splinternet

Lo comentábamos en profundidad la semana pasada al hilo de la campaña de desprestigio y acusaciones infundadas que Donald Trump hacía contra TikTok, y que recientemente se ha saldado con la futura prohibición de esta app y varias más chinas en territorio estadounidense… a no ser que una empresa estadounidense las compre.

El tema llega a ser hasta cómico, ya que al parecer Donald Trump ha pedido que, de en efecto forzar a que el negocio de TikTok en EEUU se venda a una empresa estadounidense (tanto Microsoft como Twitter parecen interesados en ello), el gobierno estadounidense debería llevarse una comisión (EN). O lo que es lo mismo, una extorsión en toda regla, solo que proveniente del propio gobierno.

En la pieza explicaba las razones que había detrás de esta campaña, y que te las resumo de forma sintética por aquí:

TikTok espía a los usuarios (EN).

Vamos, igual que hace Facebook, Instagram, Twitter y en definitiva cualquier otra red social. La única diferencia es que todas las anteriores son estadounidenses, y por tanto para el gobierno de EEUU todo está bien, mientras que TikTok, en parte depende de una empresa china (en la práctica también gestiona en el propio territorio los datos, al tenerla dividida con la versión china que sí se gestiona en territorio chino), y eso ya no mola.

Ahondando más en el tema, nos damos cuenta de que estamos ante la primera red social china que realmente tiene éxito fuera de su territorio. Hubo acercamientos, como fue el caso de WeChat que en su día funcionó bastante bien en algunos mercados europeos, pero nada comparado con el éxito de TikTok.

Es decir, que por primera vez en la historia de la informática de consumo tenemos un desarrollo chino que rivaliza con el de occidente. Hasta el punto de que Facebook ha reconocido que es su principal competidor. Lo habitual hasta entonces ha sido justo lo contrario: los desarrollos, principalmente estadounidenses (y si eran de otro lado ya se encargaba la multinacional de turno en comprarlo y hacerlo estadounidense) funcionaban en todo el mundo… menos en China, donde el gobierno comunista ha sido históricamente tajante con cualquier desarrollo de terceros.

Y aquí empiezan los grises que comentaba en la pieza: China lleva décadas jugando al juego de la macroeconomía con sus propias reglas.

De puertas hacia fuera compite en igualdad de oportunidades gracias al capitalismo y la globalización. Pero de puertas hacia dentro la dictadura ya se encarga de que solo lo patrio funcione.

De ahí que China tenga su propio Internet. Ya no solo es que haya servicios como los de Google o Facebook que directamente no funcionan. Tampoco el hecho de que la censura habitual de la zona impida acceder a sus habitantes a muchas de las páginas occidentales. Es que el ecosistema de aplicaciones es único en el mundo, al ser todo dominio de empresas chinas.

Una competencia desleal se mire por donde se mire. Justo la misma que EEUU ha permitido una y otra vez con sus empresas, con esa Facebook que vive, básicamente, de o comprar potenciales competidores para que dejen de serlo (Instagram, WhatsApp, Giphy…), o bien copiar descaradamente su funcionalidad hasta que fagocitan su mercado (Snapchat, y todo apunta a que ahora también TikTok).

Esta estampa es la que es desde entonces, y por estos lares la cosa nos ha pillado siempre de refilón. Sabíamos que China tenía su propia Internet. Sabíamos que Rusia andaba detrás de ello sin llegar a tal extremo. Y sabíamos que por ahí hay algunos cuantos países menores, y claramente no democráticos (como los dos anteriores, de hecho) apostaban por seguir sus pasos. Pero el resto del mundo, con Occidente a la cabeza, compartía ese sueño de una plataforma global y descentralizada.

La realidad, sin embargo, es que todo esto se está viniendo abajo.

El paradigma de splinternet

Sobre Splinternet ya hablé en profundidad hace unos años. Básicamente con este nombre se entiende a ese cada vez más cercano tercer entorno en el que Internet no es más que un conjunto de puzzles, cada uno dependiente de los designios territoriales o corporativos a los que pertenece.

Y es que tanto desde la esfera política, como desde la esfera empresarial, poco a poco están rompiendo la idea de un Internet global en favor de pequeños «internets» con sus propias reglas, en algunos casos intercomunicados entre sí, y en otros directamente incompatibles.

Este es el caso, por ejemplo, de los jardines vallados que han creado empresas como Facebook o Google. La primera, sobre todo, interesada por erradicar la figura del hiperenlace en su territorio (no es casualidad que Instagram no deje, como ya comenté en su día, clicar en enlaces más que el enlace que nos permiten poner en los perfiles de marca). Y la segunda por si bien no eliminarlo, sí abstraerlo y controlarlo, de forma que impulsando los continuos cambios en pro de la seguridad y usabilidad de las páginas webs, cada vez más estamos dependientes de la figura de los buscadores para encontrar contenido en Internet, y no del paradigma de URL.

A esta batalla ahora toca sumarle la paulatina localización de Internet, en un mundo que poco a poco se está haciendo menos global.

Lo definía muy bien Enrique en un artículo de la semana pasada (ES):

Cada día más, las soberanías nacionales se van convirtiendo en el principal problema del mundo en que vivimos. Que se limite el alcance de una red global como internet y se nos aboque a un futuro de redes regionales de alcance limitado (EN) es tan solo un síntoma de problemas mucho más graves, como la imposibilidad de plantear soluciones globales que utilicen la totalidad del contexto potencial de aprendizaje en una pandemia o, mucho más grave, que sean capaces de afrontar problemas que nos afectan a todos como la emergencia climática. Instituciones y tratados supranacionales como la Organización Mundial de la Salud, Naciones Unidas o el Acuerdo de París ven su papel (EN), su operativa (EN) y sus compromisos (EN) progresivamente restringidos, mientras se otorga mucha más importancia a cuestiones cortoplacistas relacionadas, por lo general, con mantener al idiota de turno al frente de su país.

Es aquí donde quería llegar, porque lo fácil en efecto es centrar las miradas en los problemas locales, obviando que muchos no son más que efectos de un problema global.

El esperar que nuestro Internet siga nuestras propias reglas no consigue más que poner otra capa que diluya la realidad del mundo en el que vivimos. Un mundo que afecta a toda la sociedad por igual.

Y en última instancia demuestra lo que decía en el título de esta pieza: Que estamos fallando como sociedad.

Si en algo a priori tan básico como es ponernos de acuerdo a nivel puramente informativo no somos capaces de unirnos como pueblo, ¿esperamos conseguir algo semejante para, por ejemplo, enfrentarnos al grave problema de la crisis del coronavirus?

Si ni siquiera podemos crear un escenario digital global, ¿vamos a ser capaces de tomar las medidas oportunas para evitar que dentro de unas décadas, o dentro de unos siglos, nuestro planeta deje de ser habitable?

¿Alguien cree realmente que podemos enfrentar problemas globales de tal magnitud desde la óptica local?

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