El valor de la creación y el arte en el mercado (sea o no tecnológico)

Recojo el caso reciente del malestar generalizado que supuso el anuncio de una nueva actualización del juego Monument Valley de pago como excusa para hablar de varios temas relacionados: el valor de la creatividad/arte en un mercado del “todo gratuito”, las nulas barreras de entrada digitales para la proliferación del troll y los sistemas de monetización (y gestión de reputación) en markets de aplicaciones. Empecemos.

monument valley

Primero de todo, una panorámica de lo ocurrido. Monument Valley (versión Android / versión iOS) es un juego de plataforma corto (12 pantallas), de pago (3,59 €), que un servidor definiría más en el género de las herramientas educativas que en el de los videojuegos. En él, manejamos a una chica, que tendrá que llegar a X punto de un mapa utilizando para ello la perspectiva. Y aquí entra el arte, y el porqué creo que la app está más cercana a las herramientas educativas que al puro juego come-horas.

En Monument Valley aplican a la perfección los principios de la ilusión óptica, de forma que según la perspectiva en la que estés, una pared puede pasar a ser suelo o un bloque en principio alejado de nuestro camino puede volverse una pieza más por donde pasar. La Escalera de Penrose (ES) o el Cubo Imposible (ES) son estrategias habituales que tendremos que comprender para llegar a nuestro objetivo. Todo adobado con una historia por eso de darle sentido y temporaridad, pero a fin de cuentas despreciable.

Hablamos de 12 pantallas que posiblemente, y si usted es hábil con los juegos ilusorios, acabará en poco más de una hora. Y vale 3,59 euros. Y bajo mi punto de vista vale cada céntimo de lo que cuesta, ya que cada sección, aunque corta, es un verdadero reto a la mente, y una desbordante explosión de buen diseño y gusto.

El juego salió hace como un año, y recientemente anunciaban que habría nueva versión (EN), que serían 8 nuevos capítulos, y que costaría 1,99$. Y aquí entramos en el primero de los temas que quería tratar.

Cientos de usuarios (muchos de ellos seguramente ni habrían comprado el juego original), corrieron raudos y veloces a criticar que la actualización fuera de pago. Algo que trasladado al mundo de las videoconsolas y los juegos de PC (DLCs) está a la orden del día.

Que sí, que son únicamente 8 pantallas. Que si es hábil en una hora se las pasa (doy fe de ello). Pero que a fin de cuentas es otro juego nuevo, con nuevas mecánicas (cada pantalla, igual que las 12 de la primera versión, adentran al visitante en nuevas ilusiones ópticas y nuevas metodologías de interacción). Que lo que está pagando, y esto es lo importante, no es el juego en sí, sino la experiencia que esos niveles le están ofreciendo.

No puede comparar Monument Valley con Candy Crush Saga porque son dos aplicaciones diametralmente opuestas. En Candy Crush cada dos semanas regalan lo mismo 100 niveles. 100 niveles que son igual de absurdos que los que ya tenía. En Monument Valley ofrecen 8 niveles que no tienen absolutamente nada que ver con lo visto anteriormente.

Voy más allá, hacia el hecho de que la mayoría de estos trolls ha ido al market de Android o iOS a puntuar con 1 estrella el producto. Valorar un producto en un sistema de recomendación sin tan siquiera haberlo comprado, por el hecho de que la actualización es de pago.

Esas cientos de votaciones de 1 estrella que harán que previsiblemente la app baje puestos en los rankings, no porque sea mala (que queda claro que no lo es), sino porque gente incapaz de entender el valor de la creación está utilizando las recomendaciones con el fin de trollear (al igual que pasa en el mundo hispanohablante con las aplicaciones no traducidas).

Y traslado esto al mundo del arte, del diseño, y en definitiva, de la creación.

Que después de varios años viviendo en ese sector uno acaba asqueado. Asqueado por tener que estar día sí día también mendigando con los clientes, haciéndoles entender que si un servidor diseña un logotipo de una manera, lo hace con una razón de ser. Que la subjetividad de la creación no nos dota de capacidad de crítica si no tenemos conocimiento. Que el cuñado también podrá hacerlo, pero el resultado no va a ser el mismo, porque lo que ofrece un servidor es conocimiento y experiencia, no trabajo.

Un sector del que poco a poco me he ido separando precisamente por no tener que aguantar el rifirrafe continuo de pujas de precios.

Que Monument Valley no es un juego, es una herramienta para activar nuestro pensamiento lateral. Que son 12 u 8 capítulos, sí, pero cada uno lleva semanas de trabajo conceptual, y se basa en principios teóricos que rigen el sentido de lo que percibimos, tergiversándolo y reventando murallas en nuestra cabeza. A Candy Crush Saga le cuesta sacar 100 niveles un par de horas, ya que son exactamente lo mismo que ya tenía pero con una curva de dificultad más exagerada para “incentivarte” a pagar.

Lo que pagas con esos 1,99$ (que manda $#¡¡|\E! que nos cueste pagar esto por una aplicación de un dispositivo que lo mismo nos ha costado 900 euros) es precisamente esto. Que los markets no deberían permitir votaciones a las personas que no hayan comprado esa versión (sencillamente porque no están en capacidad de valorarla). Que lamentablemente a quien se acaba oyendo es al que critica, ya que cuando algo funciona, no tendemos a dejar nuestra valoración. Que aunque instintivamente tengamos grabado a fuego que el coste cero (por ejemplo, seguir en la caverna) debe anteponerse a cualquier cambio, sea del coste que sea (cambiar a una caverna cercana que es mucho más amplia y segura), la capacidad cognitiva debería servirnos de algo en un entorno que ya no es tan blanco o negro (no hay un león que nos puede comer).

Y por último, que con estas decisiones, lo que favorecemos es el aumento de los pagos in-app, que vienen ineludiblemente asociados a una curva desbalanceada de la dificultad (si sentimos que somos incapaces de continuar, somos más susceptibles de pagar) y a un desarrollo pegado más a la línea de negocio que a la del valor real que aporta al usuario.

Tenemos lo que nos merecemos.