pagar por adelantado

Así, como concepto. Por eso de mimar a tus trabajadores, vaya.

Me explico.

El otro día llegaba a una respuesta maravillosa de Piñeiro en Twitter al comentario de una Doctora de Economía y Empresa (no va con sorna, es como se define en la bio la susodicha):

La enésima carga contra el millonario de turno. Esto es España, y por supuesto lo que mola es que atacar a los que, bien sea porque han hecho bien las cosas, bien sea porque vienen de familia/herencia/enchufismo, han llegado alto.

Y ojo, que a mi el dueño de Mercadona y el de Inditex ni me va ni me viene (el primero de hecho no sabría ni decirte cómo se llama, ese es el nivel), pero a veces obviamos que algunos (solo algunos) de los que han cosechado éxito profesional, lo mismo lo han conseguido en base a pegarse una y otra vez contra el frío suelo del emprendimiento.

El caso de Alfonso es uno que conozco bien de cerca, y puedo asegurar que lo que dice es más cierto que el comer.

De hecho creo que en parte lo que soy como emprendedor/empresario se lo debo a su magnífico trato cuando hace unos cuantos años me propuso una de esas ideas locas «que no podrás rechazar».

Sobre el tortuoso camino del éxito profesional

Al menos en el caso de Piñeiro, y en el mío propio, lamentablemente no hemos tenido la suerte de contar con esas puertas giratorias tan golosas que abren un apellido con poder o unos cuantos millones extra en el banco.

Hemos empezado desde abajo, y con nuestros más y nuestros menos hemos llegado a donde estamos:

Un buen lugar si nos comparamos con la media de este maravilloso país.

Unos don nadie si nos comparamos no ya con los primeros, sino con los cuartos o quintos de la pirámide alimenticia.

Sin ir más lejos, un servidor a la hora de escribir estas palabras (hoy para mi, hace una semana si me lees el día de publicación de esta pieza) estoy a números rojos en cuanto a beneficio mensual.

Que vaya, he gastado bastante más de lo que he ingresado. La mayoría, por pagos a stakeholders.

Simplemente por intentar hacer las cosas bien. Por anteponer a las personas antes que mi propio interés (o el de mi empresa).

Y es que para colmo, echando unos cálculos rápidos (mentira, lo tengo todo controlado al milímetro en excels, pero queda mejor decir lo otro), actualmente me deben cinco dígitos largos en facturas no pagadas. Proyectos que o bien están terminados, o bien seguimos trabajando en ellos, pero que el cliente, que puede exigir más o menos, como que no le importa dejar aireándose las facturas de sus proveedores.

No vayan a coger moho, claro…

La mayoría, por cierto, y sin pretender caer en generalizaciones, de clientes españoles.

Actualmente diría que tengo un 50% de clientes nacionales y un 50% de clientes internacionales. Y las marcianadas que me encuentro con los compadres no las he visto aún todavía con clientes internacionales.

  • Mandarles la factura a finales de mes por los trabajos del mes siguiente (vamos, como siempre), y enterarme dos semanas después, y tras varias comunicaciones no respondidas, que «es que tienen que parar».
  • Retener el dinero que cobran por tu trabajo para un tercero mes tras mes, pero pagarte a ti cada 60 o hasta 90 días «porque sí».
  • Excusas varias para defender que tu trabajo no es necesario, pese a que los números, que los tienes tú y los tiene el cliente delante, demuestran justo lo contrario.

Que en esto deberíamos aprender de nuestros hermanos los germanos.

Oye, qué placer me da trabajar con empresas alemanas…

Te piden presupuesto, se lo pasas, te lo aceptan, lo haces y te pagan. Sin regateos, sin maquinaciones, sin recordatorios.

Y sobre todo sin retrasos.

Emprender es, como ya hemos dicho en más de una ocasión, una auténtica mierda. Paso muchísimo más tiempo haciendo de comercial, de contable, y hasta de recaudador de «impuestos», que trabajando en los proyectos.

Y mientras tanto aqui el tonto del pueblo que aún sin cobrar, factura que me envían, factura que pago. Lo hago casi tan rápido que a veces los compañeros de equipo se sorprenden (¿¡Pero si te la acabo de enviar!?).

Sencilla y llanamente porque creo que es lo justo: Te comprometes a hacer un trabajo, y debes cobrar por ello indistintamente de si el cliente del cliente ha cobrado por ese proyecto o no.

Llega al punto que, y salvando muy contados casos (los cuales comentaré a continuación), prefiero pagar por adelantado cualquier cosa que contrate, sea para mi, sea para un tercero. Creo que la confianza debe ir en primera instancia del empleador al empleado. Me he tenido que contener hace poco con una derrama en la comunidad de vecinos, aceptando pagar cada mes, y por eso de que como bien me recomendaron en la familia «debes considerar que no todos son como tu y que lo mismo, si hay muchos deudores, acabarás pagando más por tonto». Y sufro cada vez que veo que debo al banco varias decenas de miles euros por la hipoteca que tuve que pedir hace un par de años.

Decía que por defecto a todos mis trabajadores les pago por adelantado, y esto es así a excepción de casos muy puntuales en los que hemos empezado de esta manera, y la persona, al ver el dinero en la cuenta el primer día, directamente pasa del tema. Por supuesto, uno espera que todo el mundo se tome el trabajo como lo hace un servidor, y hay que ser consciente de que no todo el mundo es profesional.

Me ha pasado ya un par de veces, y parece que no aprendo, pero en esos casos creo que lo justo es pagar el 50% primero y el 50% a la entrega.

Lo que sí que no veo es hacer pagar justos por pecadores a todos. Que haya una o dos manzanas podridas no significa que el resto, que sí son profesionales, y que sí cumplen a rajatabla con su trabajo, estén pendientes de que mi única obligación para con ellos, que es pagarles, se quede o no colgada.

Lo que me lleva, nuevamente, al tema que quería tratar en esta pieza.

Ser empresario de éxito debe molar, pero llegar a ello es otro cantar

¡Hasta con rima me ha salido, oye!

Que entiendo que lo fácil es echar bilis contra todos esos CEOs y founders que amasan millones y explotan a los de abajo, pero haciendo esto estaríamos metiendo en el saco todos esos emprendedores y empresarios que luchan día tras día por seguir pagando nóminas y facturas.

Gente como Piñeiro, que antepone a su equipo a sus propias cuentas. O gente como un servidor, que tiene que mirar más de lo que le gustaría reconocer cómo van los números, intentando cuadrar todo en un entorno que es de todo menos amistoso.

Te puedo asegurar que no hay nada más triste que tener que echar a alguien que sabes que necesita ese dinero para subsistir él y su familia, simplemente porque los números no salen.

Y la de noches, mañanas y tardes que pasas dándole vueltas a la cabeza para ver por dónde puedes ser más óptimo fiscalmente hablando.

Esta es la realidad del empresario español, mexicano, chino o incluso hasta alemán.

Conforme más facturas, mayores responsabilidades tienes, y más quebraderos de cabeza te asolan.

  • ¿Que en ese mar de lamentos y noches de insomnio alguno consigue levantar la patita y volverse una de las personas más ricas del mundo? Pues ole sus huevos, señores.
  • ¿Que lo ha conseguido hacer gracias a la herencia familiar o los círculos de poder que le rodean? Pues enhorabuena, señores. ¡Quién pudiera!

La cuestión es que el grueso de mortales aspiramos, con mayor o menor medida, a ello. Y prácticamente todos nos vamos a quedar por el camino. Ese camino tortuoso del hombre orquesta, lidiando con clientes tóxicos, con una fiscalidad impositiva altamente dañina (¡bendita clase media!).

Recordemos todo esto a la hora de criticar a los pocos que se han librado de la quema. A fin de cuentas todos somos empresarios de una u otra manera (¿quién dices que te administra las finanzas en casa?).

Eso y… ¡paguemos todo (y, sobre todo, a todos) por adelantado!

La vida sería más sencilla para todo el mundo :).

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