Silencio tecnológico [relato distópico]

automatizacion

-No,… ¡no toques esto! -dijo Pedro a Diana, su hija pequeña, mientras cerraba con sumo cuidado la pequeña cristalera de su antiguo despacho- Ya sabes que las cosas de papá no se tocan.

-Pues me voy a jugar fuera -gritó la niña con enfado, lo suficientemente rápido como para que a su padre no le diera tiempo a rechistar.

Aunque bien visto, no tenía fuerzas para ello.

Pedrito se sentó agotado en el sillón que tenía a un lateral de la estancia, y dejó que su mente volara unos instantes. Todo había pasado a tanta velocidad que era incapaz de comprenderlo.

Hacía apenas un mes desde que Sarah, un robot de limpieza que se esperase fuera el producto estrella de la compañía, presentara problemas entre algunos de sus primeros usuarios, y se encontraba hoy recogiendo sus cosas de la oficina donde había estado trabajando prácticamente toda su vida.

No era el único, de hecho. El 80% de los puestos de trabajo de la sucursal de Amazon en EMEA se iban a la calle, y presumiblemente lo haría el resto más temprano que tarde. Con el nuevo Bezos (una proyección holográfica de la conciencia de su fundador) más interesado en política que en distribución y logística, el rumor que durante los últimos años había corrido por cada uno de los ahora silenciosos pasillos de su sede madrileña se había hecho realidad.

Y sin embargo, Pedrito era consciente de que en este caso Bezos tenía poco o nada que ver con el asunto. Es más, que lo que les había llevado a esta situación era solo la punta de un iceberg que salpicaría, tarde o temprano, al resto de industrias.

La autosuficiencia de la máquina

Igual que aquellos artesanos ingleses del siglo XIX (ES), los neo-luditas de nuestra época levantaron pancartas y gritos en contra de lo que para ellos era el fin de la hegemonía del hombre trabajador.

Los algoritmos de inteligencia artificial poblaban cada vez más puestos de trabajo, y con ellos, la pirámide se iba invirtiendo y licuando hasta resultar demasiado volátil como para mantenerse en pie.

Si no tienes un perfil generalista, ¡NO VALES PARA NADA!

Rezaba una pintada a la entrada de la oficina, presuntamente dejada por alguno de sus antiguos ingenieros.

Por supuesto, había razonamientos a favor y en contra de este sentir, mientras los gobiernos de medio mundo se apuraban a modificar su legislación para dar cabida a esas nuevas personas electrónicas (ES).

¿Cómo mantener serena a una sociedad capaz de autoabastecerse por sí sola, sin trabajar?

Algunos optaron por acercamientos a la llamada renta básica universal, y otros por una suerte de economía de la eficiencia (cada familia tiene X gasto mensual de energía), siguiendo el ejemplo de aquella antigua serie de “marcianitos” (ES). No había, al menos por falta de recursos (que otra cosa muy distinta era la mala gestión de los mismos), rastro de pobreza alguno. Todo el mundo (del mundo desarrollado, claro está) tenía acceso mediante uno u otro programa a los bienes básicos, con un extra que venía dado por su antiguo cargo, por su nivel social y/o por factores específicos de cada cultura.

Pero el problema de base no era éste, sino la necesidad de encontrar actividades que dieran salida a ese “tiempo libre” actualmente desaprovechado.

Y es que la sociedad, ejemplificada en ese mismo momento en Pedrito, no estaba preparada para vivir una vida así.

Sin smartphone y sin cerveza…

Por utópico y deseable que pareciese, el forzar al grueso de la sociedad a no trabajar estaba causando disturbios en prácticamente todos los núcleos urbanos, y una emigración brutal hacia el campo, la playa y la montaña que por momentos se volvía insostenible.

Con parte de aquellas antiguas naciones diseminándose en grupos cada vez más pequeños y aislados, con la merma de poder de los gobiernos centrales a favor de las herramientas de autogobierno descentralizadas, el paradigma de la globalización (y con él, el del capitalismo occidental) se iba poco a poco apagando.

Desde pequeños nos habían educado a que para ser parte de la sociedad era necesario que cubriéramos algún cargo en la misma. Una educación basada en el aprendizaje de una serie de conocimientos que el día de mañana nos servirían para labrarnos una carrera profesional, y que en la sociedad actual era sencilla y llanamente inútil.

Medicina, albañilería, jardinería, biología, abogacía, o como en el caso de Pedrito, ingeniería, eran conocimientos que ya no aportaban a una sociedad cuyas necesidades eran cubiertas más eficientemente por la máquina.

Una máquina capaz de re-crearse a sí misma, y con una inteligencia artificial trascendente, capaz de aprender y evolucionar sin batuta humana.

Y por imposible que pareciese, los miedos de esos neo-luditas se cumplieron, pero no porque esa máquina trascendente decidiese que la humanidad era un peligro para sí misma. Y tampoco porque maquinara un plan masivo para erradicarnos del sistema.

La realidad fue mucho más mundana e indirecta: Nos privó de su tecnología.

En un mundo gestionado por la máquina, las cadenas de producción un buen día decidieron dejar de producir. Al menos en todo aquello que no fuera bien básico para la supervivencia del hombre y el resto de seres vivos del planeta.

No más drogas, no más smartphones, no más televisión, no más cine. No más tener que pagar por ir a un parque de atracciones, o por hacer un viaje. No más servicios de mensajería o medios de comunicación. Y por supuesto, no más Pokemon.

Todo aquello que durante décadas dio sentido al “tiempo libre” desapareció de un plumazo, justo en el momento en el que más ociosa estaba la sociedad.

De ahí el agotamiento de Pedrito, y la furia desatada de las masas urbanas. Aquel smartphone que guardaba como un divino tesoro en la cristalera ya no servía para nada. Y aún así, todavía tenía la esperanza de que un buen día todo volviese a funcionar de nuevo.

Ahora a cada ciudadano le habían obligado a vivir su propia vida, sin placebos ni anestesia, sin vías de escape. Algo para lo que recalco, no estábamos preparados…

 

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Inspirada en el proyecto Self Assemby Lab (EN) del MIT, que plantea el desarrollo de dispositivos tecnológicos capaces de producirse por sí solos.

Si le ha servido para pasar el rato, o incluso para pensar de manera divergente en el asunto, que sepa que puede invitarme a lo que vale un café (o incluso a lo que vale un café con churros) de tres maneras distintas :).

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