Software y programadores, ejes principales de la evolución

Horace Dediu decía en The omnivorous app:

El software rara vez se percibe como el activo de valor fundamental de un negocio.

Pero no nos equivoquemos: Apple, Google, Microsoft, Facebook y Amazon son todas empresas de software. Cada una “monetiza” o integra el software a su manera, pero el software es causal en sus ingresos. El software ha hecho de ellas empresas revolucionarias.

El software ha cambiado la electrónica de consumo, el comercio, la informática, la publicidad, los medios.

Y todavía no hemos visto nada. Hay otra clase de software que está a punto de arrasar a un nuevo grupo de industrias. Las aplicaciones integradas con servicios en internet son las termitas que se preparan para devorar los cimientos de las grandes industrias que aún siguen en pie: juegos, televisión, entretenimiento y comunicaciones.

Las empresas punteras de hoy lo son gracias al software. Pixar es una empresa de software, y Disney tuvo que comprarla para hacer frente a lo que se avecinaba. El mundo discográfico es de software (Apple, Spotify,…). Una compañía que reniegue del valor de la programación está abocada al fracaso.

Sabedores del gran activo del código en el negocio de la actualidad, no comprendo como en España se sigue teniendo la visión del programador como un trabajo mal pagado y sin futuro.

En España, la programación es el nivel más básico para afrontar un proyecto: programador, analista, jefe de proyecto y si eso gerente. De hecho las universidades se afanan en dejar claro a sus alumnos que si quieren ser alguien en la vida deben huir del código (la carrera es para el jefe de proyecto o gerente, no para “pica códigos“).

Pero se trata de una propuesta equivocada, y así queda demostrado en otros países como EEUU, donde ser programador es un estatus de autoridad en la sociedad, descontando lo bien pagado que está.

Ser programador no es picar código, es transladar las ideas de un equipo a un lenguaje informático. No es un trabajo sistemático y repetitivo, sino todo lo contrario. Preguntas y una búsqueda de la respuesta más óptima en cada caso.

El programador crea algo, no lo transforma. Hay una poética detrás de ese hecho que es inherente a la propia naturaleza de la creación. Es enfrentarte a problemas continuos, y buscar solución con unos elementos precisos. La carga conceptual es por tanto semejante a la investigación de un matemático, al análisis de un forense, o el estudio de un biólgo.

Hace tiempo, Bernardo Hernández, el directivo español de Google, se afanaba en pedir programadores, ya que según sus palabras les resultaba extremadamente difícil encontrarlos en nuestro país.

El problema no es que no los haya, que los hay, sino que la misma sociedad ha impuesto el escalón más bajo, y cualquiera que salga de la FP superior o la carrera espera llegar a ser gerente, y no “un simple programador”.

Reino Unido se ha propuesto que sus alumnos aprendan a programar en la escuela, como quien aprende física. Y el objetivo no es que todos acaben siendo programadores, sino que puedan desenvolverse con fluidez en un mundo donde la física (en este caso el software) es amo y señor.

Hay fuga de cerebros, y eso está claro. Pero si ya de por sí la perspectiva económica está jodida, y se sigue llendo a la retaguardia de los países más desarrollados, mal vamos.