Monitorización de salud como excusa para optimizar el negocio de las aseguradoras

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El pasado jueves se anunciaba que Aetna, una de las principales aseguradoras de salud norteamericanas, subvencionaría wearables a sus clientes (EN) como herramienta para que éstos pudieran monitorizar su estado de salud, y presumiblemente, mejorarlo.

En este caso, llegando a un acuerdo con Apple por el que a partir de enero entregará paulatinamente a sus más de cincuenta mil trabajadores un Apple Watch, y posteriormente, empezará a ofrecer esta subvención a algunos de sus más de veintitrés millones de clientes (según el tipo de seguro que tengan contratado, claro).

Y por supuesto, ese Apple Watch vendría con una serie de apps específicas diseñadas por la compañía, que tienen como objetivo el ayudar mediante ese seguimiento cuantificado y gamificado a que el cliente mejore su estado de salud.

El valor de los wearables como herramienta de mejora de salud

La noticia me parece profundamente interesante por varios motivos.

El primero y más obvio es que posiciona a Apple, y en especial, a los sistemas de tracking y cuantificación de su Apple Watch, como un estándar para la industria de dispositivos de electrónica de consumo cuantificadores.

Y esto no es baladí, habida cuenta de que precisamente una decisión como esta es crítica para el devenir de la medicina personalizada.

El mayor hándicap de los wearables de hoy en día es precisamente la falta de estandarización, que lleva a un mismo usuario a obtener mediciones asombrosamente distintas según el sistema de medición que utilice, inclusive dentro de la misma familia de dispositivos.

Lo constataba de hecho recientemente al hilo de la review que publicamos sobre la Xiaomi Mi Band 2. Tranquilamente con esta nueva versión, que llevo ya casi un mes utilizando a diario, había reducido hasta prácticamente la mitad los pasos cuantificados por jornada, haciendo por supuesto la misma vida que el mes anterior.

A mi, como usuario consciente de que el margen de error de este tipo de pulseras es considerable, me da exactamente igual. Por supuesto, prefiero que como ahora, me marque unos valores que podría considerar bastante cercanos a la realidad, frente a los de antaño, sin lugar a duda inflados. Pero podía vivir con los anteriores porque mi objetivo, más que centrarme en el plano cuantificador de los datos, me interesaba a nivel puramente cualitativo. Es decir, saber que hoy he caminado menos que ayer, y que por tanto, si presuponemos X pasos como media, “debo” tantos pasos que tendré que recuperar mañana o pasado para que el cómputo semanal sea más o menos coincidente con el de la semana anterior.

Esto es válido para mi caso, en el que (por ahora) no tengo ninguna enfermedad que deba controlar, pero está claro que no es útil para una persona con problemas cardíacos, cuyo sensor de pulso debe ser lo más exacto posible, ni para otra persona con diabetes, que debe contar con un dispositivo que en efecto le marque el estado real de su organismo a la hora de calcular cuánta insulina debe suministrarse (EN).

Un problema que afecta a todos los dispositivos de electrónica de consumo (sí, al Apple Watch también), con márgenes de error que pueden ser más o menos aceptables para la electrónica de consumo, pero que son imperdonables en entornos médicos, como el que presumiblemente intenta atacar Aetna.

Posicionando el Apple Watch (uno de los wearables más caros del mercado) como el estándar de la industria, se marca un antes y un después en el que se toma como aceptable el error que puedan cometer los sensores de Apple, generando una industria a medio camino entre la médica y la de consumo que simpatiza con el negocio de la asegurada.

Porque este es el segundo punto.

El control de la salud del cliente, pero sobre todo, del negocio de la compañía

Pensar lo contrario es pecar de ingenuo.

¿Qué lleva a una compañía que vende seguros de vida a subvencionar casi la totalidad del precio de un dispositivo tan caro como el Apple Watch a sus trabajadores, y más tarde a sus clientes?

Por un lado la parte puramente marketiniana de la estrategia.

Mientras el resto de aseguradoras están interesadas en crear su propio corralito en forma de marketplaces públicos (EN), Aetna se alía con una de las empresas líderes en tecnología, que cuenta con el beneplácito de buena parte de su clientela (recuerde que hablamos de EEUU) y que tiene ya en el mercado uno de esos “productos de lujo” tan deseados.

Si tenías pensado (o deseabas) comprarte un Apple Watch, lo mismo te interesaría contratar el seguro de salud con Aetna, ya que de paso obtendrás el dispositivo subvencionado.

Un producto que en efecto cumple los requisitos mínimos para considerarse que el propio usuario tiene control de su salud: podómetro, sensor de ritmo cardíaco, y unido al resto de datos que seguramente Apple ya tenga de nosotros, una radiografía bastante exacta de nuestro estado de salud (edad, peso, género, hábitos diarios, relaciones,…).

Ahora bien, ¿qué hay de lo que no se dice?

Porque recordemos que Aetna es una empresa que vive precisamente de hacer negocio con la salud de sus clientes. Y que para colmo, será la encargada de ofrecer esos terminales con una capa de aplicaciones propia.

Si unimos los puntos se obtiene algo de lo que algunos llevamos años alertando: que estos sistemas de cuantificación, hasta ahora bajo el control de tecnológicas, irán paulatinamente pasando al control de compañías de otras industrias interesadas en monitorizar los hábitos de sus clientes, pudiendo personalizar y optimizar los contratos que tienen firmados con éstos.

Desde ese seguro de coche que, en base a los datos recopilados por el sistema de conducción autónoma, puede evitar tener que cubrir los gastos de un accidente, pasando por ese banco que, en base a los datos suministrados por un algoritmo de valoración de nuestro círculo de amistades, decida negarnos un préstamo alegando poca solvencia económica, hasta el caso que nos compete: una asegurada de vida que, en base a los datos que su dispositivo subvencionado recopila, puede ajustar el precio de sus seguros según sea la salud de su cliente.

No son distopías futuras. Son situaciones que YA se han dado, y se darán con mayor intensidad conforme más pase el tiempo.

Que ojo, tiene su parte buena, en tanto en cuanto puede estar de nuestra mano cuidarnos para así mejorar nuestra salud y por tanto reducir el precio de nuestro seguro, como mala, para todos esos casos donde una enfermedad o una debilidad nos viene autoimpuesta (por mucho que te cuides, si eres asmático eres asmático, y lo mismo con algún accidente que nos impide movernos con fluidez y un largo etcétera).

Un aplicativo a los sistemas de monitorización que presenta, bajo mi humilde opinión, bastantes interrogantes.

No porque en sí estos sistemas sean peligrosos para el usuario (casi diría que todo lo contrario), sino por los usos tergiversados que podría tener de mano de industrias sedientas de este tipo de control.

 

Todavía hay gente que teme lo que Google o Apple o Facebook puede saber de nosotros. Teme con más conocimiento de causa lo que nuestro banco, nuestro gobierno o nuestra aseguradora pueda hacer con esos datos…