internet sin enlaces

Gracias a Fernando (ES) doy con la pieza de Anildash (EN) en la que habla de cómo el éxito de las grandes plataformas sociales del momento se basa, aunque sea en parte, en monetizar la limitación del usuario a utilizar enlaces a la web abierta.

El mejor ejemplo, de hecho, lo tenemos en redes como la de Instagram o TitTok, donde toda la capacidad que tiene el usuario a enlazar a fuentes externas está supeditada a contar con una cuenta business, y a un único enlace: El link en la bio.

El tema da para profundizar bastante, porque ya no solo es que estas aplicaciones, nacidas dentro del paradigma per sé más capado de los sistemas operativos móviles, hayan ido poco a poco abriéndose al resto de la web, y por ende, podamos considerar que esa falta de apoyo al enlace se haya perdido, sino que ya son herederas espirituales de esa web 2.0 a la que parecía que le jodía que existieran enlaces externos.

Y si no fíjate cómo Facebook, durante años, ha ido paulatinamente penalizando el enlace en favor del contenido nativo:

  • Cualquier actualización de estado que incluya un enlace probabilísticamente hablando le va a llegar a un menor número de audiencia que otra que incluya como elemento destacado una imagen o un vídeo subido en la propia plataforma.
  • Los vídeos de Youtube, de hecho, ya ni son visibles dentro de la misma (pese que antes sí lo eran), y se muestran además como si fuera una imagen estática (no tienen ni el botón de reproducción), teniendo que primero darte cuenta de que es un vídeo, y si lo quieres ver, salir de la página para hacerlo. «Curiosamente» los que subimos en Facebook utilizando su propia plataforma de vídeo sí lo son en cualquiera de los formatos del timeline (no es ni necesario entrar en la actualización para verlo), y para más inri, se reproducen automáticamente.

En la pieza de Anildash el buen hombre ahonda, aunque sea de pasada, en un principio que al menos a un servidor le parece interesante: el que curiosamente esa limitación se rompe levemente para los que la plataforma considera VIPs.

Es decir, que el grueso de usuarios no podemos utilizar enlaces… pero los que tengan más de 10.000 seguidores en Instagram pueden meter enlace en sus storys.

Lo que de facto, supone que un elemento básico de la web es penalizado artificialmente por intereses puramente económicos (no quiero que puedas salir de mi plataforma, ya que a más tiempo pases en ella, más te puedo monetizar), pero sabedores del valor económico que tiene el permitir esos enlaces, gamifican su permiso forzando a que quien quiera poder utilizarlos va a tener que dedicar mucho más tiempo al contenido nativo… o pasar por caja.

Una estrategia de jardines vallados que sabemos que funciona. Facebook corporación es el ejemplo perfecto de ello, pero tanto Apple, como Amazon, como incluso Microsoft y Google (esta última que, recordemos, basa su modelo de negocio en la web abierta) también la abrazan de buena gana.

Todo con la excusa, por supuesto, de la perversión que ha supuesto el abuso del enlace por parte del mundillo publicitario, pero con la lectura de que así pasas más tiempo entre mis fronteras, ergo hago más negocio contigo.

Y tenemos ejemplos a raudales de esta paulatina destrucción de los cimientos de Internet:

Todo esto, junto al ya de por sí poco valor que dan por regla general los periodistas a eso de enlazar a las fuentes, no vaya a ser que caigamos en la consideración de que sus periódicos están publicando puramente la nota de prensa de turno, al final hace que esa nueva generación de usuarios que se han sumado esta última década a Internet, lo hayan hecho a una Red más aislada, más encorsetada en grandes feudos que únicamente atienden al interés de los billetes.

Y esto, como dije en su día, tiene un corolario muy poco halagüeño ya no solo para la idea romántica de ese Internet abierto que algunos teníamos (y que no deja de ser una utopía), sino para el futuro de la cultura de nuestra era.

Porque si ahora tenemos la capacidad real de perdurar el conocimiento en una misma red global, no deja de resultar curioso que la tendencia sea precisamente a hacerlo en espacios acotados, dependientes de los designios de grandes corporaciones o gobiernos con ínfulas totalitaristas.

Ver para creer, amigo. Quién nos lo iba a decir…

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