The Blackout

Quiero pensar que a nadie se le escapa que una parte crítica de cualquier proyecto expansionista de una potencia mundial pasa, ineludiblemente en nuestros días, por adquirir una posición de liderato a nivel cultural.

Que si algo ha hecho «Great» a EEUU este último siglo, además del hecho de que han estado listos llevando la guerra fuera de sus fronteras mientras por Europa nos dábamos de hostias entre nosotros, ha sido el ser capaces de montar la mayor industria propagandística jamás creada: Hollywood.

EEUU y Hollywood entendió como nadie que hace más una buena peli que cualquier bala, y si hoy en día el inglés es el idioma por antonomasia es, al menos en parte, al éxito de sus estudios cinematográficos.

Ese chorro interrumpido que desde tiempos inmemoriales nos ha recordado que si el día de mañana los extraterrestres llegan a nuestro planeta, bajarán casi seguro en San Francisco.

Y que frente a cualquier contratiempo, bien sea el ejército de EEUU, o un simple policía de Nueva York, es lo único que nos separa de la aniquilación completa.

Eso y, por supuesto, que los norteamericanos son todos de clase media alta. Que su día empieza segando el césped de su pequeño jardincito en el pórtico delantero mientras saludan con efusividad a la pareja entrañable de vecinos que tienen enfrente.

Y ojo, que escribe uno a quien le encanta el cine de Hollywood. Ni mucho menos soy un hater que solo ve producciones de serie B, o que se vanagloria de solo consumir cine belga. Soy, y no me importa reconocerlo, una víctima más del capitalismo cultural americano. Disfruto como un niño de cada nueva producción de Marvel y DC, consumo como si no hubiera un mañana toda la mierda que Netflix nos lanza a las retinas, y para colmo lo hago con conocimiento de causa. Lo cual, ya puestos a sincerarnos, me parece aún más grave.

Como ya expliqué en su día, me gusta el cine que me hace pensar y cuestionarme la vida. Pero me gusta también aquel que me permite desconectar con una trama ya más que trillada y unos tópicos que de tanto repetirse hasta son adorables.

Parte del éxito cultural de EEUU se debe, precisamente, a esto. A haber creado una simbología que va más allá de la banderita con las estrellas y las rayas. A esos elementos cómplices que aceptamos como comunes, pese a que ni nos representen a nosotros, ni mucho menos a los estadounidenses.

Digo todo esto porque de vez en cuando agradezco que en vez de que me vendan la moto los americanos, lo hagan otros.

Por estos lares ya hablé de la industria cinematográfica china, que por razones obvias está haciendo lo que históricamente mejor sabe hacer (copiar), con superproducciones hollywoodienses que se graban bajo el telón de Shangai.

Este fue el caso de The Wandering Earth, una de esas obras que sin lugar a dudas te recomiendo ver, ya que tanto por cómo está escrita como por cómo se trata la imagen y la iconografía de la misma, es un calco americano cuya única diferencia es cambiar la banderita (que ya se encargan de que salga cada dos por tres en escena) por la roja comunista.

Una película de ciencia ficción palomitera, que evita conscientemente todo aquello que en occidente nos resulta molesto (me refiero a la forma que tienen de contar las cosas los directores asiáticos) para servir de propaganda perfecta al régimen.

En ella por supuesto China es el único gobierno capaz de unir a todos los supervivientes de una catástrofe mundial y liderar un loco plan para salvar la vida en el planeta. La tecnología y las órdenes vienen de China, y el resto tiene un papel secundario, apoyando el discurso del país del Sol Naciente.

Tengo pendiente hacer lo propio con la industria de Bollywood, que últimamente parecen interesados en bombardearnos culturalmente con películas y series de terror (ya se dieron cuenta que los musicales no encajaban por aquí).

Y esta misma sensación la tuve estos días viendo The Blackout. Con la única salvedad que aquí quien nos salvan son los rusos.

Te dejo con el trailer, y ahora continuamos:

En juego el dominio cultural mundial

Lo cierto es que he disfrutado como un niño viendo esta AВAНПOCТ, que han traducido para el mercado internacional como The Blackout: Invasion Earth. Egor Baranov, que quizás lo conozcáis de la trilogía de terror Gogol, ha dado forma a una superproducción que tiene todos los ingredientes necesarios para funcionar en el mercado occidental a excepción de dos puntos:

  • La bandera que sale en cada escena tiene tres rayas horizontales (blanca, azul y roja).
  • Hablan un idioma que no es el inglés.

Por lo demás, es una película de ciencia ficción hollywoodiense.

Una repleta de CGI bien diseñado, y que por extraño que parezca, ha sabido dar en la tecla a nivel argumental.

En ella asistimos por enésima vez al fin de la civilización. Esta vez debido a un apagón que deja aislado de todo el mundo a los habitantes de Moscú (por si te lo preguntas, Moscú no está en EEUU).

Fuera del círculo, la barbarie. Dentro de la ciudad, el gobierno se pone las pilas y empieza una oleada de expediciones hacia las zonas fuera de la frontera por desentrañar los misterios que han llevado a que el mundo, de pronto, se haya ido a la mierda.

Y sin entrar en spoilers, en efecto los alienígenas tienen algo que ver. De hecho si bien la primera parte pensé que estaríamos ante otra película más de guerra post-apocalíptica, pronto la trama cambió heredando parte de la iconografía y sobre todo profundidad argumentativa que tiene el universo creado por Ridley Scott en Alien (no por el terror, que por supuesto no hay aquí, sino por todo lo que envuelve a la creación de los xenomorfos).

Que, recalco, no vamos a descubrir nada que no hayamos visto ya en la gran pantalla. Pero sí me ha parecido una buena unión de diferentes ideas, con algún que otro giro de guión acertado.

Es decir, dos horas y algo que he disfrutado. Lo cual ya creo que es mucho.

La parte mala es que que yo sepa no hay llegado por aquí en ningún servicio de streaming de contenido conocido (corrígeme si me equivoco). Así que si quieres ver The Blackout, te va a tocar ser [email protected],

Y lo mejor de todo es que The Blackout no es un caso aislado. Rusia lleva varios años llevando su histórica industria propagandística hacia el cine, invirtiendo bastantes millones de dólares rublos para que sus producciones estén al menos al nivel técnico de las Hollywood.

Por aquí tenemos obras como la de Coma (o Koma en ruso, este ha sido fácil de traducir jaja), que salió en 2017, y que además se rodó directamente en inglés, apuntando por tanto maneras ya de base:

O Mafia: Survival Game, que fue bastante galardonada en su día, y que también se creó con el firme interés de competir de tú a tú en el mercado internacional.

Lo chulo de todo esto es que nos permite acercarnos a otra manera ligeramente distinta de hacer y entender el cine de la que estamos acostumbrados a consumir por estos lares. Algo que en efecto tiene unos intereses claramente políticos, pero que no por ello me parezca que reste a la industria.

Es más, según el mantra capitalista, en la diversidad (y la libre competencia) está el éxito, ¿verdad?

Pues bienvenido sea estos «nuevos grandes estudios». Bienvenida esta The Blackout y las que le sigan. Bienvenidas sean sus obras propagandísticas a Occidente :).

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