Esta semana, para variar, hemos tenido nuestra dosis de «cuñadismo» con la amenaza que le lanzaba el señor Donald Trump a Google, asegurando que la compañía estaba amañando los resultados de búsqueda de su servicio para mostrar «fake news». O mejor dicho, lo que él considera «fake news», que no es más que todo ese contenido que no va alineado con sus palabras.

Los tweets lanzados (EN) son un ejemplo más del poco conocimiento que tiene el señor Trump sobre el funcionamiento de Google, y en definitiva, de todo Internet.

Como ya he explicado en más de una ocasión, todos los servicios actuales  funcionan bajo la suerte de unos algoritmos de recomendación que, nuevamente, adolecen de caer en las llamadas burbujas de filtros.

Si los dispositivos de Donald Trump le están sistemáticamente mostrando contenido que va en contra de sus principios… lo mismo es que el señor Donald Trump dice unas cosas que van en contra de lo que sus acciones digitales dejan claro.

Aquí no hay trampa ni cartón. No hay nadie en estas compañías que pueda apretar un botón y cambiar para un lado o para otro lo que se muestra. De hecho, ningún ingeniero de estas compañías puede tan siquiera saber qué se nos muestra a cada uno de nosotros.

Porque aquí está el quid de la cuestión. Google, o Facebook, o Amazon, o Twitter… nos muestra ni más ni menos lo que entienden que queremos ver. No la verdad absoluta (que realmente no existe), sino esa parte de la realidad que el sistema recomendador de turno entiende que puede resultarnos más interesante.

Ergo, pasaremos más tiempo usándolos. Ergo, la empresa que está detrás ganará más dinero.

Y de hecho, éste es un aspecto crítico para entender cómo funciona la Red, y en particular, sobre los riesgos de creernos a pies juntillas lo que leemos/vemos en Internet.

Que por esta misma razón soy tan pesado con eso de que tenemos que educar nuestro sentido crítico, luchando contra la burbuja de filtros natural que hay alrededor nuestra, y enfrentándonos así a ese contenido que no está alineado con nuestros intereses, pero que seguramente sí esté alineado con los intereses de una mayoría.

Que al final que existan unas burbujas de filtros, una suerte de maldición en forma de «periódicos digitales específicamente diseñados para cada uno de nosotros», es un mal menor que tenemos que sufrir. La alternativa sería el caos, el que todos tuviéramos que saber la URL de un contenido, lo que de facto nos llevaría a un escenario mucho menos usable y también afectado por otras burbujas de filtros, que esta vez serían impuestas por nosotros mismos.

Así que lo lamento, señor Trump, pero no existe un complot masivo contra su persona. O si lo quiere ver de otra manera, existe el mismo complot a favor y en contra suyo, que a fin de cuentas ha llegado a ser presidente por alguna razón.

Google simplemente le está mostrando lo que entiende que quiere ver. ¿Que ese algo hecha pestes sobre sus decisiones?  Pues aplíquese el cuento.

Se llama libertad de información. Y para colmo, la mayoría bien contrastada. Las fake news son otra cosa más parecida a lo de que los mexicanos roban el trabajo de los estadounidenses, o que los terroristas llevan barba y creen en otro dios distinto al suyo.

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