Hablando sobre pretensiones tecnológicas, interacción y nostalgia

tecnofobia

Lorena Oliva, periodista del diario La Nación de Buenos Aires, me escribía ya hace unos días con la idea de preparar una pieza sobre la persistencia y el retorno de algunos objetos propios del mundo analógico (ES/vinilos, cámaras instantáneas, juegos de mesa, etc.) tratando de conectar este fenómeno con una época en la que se percibe cierto “desencanto” o al menos una visión menos optimista en relación a la tecnología, su potencial y sus usos, en la que me ha mencionado.

Un tema que me ha parecido la mar de interesante, y que gustoso he respondido de la siguiente manera.

Hace quince o veinte años prevalecía una idea sumamente optimista sobre el potencial de la tecnología en nuestras vidas: por citar algunas de las promesas de entonces, gracias a los avances tecnológicos dispondríamos más de nuestro tiempo para destinarlo a actividades placenteras, seríamos más eficientes, estaríamos en contacto con todo el mundo y tendríamos acceso a un enorme caudal de información en forma democrática. El destino de aquellas promesas está a la vista.

¿Qué falló –o faltó- en las predicciones de entonces?

Hay que partir de la base que somos muy pero que muy malos haciendo predicciones. Para la gente de los años 70 y 80 en el 2000 todos tendríamos patinetes voladores y vestiríamos ropa que se seca sola. La realidad, como cabría esperar, es mucho más mundana.

Pero hasta cierto punto, esto ha ocurrido. O mejor dicho, existe el potencial de que ocurra. El problema es el de siempre, que depende de nosotros aprovechar las nuevas tecnologías adecuadamente, y es pecar de ingenuos el esperar que el grueso de la sociedad explote positivamente y hasta los límites dichas herramientas.

Sin ir más lejos, la capacidad que tenemos a día de hoy para estar en contacto con cualquier persona en cualquier lugar del mundo nos hace, de facto, muchísimo más operativos. Tú y yo hace veinte años no podríamos habernos conocido. Y en cambio, ahora estamos poniéndonos en contacto desde la comodidad de nuestras casas u oficinas, pese a que nos separan algo más de 10.000 kilómetros. Y al igual que lo hemos hecho vía email (es decir, por escrito), bien podríamos habernos puesto a hablar por videoconferencia, viéndonos y manteniendo por tanto una comunicación inmediata y directa.

Dicho esto, también hay que tener en cuenta que estamos enfrentándonos a un entorno que realmente nos es desconocido, y cuyas implicaciones son, como cabría esperar, difíciles de predecir. Es lo que tiene la innovación.

Las personas disfrutamos de la constancia, y la innovación conlleva cambio, que es justo lo contrario. Con la irrupción de la inteligencia artificial y los automatismos, estamos sentando las bases para crear un mundo donde el papel del trabajador pasa de estar del lado humano (algo que ha ocurrido desde que la humanidad existe) a estar del lado de la máquina. Esto nos puede conducir a una liberación paulatina de las labores profesionales, teniendo por tanto más tiempo para el ocio. Pero por otro lado, todo nuestro sistema económico y social se levanta bajo la premisa del ciudadano como productor de los bienes que consume. Y el ocio, para colmo, cuesta dinero. De ahí que surja una oleada de pesimismo, ya que por un lado deseamos ese utópico futuro en el que el trabajo no es pilar de nuestra vida, y por otro, el camino hacia ello supone la destrucción del trabajo, y por tanto, del sistema social vigente hasta el momento, lo que entrañan nuevos retos, nuevos cambios, y nuevas problemáticas.

Así como hace 20 años proliferaban libros optimistas sobre las bondades de la era tecnológica, hoy ese tipo de libros se han vuelto más bien la excepción y los que proliferan son aquellos que, en diferentes formatos y registros, desgranan pesimismo y desencanto. ¿Se está cayendo en el extremo opuesto? ¿Cuál es tu análisis sobre este énfasis puesto en lo negativo del asunto?

Ojo que la postura negativista (o distópica) la hemos tenido desde tiempos inmemoriales también. Autores de la talla de Huxley, Orwell o Asimov, por citar algunos de los referentes culturales del mundo tecnológico, han bebido siempre de esa mirada un tanto pesimista hacia el avance social.

Y de hecho creo que es importantísimo que tengamos en cuenta tanto lo bueno como lo malo del camino que hemos decidido seguir. Un servidor se considera una persona más bien positiva en cuanto a evolución tecnológica, y eso no quita que también escriba relatos sobre ese hipotético futuro distópico al que la tecnología podría dirigirnos.

La realidad, como siempre ha ocurrido, se va a quedar en un punto medio. Intentaremos aprovechar todo lo bueno que nos puede ofrecer la tecnología, y tendremos que hacer frente a los cambios que ello supone, incluso a sabiendas que a corto plazo puede traer más problemas que soluciones.

No hay que olvidar que a vista de águila la sociedad no ha hecho más que evolucionar positivamente desde su creación. Vivimos por supuesto mucho mejor que hace un milenio, pero también mucho mejor que hace un siglo, e incluso que hace una década.

¿Qué creés que ocurrió con la percepción social, la de los usuarios de a pie, con respecto al avance tecnológico: pasamos del optimismo al pesimismo? ¿Cuáles son hoy los principales fantasmas?

Ahí has dado en el clavo. El principal problema es que el grueso de la sociedad piensa en corto, y tiende a quedarse con la pura superficialidad, sin indagar más allá en la problemática.

Así, utilizamos los smartphones básicamente para escribir a nuestros conocidos y compartir fotos en redes sociales, pese a que tenemos en el bolsillo un dispositivo que nos abre a un mundo infinito de posibilidades. Y mientras este mundo se expande de forma exponencial con el avance de la inteligencia artificial, el grueso de la sociedad se queda únicamente con el impacto que ello tiene a corto plazo: destrucción del trabajo no cualificado, el reto de entender un mundo que cambia más rápido de lo que el usuario de a pie está dispuesto a aceptar…

De ahí que me parezca interesante comprender que la tecnología, además de en efecto ofrecer una paulatina mejora en la calidad de vida del colectivo, deba encontrar el ritmo y sobre todo el lenguaje adecuado para que este cambio evolucione de forma asumible por la sociedad.

Que debemos crear una tecnología invisible, una computación relajada, haciendo hincapié en su usabilidad, que no se intuya como invasiva.

Y en ello estamos. Si echamos una vista atrás la irrupción de la movilidad es el ejemplo perfecto de cómo entraría un elefante en una habitación, aplastando todo a su paso. En estos últimos años, con la paulatina maduración de los sistemas operativos móviles, hemos visto cómo lo que al principio fue una explosión de aplicaciones invasivas, que primaban ante todo la funcionalidad a la usabilidad, ha ido poco a poco dejando paso al diseño de interfaces y signos cada vez más sutiles, delegando en el usuario la responsabilidad y control de las notificaciones y la cesión de datos (seguridad y privacidad). Con la inteligencia artificial, esto poco a poco se está automatizando. La máquina aprende de nuestro uso, y adapta aquello que antes era obligatorio, y que más tarde se volvió opcional, a lo que el sistema entiende que es más adecuado para nosotros.

Que aunque no lo parezca, vamos a mejor, vaya :).

¿Cuáles son, a tu criterio, las principales promesas incumplidas de la tecnología?

Como te decía, más que promesas tecnológicas, son promesas que la sociedad esperaba ver cumplidas con la tecnología.  Y para las cuales ni la propia tecnología es capaz de evolucionar a tal velocidad, ni mucho menos la sociedad está preparada para afrontarlas.

La tecnología, per sé, es un grupo de herramientas cada vez más óptimas para solucionar una serie de labores. No es buena ni mala, ni tampoco pretende dirigirnos hacia uno u otro lugar.

Somos nosotros los que utilizando dichas herramientas decidimos su ética, su función y sus outputs. Y aquí tendríamos mil y un ejemplos:

  • Coches autónomos: El problema actual no es tecnológico, sino humano. El coche autónomo es una realidad, pero hacerlo funcionar cómodamente en un entorno dominado por personas (seres irracionales) al volante es lo que de verdad entraña complejidad. Si pudiéramos expulsar del volante de golpe a todos los humanos y dejar que en carretera solo hubiera vehículos autónomos, desaparecerían al instante el que es a día de hoy una de las principales causas de mortalidad en el mundo. En la práctica, por supuesto, es imposible, así que nos toca lidiar con el cambio varias décadas más.
  • Ubicuidad absoluta: La digitalización de los negocios parecía conducirnos a un mundo en el que cualquiera podría trabajar desde donde le diera la real gana. La realidad es que seguimos teniendo que enfrentarnos a las limitaciones administrativas esperables (algo humano), y que la digitalización requiere aprendizaje, por lo que no está al alcance de cualquier trabajador y de cualquier trabajo.
  • Tiempo libre y trabajo: Lo comentamos anteriormente. De nuevo la limitación es social (el sistema actual no es compatible con la existencia de millones de personas ociosas), no solo tecnológico. Tenemos acercamientos, pero nos va a llevar muchísimo pasar de un mundo en el que la persona se define por lo que hace, a otro en el que la persona se define por lo que es.

Hoy han resurgido objetos o costumbres propias de la era analógica. Se suponía que algunas de ellas, como los vinilos o las cámaras fotográficas instantáneas, desaparecerían justamente por el avance tecnológico. ¿Este fenómeno es producto de la combinación de dosis de nostalgia y marketing o podrían ser signo de cierto desencanto?

Realmente hablamos de productos que han dado sentido a la ideología cultural de las generaciones que a día de hoy dirigimos el mundo, y como ha pasado siempre, es normal que surja una nueva oleada de nostalgia que está siendo explotada a nivel de negocio.

Por otro lado, hay que ser consciente que esas mismas personas que como decía, se quedan con la superficie de lo que la tecnología puede y debe ofrecernos, son también aquellas que están creando la tecnología, y por tanto surgen discrepancias que son difíciles de defender.

Un producto porque ofrezca más funcionalidades no tiene porqué ser estrictamente mejor que otro. La evolución tecnológica conlleva licencias y exclusiones de elementos que quizás para un porcentaje minoritario de la sociedad pueden seguir teniendo sentido. Y si no, mira la que se ha montado con la desaparición del jack de 3,5mm en la mayoría de smartphones de gama media/alta del mercado, o la propuesta de Chromecast, un dispositivo que sirve para hacer únicamente streaming a una pantalla, sin más opciones, y que para algunos, entre los que me incluyo, tiene muchísimo más sentido que la amplia mayoría de Smart-TVs y TV-Boxes.

¿Cómo imaginás un escenario ideal de interacción entre humanos y tecnología?

Buah, pregunta difícil de responder, jajaja.

Supongo que en ese escenario ideal, la tecnología es un mero asistente de la interacción entre humanos y humanos. Algo que está ahí, que no es invasivo, y que sale a relucir únicamente cuando así lo precisa el usuario.

Y si te fijas es algo a lo que estamos dirigiéndonos, aunque estemos aún en pañales. Pero la idea de las propuestas de Google con sus Google Home, de Amazon con Alexa, y hasta de Microsoft con Cortana y Apple con Siri rema en dicha dirección. El tener de forma ubicua un asistente que va a darnos la solución a una duda o tarea instantáneamente, siendo invisible para nosotros el resto del tiempo.

La tecnología por tanto debe acompañar, no forzar un camino específico, ni obligarnos a adaptarnos a ella.

Pero claro, esto es el fin buscado. Mientras llegamos a ello habrá que hacer concesiones. Tanto de cara a lo que la máquina es capaz de ofrecernos (cada vez más, pero todavía muy limitado). Tanto de cara a lo que el humano necesita para obtener ese feedback positivo de la máquina (ergo, comprender sus limitaciones y explotarlas adecuadamente).