Algunos apuntes sobre el anonimato de un voto emitido por blockchain

voto digital anonimo

Jorge G. García, periodista de El País, me llamaba ya hace unas cuantas semanas para conocer mi opinión al respecto del uso de una tecnología como blockchain como base de un sistema de voto puramente digital.

No es una locura pensar en los beneficios que tendría un sistema como este. De hecho ya he mostrado en más de una ocasión mi interés al respecto: de sistemas de gestión ciudadana a nivel marco (comunidades), de la necesidad (o no) de tejer una infraestructura de comunicación controlada, de los riesgos y retos que supone la mirada más democrática a la democracia, y como ello tiende a pervertirse.

Conozco no pocos compañeros que no han podido emitir su voto a distancia, sencilla y llanamente porque o bien el voto no ha llegado, o ha llegado hasta dos meses después de que se celebraran las elecciones.

En un sistema digital todos tendríamos la misma capacidad de emitir el voto indistintamente de dónde estuviéramos, democratizando con ello dicho derecho a unos niveles que lamentablemente no tenemos en la actualidad.

El artículo lo ha publicado estos días bajo el nombreGobernanza: ¿Estarías dispuesto a que tu voto no fuera secreto? (ES), y se hace eco de algunos de los puntos de los que hablamos en la llamada. Aprovecho esta pieza para mencionárselos también a usted.

Ventajas de los sistemas de voto digital

Por mucho que me duela, me encuentro más cerca de los escépticos que de aquellos que alaban sus propiedades.

Como decía, la universalidad del voto digital es innegable, y por supuesto, es eminentemente positiva. El que cualquier persona, tan solo con tener acceso a un dispositivo con conectividad pueda emitir su voto, es claramente beneficioso para un sistema democrático, habida cuenta de que debería incentivar (o al menos, no poner trabas) a todos aquellos que por la razón que sea (están fuera del país, están enfermos, tienen problemas de movilidad…) ven impedido su derecho a voto con el sistema tradicional de urnas.

Para colmo, se me ocurre que un sistema de este tipo añade una serie de garantías que podrían ser verdaderamente interesantes. Puesto que todo voto es, a efectos digitales, una transacción, un sistema de voto basado en una tecnología como el blockchain permitiría en principio que cualquier interesado pudiera auditar los votos, desincentivando las posibles tergiversaciones que sabemos que acaban ocurriendo en los sistemas de voto que tenemos en la actualidad, dependientes de una auditoría realizada por un organismo (o varios) contratados por el Estado.

Varios pares de ojos siempre van a ver más que uno.

Desventajas de los sistemas de voto digital

Ahora bien, este sistema de voto digital entraña dos nuevos problemas que no afectaban al voto físico, y cuya solución sinceramente veo complicada de hallar.

Asociación única de voto e identidad

Por un lado, en el voto físico uno se acerca a la mesa que le corresponde con el voto, que está metido en un sobre cerrado, y el DNI. En este caso el sobre es el voto, y la identidad la otorga el DNI. Nosotros mostramos nuestro documento de identidad a la persona encargada de buscarnos en la lista, y una vez en efecto valida que somos aptos para emitir el voto, depositamos nuestro sobre en una urna. Para cuando la urna sea abierta y se contabilicen los votos, nuestra identidad no va a estar asociada a dicho voto, sencillamente porque para ello utilizábamos dos elementos cuya relación es temporal, y en ese momento ya se ha roto por completo.

En un sistema de voto digital esto es muy complicado de asegurar. Como ya he explicado hace tiempo, toda transacción de blockchain lleva asociada una relación entre contenido e identidad. Que cierto es que esa identidad no pasa de un token (no es realmente como si lleváramos el DNI pegado en la frente), pero vaya, que podría llegar a ser traceable por alguien con los recursos suficientes (imaginemos una agencia de inteligencia) hasta acabar creando un listado de personas asociadas al voto que emitieron. Nada bueno, como bien sabe.

Algo a día de hoy impensable en un sistema democrático (tienes derecho a emitir el voto de forma totalmente anónima), pero que ha empujado a algunos de estos primeros acercamientos en el mundo real (como el llevado a cabo en algunos Estados en las últimas elecciones estadounidenses) a incluir un disclaimer por el cual el votante aceptaba que su voto podría no ser anónimo.

La paradoja del tren: de riesgo local a riesgo global

Esto le ha debido gustar a Jorge porque lo ha incluido casi íntegro en la pieza de El País como un apartado extra.

Básicamente con ello lo que quería explicar de forma sencilla es la diferencia que hay entre un riesgo local y uno global.

Antes de que existiera este método de transporte, los ladrones solo podían robar a quienes viajaban en un carruaje (2-6 personas). Con el cambio a las vías, la actividad delictiva se extendió a todo un convoy (decenas-centenares de personas). Y esto se aplica al voto digital (miles-millones de personas).

El riesgo de que en un sistema de voto físico haya tergiversación es local. En una mesa de X pueblo puede que no se qué apoderado de no se qué partido consiga meter unos votos extra para su beneplácito, o llevarse a personas mayores de un asilo en claro estado de demencia senil a que metan un sobre que les han dado a su nombre. Esto ocurre de forma local, y podemos presuponer que a nivel de cómputo global, y habida cuenta de que gilipollas y caraduras los hay en cualquier sitio, el error final cometido tenderá a cero (tanto gilipollas y caraduras de derecha, como gilipollas y caraduras de izquierda haciendo de gilipollas y caraduras).

El riesgo en cualquier sistema digital es global, ya que el atacante únicamente necesitaría encontrar la manera de comprometer un único voto para en efecto poder replicarlo masivamente. Y en ese caso, el error global cometido al contabilizar los votos podría llegar a ser más que significativo, decantando la balanza hacia aquel lado que el gilipollas y/o caradura de turno hubiera querido decantarla.

En todo caso, la tesis final que compartía con el periodista es que tampoco tenemos que criminalizar o mitificar una tecnología simplemente porque a día de hoy sea una de las mejores soluciones que hemos encontrado.

Tarde o temprano seguramente hallaremos la manera de, aunque sea, minimizar estos problemas de los sistemas digitales, o incluso aceptar que en parte puedan ocurrir a sabiendas de que sus ventajas son muchas y profundamente necesarias.

Hasta entonces tomar estos acercamientos con cautela, siendo conscientes de lo que firmamos a la hora de utilizarlos, y mantener una postura crítica que incentive a la administración y a los que nos dedicamos a esto de la tecnología a seguir investigando en fórmulas cada vez más garantistas.

De verdad, no hay nada más importante para una sociedad que contar con las herramientas adecuadas para gestionarse. Herramientas que ya están a nuestro alcance, pero que precisan ponerse a punto para cohabitar con las ya históricamente presentes, o incluso, quien sabe, para acabar por desplazarlas.