

Hubo movimientos iniciales afortunados pero insuficientes. El aprendizaje que obtuvimos del fallo de la NSA en Estados Unidos sirvió a la Unión Europea para tejer un sistema mucho más eficaz y ubicuo.

Nacía el SITRD, el Sistema de Tranquilidad Digital, con el apoyo unísono de las grandes potencias europeas (Francia, Alemania y Reino Unido), y pronto se uniría el resto, bajo la atenta mirada de un Estados Unidos caído en desgracia.

Parte del anticuado sistema de control del otro lado del charco fue implementado como módulo del SITRD, y en apenas un par de años, prácticamente todas las comunicaciones del mundo occidental estaban convenientemente intervenidas.

El enemigo, claro está, era el terrorismo. Un terrorismo que explotaba con la proclamación del Estado Islámico, pero que en esencia afectaba a cualquiera cuyo objetivo fuera la destrucción de nuestra manera de vivir.

No hay fronteras para el terrorismo. No hay colores ni banderas, ni por supuesto, medios intocables, para poner fin a este cáncer que nos azota.

Si de algo nos sirvieron las revelaciones de whistleblowers como Snowden es que el mal hay que atajarlo de raíz, cortando la fuente y evitando así que se propague. Que el enemigo está dentro del Sistema. Que nuestro vecino o familiar puede ser el enemigo, y que la criminalización preventiva es la única estrategia válida para combatirlo.

El enemigo actual es el mismo que antaño, aunque su nombre cambie día tras día. Hoy será ISIS, o DAESH. Mañana será Rusia, una multinacional o Pedro Jimenez. Da igual.

La cuestión es que gracias al SITRD hemos generado un sistema en el que podemos considerarnos seguros.

En el que todo es transparente al gobierno. En el que el gobierno tiene la potestad de elegir las medidas de castigo oportunas para aquel que se salga del Sistema.

El SITRD ha sido desarrollador como un subconjunto de la antigua Internet. Un subconjunto que engloba la totalidad de los sistemas, aplicaciones y servicios que el ciudadano necesita en su día a día.

Desde medios de comunicación, pasando por servicios de mensajería, redes sociales, videojuegos, sistemas operativos y dispositivos.

Por una suscripción mensual, cualquier ciudadano occidental tiene acceso a la nube abierta del SITRD. Cada seis semanas nos envían a casa el nuevo LightID, entregando el anterior, que se queda al instante obsoleto e inservible.

El LightID es el centro de interacción social del SITRD. Gracias a él, podemos conectarnos a la nube abierta del SITRD desde cualquier lugar, navegar por las innumerables aplicaciones convenientemente elegidas por el asistente virtual para nuestras necesidades, y disfrutar de la experiencia.

No hay esperas ni retrasos. No es necesario actualizar nada. Todo funciona siempre, y lo mejor de todo, sin preocuparnos de posibles brechas de seguridad o ataques de grupos terroristas, sin tener que aceptar políticas de privacidad y otras absurdeces.

Todo lo que hay dentro del SITRD es abierto y transparente. Y además, es de obligado uso, aunque ¿quién no iba a querer disfrutar de ello?

Gracias a que todo lo que hago queda convenientemente recogido en mi LightID, he acabado por ganar mucho tiempo para dedicarlo a lo que más me gusta. Ya no es necesario que tenga que utilizar la red social de turno para decir dónde estoy o qué estoy pensando. El sistema se encarga de hacerlo por mi, y los identificadores de mis compañeros se encargan de comunicarse con él en una suerte de sociabilidad digital.

Tampoco siento la necesidad de dar mi punto de vista sobre algo. LightID se encarga de compartir con mis amigos el único punto de vista que puedo tener sobre cualquier cosa, y tengo constancia, por los Me Gusta y corazoncitos que me dan sus identificadores, que el resto lo comparte conmigo.

Sabiendo todo esto, me pregunto por qué todavía hay algunos radicales y antisistema negándose a suscribirse al servicio.

Viviendo en un mundo tan caótico y deplorable como era la electrónica e informática anterior al SITRD. Núcleos aislados de la sociedad, sin lugar a dudas. Terroristas e insensatos en su mayoría, que nos ponen a todos en peligro.

El único camino posible es el que marque el SITRD. Porque así TODOS estaremos más seguros.

 

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Puede leer más de estas piezas distópicas bajo el tag Relatos.

Si le ha servido para pasar el rato, o incluso para pensar de manera divergente en el asunto, que sepa que puede invitarme a lo que vale un café (o incluso a lo que vale un café con churros) de tres maneras distintas :).

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