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Mark Walters, un presentador de radio de Georgia, se levantó esa mañana, como todas las anteriores, a primera hora, dirigiéndose, lento, pero seguro, hacia la cocina, para prepararse ese necesario café.
Y como cada mañana, empezó su jornada revisando las noticias, intentando encontrar en aquel mar de publirreportajes y afirmaciones sacadas de contexto algo con lo que llenar la agenda de su programa.
Ya con el café en la taza, se sentó en esa cocina en forma de isla, y mientras le daba un par de ligeros sorbos, se puso, de nuevo, como cada mañana, con las menciones de Twitter X.
Pero a diferencia del resto de mañanas, algo le hizo dejar la taza y arquear las cejas.
A las menciones habituales de grupies y haters, había no precisamente pocas más que lo tachaban, prácticamente, de un asesino.
«¿Un ataque orquestado?» Se preguntó el bueno de Walters.
«¿Qué mierda es esto de las armas de fuego?» Inquirió en alto, pese a que estaba solo, seguramente sin darse cuenta.
Tras un par de minutos tirando del hilo, llegó a la conclusión de que uno de sus patrocinadores era, al parecer, de la industria armamentística americana.
Llamó al momento a su agente, mientras hacía memoria de las últimas campañas, sin encontrar ningún «match» posible.
Y su agente, tras pensárselo también unos instantes, llegó a la misma conclusión:
«¿De dónde has sacado esa idea, Walters? No tenemos, ni hemos tenido, ninguna marca relacionada con esta industria.»
«Es lo que están diciendo en X, y no precisamente poca gente».
«Va, eso serán los de la radio del sur, que quieren desprestigiarte. Pasa del tema, Walters. A fin de cuentas… quien se cree lo que dicen unos completos desconocidos en redes sociales».
Pero no.
Walters no pudo pasar del tema, que le rondó por la cabeza durante todo el programa, y durante la comida posterior con su mujer y sus hijos.
Ya de tarde, agotado física y mentalmente, retomó la investigación.
Una que fue fácil de seguir, lamentablemente, ya que durante todo el día, y los días positeriores, siguió recibiendo críticas e insultos desde diferentes cuentas.
El problema de los servicios «inteligentes»
Esta historia, teatralizada, es real.
Le ha ocurrido a Mark Walkers, presentador de una radio estadounidense, hace unos días (EN).
Y, en efecto, el bueno de Walkers tenía razón.
Nunca han sido financiados por una marca de armas.
Pero eso da exactamente igual.
Porque para la IA de ChatGPT, Walkers es un presentador de radio financiado por esta industria.
Así aparece cuando buscas su nombre desde Georgia.
Las alucinaciones de los agentes de IA son habituales
Como ya expliqué en su día, su objetivo no es decirte la verdad, sino ofrecerte una respuesta que parezca convincente. Que pudiera haber salido de la pluma, o la boca, de un ser humano.
Y con esto en mente, si tiene que inventar, pues «inventa».
Así, estamos a las puertas de una nueva era en la que la credibilidad del contenido que consumimos pasa a ser prácticamente nulo.
- Ya no solo porque haya intereses en reescribir la historia (algo que siempre ha ocurrido).
- Ya no solo porque en la era del algoritmo, lo que llega a nosotros no es lo que la gente está conversando, sino lo que la línea editorial que el algoritmo de turno ha creado para cada uno de nosotros dicta que debemos consumir y qué no.
- Y ya no solo porque la IA inventa para llenar vacíos que narrativamente le viene bien llenar, sean o no falaces.
Google y el pulso del mercado
Esto ocurre por el simple motivo de que Google está obligado a subirse al carro de los asistentes virtuales.
Aunque claramente son conscientes de que están aún muy limitados.
Con OpenAI liderando la comitiva, y con Microsoft/Bing e incluso Meta amenazando como comerles el pastel, la decisión de Google de que poner en primera línea de su buscador (por ahora solo en EEUU) el asistente, y ocultar el icónico listado de resultados de Google a una nueva pestaña llamada Web, es un ejemplo de guión del ya clásico dilema del innovador.
Google tenía dos opciones, y ninguna de ellas tiene un final feliz:
- O hacía oídos sordos a los cantos de sirena de los agentes virtuales, sabedores como son de que los resultados que muestran estas IAs pueden generar potenciales riesgos (es decir, demandas) a la compañía, a sabiendas de que ello supondría perder cuota de mercado, y presumiblemente perder el liderato a futuro de las búsquedas en Internet.
- O se subía al carro con todo, demostrando fuerza, y asumiendo toda esa oleada de demandas por calumnias que van a empezar a recibir.
Porque te decía al principio del texto que la historia de Walkers era cierta.
Y porque sabemos de ella precisamente ya que Walkers ha ganado el juicio contra Open AI por este mismo motivo.
Ahora haz una simple suma probabilística, asumiendo que el uso de Google buscador es terriblemente superior al uso de ChatGPT, y tienes como resultado el futuro que le espera a esta compañía.
De intermediarios a productores de contenido, con todo lo que ello supone
Las empresas de servicios digitales como Google, Amazon, Meta y demás, se han amparado históricamente en el paradigma de que ellas no generaban el contenido. Solo lo indexaban/etiquetaban.
Y que, por tanto, no eran responsables del mismo.
Así, llevan años escudándose en que sus servicios están protegidos por la conocida (y polémica) Sección 230 (EN) de la Communications Decency Act of 1996.
Que al no ser los productores del contenido, no deben responder por él más allá de desindexarlo o eliminarlo si el contenido incumple alguna regulación nacional.
Sin embargo, con un asistente virtual por el medio, la cosa cambia.
El asistente genera el contenido, no simplemente lo intermedia.
Y por ende, ahora sí son responsables últimos de lo que se diga.
Una situación un tanto complicada precisamente para los líderes del mercado.
- Para alguien como Microsoft, con un navegador (Bing) claramente minoritario, o para una Open AI que hace tan solo un par de años ni tan siquiera era una empresa, las ventajas de implantar estas IAs es claramente, positiva. Superior, en todo caso, a asumir esos potenciales riesgos de demandas.
- Pero para una Google, líder indiscutible del mercado de las búsquedas, supone un verdadero dolor de muelas.
Algo a lo que están obligados a afrontar si no quieren perder el liderazgo, pero que supone, como ya explicamos en su día, hacer peligrar su propio negocio (el de la publicidad), y para colmo asumir costes de búsqueda varias órdenes de magnitud superiores.
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