La sociedad de la abundancia: Pesimismo vs realidad exponencial

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En casa, como la mayoría de los españoles, tengo un televisor. Pero rara vez lo utilizo para ver la televisión, sino como pantalla a la que envío contenido desde el chromecast (antes de este, desde las raspberry).

La cuestión es que de vez en cuando me da por encender la televisión por ver qué está pasando en el mundo, y habitualmente salgo asqueado de la experiencia. Los medios de comunicación siguen escupiendo día tras día noticias traumáticas: Accidentes, asesinatos, corrupción política,… y esto tiene una finalidad y una razón de ser que viene de lejos.

La finalidad es que resulta más sencillo controlar a una sociedad bajo el espejismo de la negatividad. Si el ciudadano siente que las cosas van tan mal, está más abierto a ceder parte de sus intereses por solucionar ese panorama.

Y esto a su vez nos viene dado de nuestra época primitiva, cuando debíamos estar en alerta, y esperar lo peor (un felino a punto de tirarse a nuestro cuello) para perpetuar nuestra especie. Antes era la supervivencia, y ahora, hasta cierto punto, cumple el mismo cometido. Causar medio y malestar para perpetuar el status quo social que tenemos.

Sin embargo, estamos mejor que nunca

De hecho, el toro no es tan bravo como lo pintan. De hecho, estamos mejor que nunca.

Si nos comparamos con épocas pasadas, el precio de los alimentos básicos ha bajado hasta en un 90%, lo que ha permitido que ahora, cualquier ciudadano, tenga la posibilidad de elegir qué comida quiere tomar cada día, y no qué comida hay en esta estación específica o puede permitirse. En apenas 100 años, la esperanza de vida se ha doblado ¡Se ha doblado! El coste de la electricidad se ha divido por veinte. El del transporte, por cien. El de las comunicaciones, por mil. Es curioso, pero todos aquellos ciudadanos por debajo del umbral de pobreza tienen actualmente acceso a electricidad y agua potable. Algo impensable si echamos la vista un siglo atrás.

Lo decíamos en el último Especial sobre la transformación digital de la sociedad, y lo recalco nuevamente. Somos actualmente 7.000 millones de personas, 3.000 millones conectadas gracias a internet. Y en apenas cinco años, se espera que vengan otros 5.000 millones. Un africano hoy en día con un smartphone en la mano tiene acceso a más información que toda a la que tuvo el presidente Reagan en los años 80.

Una biblioteca prácticamente ilimitada de conocimiento, al alcance de cada vez más porcentaje de la sociedad, y con costes que tiran hacia cero.

Conocimiento que pone en entredicho a todo el ecosistema tradicional. ¿Qué papel juega una Universidad cuando la información ya está disponible a un click de distancia? ¿Qué sentido tiene mantener un reparto de poder desigualitario cuando las TIC permiten a la sociedad autoregularse?

Este es el milagro de la tecnología. El acercar las soluciones a quienes más las necesitan.

Y lo mejor de todo es que estamos ante las puertas de algo aún más grande. Porque si bien este tejido tecnológico ofrece unas posibilidades increíbles de cara a la manera que entendemos la sociedad de nuestros días, no hay que olvidar que está asentado bajo el sudor y la sangre de los menos favorecidos y de la propia naturaleza.

Es justo aquí donde quería llegar. Porque creo sinceramente que estamos a punto de dar el siguiente paso. El de la sociedad de la abundancia, una realidad exponencial.

La sociedad de la abundancia

¿Sabía que en 1980 el aluminio era un metal más escaso que el oro? Apenas se lo podían permitir algunos reyes, y como recubrimiento de joyas y utensilios.

Tuvieron que llegar los químicos Hall y Héroult con el descubrimiento de la síntexis del aluminio de la bauxita para darnos cuenta que el 8% de la corteza terrestre está compuesto por este material. ¡El 8%!

La escasez no viene dada por la naturaleza, sino por nuestra falta de conocimiento.

Ahora caiga en la cuenta que parte del problema que supuestamente preocupará a la sociedad del futuro es el abastecimiento de agua y electricidad.

Y caiga en lo absurdo de este miedo. Nuestro planeta está compuesto por un 70% de agua (96% de ella salada). Tan solo tenemos que encontrar una manera efectiva de desalinizar ese agua para que se acabe el problema.

Y acuérdese de que el cielo está expuesto cada año a una radiación solar 5000 millones de veces más potente que toda la energía consumida por la sociedad. Con tan solo encontrar una manera de aprovechar de forma adecuada esa energía, ya no habría problema.

Tenemos la inmensa suerte de vivir en un planeta que nos puede nutrir de todo lo que necesitemos. Y podemos hacerlo de forma sensible para el medio ambiente. Simplemente es cuestión de tiempo y de conocimiento.

Campos como el de la biomedicina y el biohacking están actualmente abriendo las puertas a una sociedad futura donde las enfermedades serán previsiblemente cosa del pasado. Si podemos controlar el ADN a nuestro favor, podríamos en esencia controlar cualquier futura dolencia incluso antes de que se presenten los síntomas.

¿Y qué hay de la dualidad hombre-máquina? Se teme que el trabajo desaparezca, y es que quizás en un futuro el trabajo ya no sea necesario. Si vivimos en un mundo de abundancia, ¿no significará esto que podemos asegurar las necesidades básicas de cualquier ciudadano sin pedir nada a cambio? Quien quiera más, quizás pueda aportar su tiempo de alguna manera, pero caminamos hacia ese panorama en el que buena parte del trabajo podría quedar relegado a una suerte de hobby (no tanto hay que hacerlo porque necesito el dinero para vivir, sino quiero hacerlo).

La propia industria tendrá que evolucionar hacia una cadena cuya producción y distribución final (la que se hace hacia el consumidor) quizás pase por el envío de unos planos digitales, y este, en su casa, con una impresora 3D, termine el proceso. ¿Jugará entonces la industria el papel de meros catalizadores de conocimiento (diseño de productos), delegando en la tecnología de cada hogar la producción?

En un mundo de abundancia, por tanto, no hay sitio para crisis y desigualdades. Y esto lleva asociado un cambio de mentalidad que es en esencia el principal handicap que estamos encontrando a la hora de pasar al siguiente nivel.

Porque como siempre ha ocurrido, hay elementos del sistema que se oponen a una realidad que acabará, tarde o temprano, llegando. La realidad de que en el día de mañana, la abundancia destronará a los que actualmente reinan, y dejará sitio a una sociedad más justa y sostenible.