guerra viral

Ucrania – Russia

Desconozco cómo se vivían las guerras antes de las redes sociales.

Afortunadamente, a un servidor no le ha tocado vivir ninguna.

Y quiero pensar que esto siga así por muuuuucho tiempo.

La cuestión es que algunos estamos viendo el conflicto entre Rusia y Ucrania desde la comodidad de nuestras casas, y con herramientas globales creadas para entretener, como es el caso de las redes sociales.

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Es de esto precisamente de lo que quería escribir hoy.

Porque si bien creo que todos los que estamos por aquí somos conscientes de este hecho, y hasta cierto punto quiero pensar que conseguimos combatirlo eficazmente, cuando ocurre alguna tragedia como la que se está viviendo en Ucrania y Rusia, o la que le tocó vivir a prácticamente todo el mundo con el COVID, de pronto mantener esa protección anti-«el funcionamiento interno de estas herramientas creadas para entretenernos, y no para informarnos», resulta más complicado.

Así, tengo que reconocer que esta última semana he estado bastante pegado al timeline de Twitter. Lo miro por la mañana, todavía en la cama, y me acuesto casi con él, absorbiendo de forma absurda y morbosa toda esa ingente cantidad de mierda que unos y otros opinan.

Y soy masoca. Porque noto que lo paso peor. Pese a ser consciente de que en Internet solo aparece lo más malo y lo más bueno de cualquier cosa.

Porque es justo lo que está pasando: Los expertos del COVID, que luego fueron vulcanólogos, ahora al parecer son también expertos en geopolítica.

Que ojo, no voy a ser yo quien tire la primera piedra. Hay un límite muy difícil de identificar (y más cuando eres tú el que está dentro) entre dar tu opinión sobre un tema que hasta cierto punto te afecta, e intentar sentar cátedra sobre lo que dices, amparándote en una posible relación causal con tus conocimientos profesionales o personales.

Al menos, para un servidor, esa hasta cierto punto manía de intentar ver cada tema desde el mayor número de ópticas posibles hace que cace bastante rápido a todos los vendehumos. Pero lo cierto es que el ser «experto» de lo que sea en cada momento es una estrategia que FUNCIONA.

Y funciona por el simple motivo de… vuelvo a repetirme: las redes sociales fueron creadas para entretener, no para informar.

Es más, tengo un amigo muy cercano que un buen día decidió centrarse en ser analista de todo lo que tenga ver alrededor de la COVID.

Desde entonces, ha escrito por supuesto un libro sobre ello (desconozco cuántos ejemplares habrá vendido, pero eso es lo de menos, ya sabes), y hablándolo con él hace unos meses, me reconocía que la estrategia le había salido redonda.

Ha pasado de tener un perfil público como el mío, sin apenas interacciones (perfil típico de creador de contenido no sensacionalista), a ser una especie de «influencer» de una de esas corrientes escépticas frente a la enfermedad del siglo.

Publica como si no hubiera un mañana, y cada uno de sus tweets son comentados, recompartidos y analizados por decenas, cuando no centenares, de usuarios. Con los ya hasta excesivos hilos de tweets cargaditos de emoticonos, que al parecer es ahora lo que se lleva.

Y sí, al final es exactamente lo mismo que hacen los gurús de los negocios online, lamiéndose entre ellos y consiguiendo, con ello, que parezca que tienen más buzz que el que realmente tienen (habría que ver cuántos de esos likes, retweets y comentarios no vienen sistemáticamente de las mismas cuatro cuentas de amiguitos que están haciendo exactamente lo mismo, pero eso es lo de menos, ya sabes).

Que lo cierto, sea triste o no, es que acaba funcionando.

¿Qué problema hay en que la gente mercantilice la subjetividad de sus opiniones?

Pues que estamos hablando de las vidas de personas. De las que están en medio de un conflicto (o luchando contra un virus), pero también de todos los demás cuyo impacto económico y social lo vamos a estar viviendo en meses venideros.

Te cuento todo esto, por tanto, con dos objetivos:

El primero es, en efecto, recordarte que lo que nos llega a nosotros (a ti y a mi) es mayoritariamente la versión occidentalizada del conflicto.

Que ahora parece que Ucrania era un ejemplo a seguir en cuanto a democracia y libertades… cuando hace apenas unos años la UE le estaba dando largas por no cumplir los requisitos mínimos para ser considerado un país «de los nuestros».

Y, por supuesto, Rusia es ahora el enemigo número 1. China, que hace un par de semanas era el malo, ahora se le mira de reojo, pero lo que toca es señalar lo mal que lo van a pasar los rusos por todas esas acciones económicas de Occidente.

Es normal. Es un conflicto, y en cada conflicto siempre parece más interesante señalar lo mal que le va al otro que reconocer que todos estamos perdiendo.

Y el segundo, que es más bien una petición, es el que antes de meterte de lleno en la faena de seguir a la masa y despotricar sobre todo esto en redes sociales (algo que pide el cuerpo a poco que estés «conectado» con lo que comparte la sociedad a tu alrededor) debemos recordar el potencial impacto que esas palabras pueden tener a nuestro alrededor.

¿Que a qué me refiero? Pues que entre todos, generamos un estado de crispación que no hace más que empeorar aún las cosas.

Es por ello que un servidor, que a priori estaba interesado en dedicarle alguna pieza al conflicto, ha decidido hacerlo únicamente con temas que puedo considerar puramente tecnológicos y objetivos.

Ya no solo porque no voy a venir ahora con la coletilla de ser un experto en geoestrategia o economía. Soy tan cuñado como cualquiera de nosotros. Sino porque muy probablemente, y aunque intente ser moderado en mis palabras, ese contenido muy probablemente ayudará de alguna manera a recordarnos una vez más que algo como lo que estamos viviendo es malo para todos, y que aunque sea indirectamente, y en efecto la guerra no acabe salpicándonos directamente, lo vamos a experimentar en primera persona.

En el coste de la vida, en la ruptura del status quo de commodity que hemos disfrutado durante todo este tiempo. En todas esas cosas que tenemos la fortuna de haber vivido.

Justo lo mismo que nos pasó con la crisis del COVID.

Lo que me lleva, nuevamente, a pensar sobre qué escenario ante catástrofes es más halagüeño:

  • Aquel que le tocó vivir a nuestros abuelos, donde la conversación social se apagaba por proximidad, y la desinformación llegaba únicamente por los canales oficiales.
  • O este otro en el que estamos actualmente, donde la conversación social es pseudo-global, accesible e inmediata, y define para colmo la línea editorial que producen los canales oficiales.

Al final es cierto que ambos escenarios son nocivos por el simple hecho de que la sociedad de la información es tan vulnerable como lo es la propia subjetividad humana, pero esto no quita que me siga haciendo la misma pregunta.

¿Hemos ganado con el cambio, hemos quedado igual, o estamos en peor escenario para sobrellevar épocas oscuras?