El intento de Microsoft por controlar el ecosistema a su alrededor

microsoft surface

Tengo preparada ya una pieza sobre algunos de los puntos que bajo mi humilde opinión han llevado a los de Redmond a tener un sentiment global mayormente negativo. Y no se debe precisamente a lo que hayan hecho últimamente, sino más bien a la herencia que cargan en la mochila de la década Ballmer.

Pensaba publicarlo estos días, pero al final, entre el puente de mayo y las noticias de última hora, saldrá previsiblemente la semana que viene. En todo caso, y entrando ya al tema que me gustaría tratar hoy, este no es uno de esos movimientos a aplaudir.

No porque en efecto reme quizás hacia el camino que Windows debería seguir, sino porque como todos los primeros pasos está sujeto a una serie de decisiones que no creo que sean las más idóneas.

Pero empecemos por el principio.

Surface Laptop

Este martes Microsoft presentaba, en uno de sus eventos dirigidos al sector educativo, dos nuevos productos que vienen a engordar su ya considerable catálogo: el nuevo Surface Laptop y Windows 10 S.

Ver en Youtube (EN)

El primero (EN) lo definiría como el acercamiento que tiene Microsoft a la figura del portátil per sé, dejando de lado los convertibles.

Es de facto una pieza que faltaba, y como viene siendo habitual, llega como golpe a la mesa de lo que los de Redmond esperan que sea la experiencia frente a un portátil. Un Surface Laptop que difícilmente va a competir de igual a igual en el sector educativo (y en cualquier otro) con los Chromebooks, más que nada por el precio (a partir de 999 dólares) y por sus características técnicas (básicamente estamos ante un dispositivo de gama alta).

Hay, eso sí, algunos aciertos que merecen ser señalados, como es la inclusión de una pantalla táctil (vale que en un portátil convencional no es crítica, pero oye, se agradece), el haber apostado por procesadores Core i (dejando de lado ese despropósito de los Core M), y la posibilidad de aumentar en prestaciones hasta transformarlo en una máquina con i7 de última generación, 16GB de RAM y hasta 1tera (en otros lugares he leído 512GB) de SSD. Pero también tiene algunos puntos que me chirrían, como la inclusión de un único puerto USB (aunque sea el camino a seguir, qué oportunidad perdida para distanciarse del Macbook…), el que monte una gráfica integrada (¿en serio?), y que por supuesto en su precio no está incluido ninguno de los accesorios oficiales (Surface Pen, Surface Arc Mouse y Surface Dock).

Por cierto, del teclado no digo nada porque sin probarlo es hablar por hablar. Y a nivel de diseño creo que han acertado, lo suficientemente pequeño y con el peso justo para sentir que estás ante algo de calidad.

Gama alta, a fin de cuentas, para ese sector que solo Dios sabe por qué siguen prefiriendo un portátil convencional a un convertible, habiendo en el mercado convertibles con las mismas prestaciones (y mejores) que además de funcionar como portátiles son… ¡convertibles!

En fin, que podría pasar todo esto por alto sino fuera porque viene con Windows 10 S instalado por defecto. Y esto merece un apartado aparte.

windows 10 s

Windows 10 S no es competencia de ChromeOS sino el intento de Microsoft por controlar su ecosistema

En estos últimos dos días he leído de todo, y me temo que muchos de estos periodistas han malentendido los objetivos que tiene un sistema operativo como Windows 10 S.

El que haya sido presentado en un evento educativo tampoco ayuda, todo hay que decirlo, pero me gustaría señalar ya de primeras que no estamos ante la propuesta de Microsoft por combatir el auge de ChromeOS ofreciendo un sistema operativo capado, sino más bien probando a ver cómo funcionaría un Windows cuya experiencia está totalmente controlada por parte de la compañía.

Es, de facto, uno de los principales handicaps a los que voy a hacer mención en el artículo de la semana próxima. Si algo rema en contra de los intereses de Microsoft es precisamente… que el usuario tiene la potestad de instalar en sus dispositivos lo que le de la real gana, y que su sistema operativo está diseñado para trabajar en cualquier combinación de hardware habida y por haber, con toda la complejidad que ello supone.

Si miramos a la competencia (Apple, que no Google), la estrategia es diametralmente opuesta. MacOS solo necesita funcionar bien en una muy limitada serie de dispositivos que han sido creados específicamente para ese sistema operativo. Y cada vez que hay una nueva actualización del SO, casi todos la reciben, no siendo necesario que los desarrollos de terceros sean retrocompatibles.

Volviendo a Microsoft, esa apertura que a algunos tanto nos gusta es de facto una traba a la hora de crear una experiencia de uso satisfactoria. Hay simplemente demasiados frentes abiertos (diferentes combinaciones de hardware, con diferente software preinstalado y con diferentes programas instalados por el propio usuario) como para asegurar que el usuario vaya a gozar de una experiencia tal cual Microsoft espera que el cliente tenga en su sistema.

Y ahí entra Windows 10 S. Una versión “capada” de Windows 10 en la que únicamente se podrán instalar aplicaciones del market (esto es, aplicaciones que han sido ya testadas por sus ingenieros y que han pasado las pruebas oportunas). Una versión “capada” de Windows 10 en el que los programas por defecto no se pueden modificar (lo que le asegura a Microsoft que las fotos se abren con Fotos, o que el navegador por defecto será Edge, todo dentro de sus dominios y con la experiencia que ellos estimen oportuna). Una versión “capada” de Windows 10 que presumiblemente funcionará igual de bien en un ordenador de gama alta como es este Surface Laptop, o uno de gama de entrada con 4GB de RAM. Simplemente porque el ecosistema alrededor de Windows está limitado a aquel subconjunto que la compañía ha testado y sabe a ciencia cierta que no supone una traba a su experiencia.

Ni es competidor directo de ChromeOS (de hecho es bastante más que lo que ofrece el SO de Google), ni tampoco podemos considerar que sea la evolución lógica de Windows RT (aunque hereda muchos puntos en común), sino más bien un acercamiento a lo que les gustaría que acabase siendo Windows.

Un acercamiento bastante pobre (el que no puedas cambiar ni tan siquiera el buscador por defecto me parece un despropósito), aunque entiendo las razones que les llevan a ofrecer esta alternativa (mayor control implica más seguridad y mucha mejor usabilidad).

Descontando que también podría servir de antesala para forzar a los grandes desarrolladores a pasar o como mínimo crear una versión adecuada de su software (véase Adobe, véase Valve…) en el market de Windows. Falta ver qué acogida tendrá en el mercado, pero podría ser un buen comienzo para homogeneizar la experiencia en Windows 10.

Afortunadamente, eso sí, la compañía ha dado de margen hasta el 31 de diciembre de este año para que todos aquellos que tengan un dispositivo con Windows 10 S puedan pasarse de forma totalmente gratuita a Windows 10 Pro (más que nada porque un profesional, y muchos estudiantes, a día de hoy difícilmente van a poder vivir sin instalar programas de fuera del market), y también podrán hacerlo a partir de entonces, eso sí, pasando por caja.

En fin, que buen intento, Microsoft, aunque haya todavía algunos puntos que se deben pulir.