Llevamos décadas construyendo nuestro mundo digital sobre cimientos que no son nuestros.
- Cada correo que enviamos pasa por servidores de empresas estadounidenses.
- Cada documento que redactamos vive en la nube de Microsoft, Google o Amazon.
- Cada conversación estratégica de un gobierno europeo depende, en mayor o menor medida, de infraestructura tecnológica diseñada, operada y —y esto es lo crucial— controlada desde el otro lado del Atlántico.
Durante años, pese a que algunos llevamos literalmente AÑOS alertando del riesgo REAL (no suposiciones, con resoluciones judiciales y datos de por medio) que supone, esto no pareció un problema grave.
Sin ambergo, hoy, con el contexto geopolítico que vivimos, está empezando a parecerse a una vulnerabilidad existencial.
Así pues, vamos a dedicar este episodio del podcast enCLAVE DIGITAL a responder a varias de estas preguntas que algunos nos hacemos:
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Te envío cada lunes a las 7am un email con toda la actualidad sobre tecnología, seguridad y negocios digitales.- ¿Puede Europa realmente liberarse de esa dependencia tecnológica y militar de Estados Unidos?
- ¿Qué obstáculos reales existen para lograrlo?
- ¿Y qué ocurre cuando la potencia de la que dependemos empieza a comportarse no como un aliado, sino como un competidor?
Prepárate, que vienen curvas…
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Y dicho todo esto, ¡continuemos!
El problema que nadie quería ver
Como te decía, durante décadas, la dependencia tecnológica europea de Estados Unidos fue percibida como algo natural, casi inevitable.
Las empresas de Silicon Valley innovan más rápido, escalan global y ofrecen productos gratuitos —o aparentemente gratuitos— que el mundo entero adoptó sin demasiadas preguntas. Google, Microsoft, Amazon, Meta: nombres que hoy suenan más a infraestructura crítica que a compañías privadas.
Y eso, precisamente, es el problema.
Lo que hemos ido descubriendo con los años es que estas plataformas no son solo empresas tecnológicas. Son, como bien señala Enrique Dans en uno de sus artículos hablando del tema (ES), infraestructura cognitiva: determinan qué se ve, qué se amplifica, qué se monetiza y qué se invisibiliza.
Y en un mundo donde la influencia geopolítica se ejerce cada vez menos con portaaviones, y cada vez más con algoritmos, datos y narrativas, depender de esa infraestructura equivale a ceder parte de tu soberanía como nación. El jurista y experto en privacidad Johnny Ryan lo formula con una crudeza difícil de ignorar:
«Confiar la fontanería digital a proveedores estadounidenses equivale a entregar un ‘kill switch’ político.»
— Johnny Ryan, jurista experto en privacidad, citado en The Guardian (EN)
Y para muestra, un botón.
Un caso que lo ilustra con mayor claridad que ocurrió hace no tanto.
Cuando Donald Trump firmó una orden ejecutiva sancionando al Tribunal Penal Internacional, Microsoft canceló la cuenta de correo (EN) de su fiscal jefe, el abogado Karim Khan.
Es decir, un alto cargo jurídico internacional se quedó de golpe sin acceso a su herramienta de comunicación principal porque, RECALCO, una empresa privada estadounidense, así lo decidió, siguiendo, para colmo, los dictados de su gobierno.
Y quiero ser muy claro con este punto. Si eso puede ocurrirle a una institución de esta relevancia, cualquier empresa, administración pública o ciudadano europeo debería preguntarse cuán expuesto está realmente.
Recalco que el asunto va mucho más allá de la privacidad individual, que ya de por sí debería preocuparnos.
En CyberBrainers llevamos tiempo advirtiendo sobre los riesgos que asumen empresas y particulares al almacenar datos sensibles en entornos que no controlan.
Y es que, hablamos de la capacidad de un bloque político entero para tomar decisiones sin que otra potencia pueda interferir, manipular o directamente desconectar el grifo.
Con todo lo que ello supone…
Los números que no mienten: la magnitud de la dependencia
Pero antes de hablar de soluciones, conviene entender la profundidad real del problema.
Y aquí, los datos, son contundentes.
Según un reciente informe de la aseguradora Allianz (ES), los gigantes tecnológicos estadounidenses controlan hasta el 40% de la capacidad informática operativa de Europa y casi la mitad de los proyectos de nuevos centros de datos.
Y por si esto no fuera ya bastante para, como mínimo, arquear una ceja, te voy a dar más datos:
EE.UU. acapara el 80% del mercado europeo de computación en la nube, el 59% de los ingresos por software empresarial en Europa y el 73% del mercado de programas de gestión de clientes.
Es decir, que esto deja a los actores no estadounidenses compitiendo, literalmente, por las migajas.
Y eso en lo que respecta a software. Si nos vamos al hardware, el cuadro es igualmente preocupante:
Por ejemplo, ¿sabías que Europa importa el 57% de todo su equipamiento informático de solo cinco países asiáticos?
Taiwán, China, Corea del Sur, Malasia y Vietnam.
Una dependencia del hardware asiático que «complementa» la dependencia estadounidense en software, y que «aumentará» si no se realizan inversiones independientes, según el mismo informe.
Además, otro estudio, este del Observatorio Ciber europeo, eleva aún más la cifra de alarma: el 90% de los datos europeos están gestionados por empresas estadounidenses (ES).
El 90%, ojo.
Y como ya analicé en detalle en el artículo La encrucijada geopolítica y tecnológica de Taiwán, esta dependencia no es solo un problema presente: es una bomba de relojería estratégica que se activa en cuanto las relaciones geopolíticas se deterioran.
Como, ya puestos, es el caso.
La CLOUD Act: el riesgo legal que la mayoría ignora
Hay un componente de esta dependencia que pocas veces se explica con claridad en el debate público, y que sin embargo debería estar en el centro de cualquier estrategia empresarial seria: la CLOUD Act estadounidense.
Te lo explico.
Esta ley federal, aprobada en 2018 (ES), permite a las autoridades de EE.UU. solicitar datos a proveedores de nube estadounidenses —como pueden ser Amazon, Microsoft o Google— con independencia de dónde estén físicamente almacenados esos datos.
Es decir, que esos documentos de tu empresa, o personales, estén en un centro de datos en Fráncfort, Dublín o Madrid, es irrelevante desde la perspectiva de la CLOUD Act, siempre que el proveedor de servicios sea una empresa de jurisdicción estadounidense.
Y, obviamente, el conflicto con el RGPD europeo es evidente.
Las empresas que usan servicios estadounidenses se enfrentan un dilema sin salida fácil: cumplir con una solicitud bajo la CLOUD Act, violando por tanto el RGPD europeo, o rechazarla, arriesgándose entonces a sanciones en EE.UU..
De hecho, en 2023, una filial europea de una empresa estadounidense de logística recibió una orden bajo esta ley para entregar datos de clientes almacenados en Fráncfort.
Al cumplirla, violó el RGPD y fue multada con el 2% de su facturación anual.
La duda es qué hubiera pasado si hubiera actuado justo al revés.
Muy probablemente las implicaciones fiscales y administrativas hubieran sido peores, y ahí está el problema.
Como ya expliqué en el artículo Redefiniendo la privacidad en un mundo hiperconectado, la privacidad no es solo un valor ético: es un activo estratégico.
Y cuando ese activo descansa en infraestructura ajena, estás a merced de decisiones que se toman a miles de kilómetros, y bajo ordenamientos jurídicos que no son los tuyos.
Saber cómo opera el acceso remoto a los servicios en la nube es el primer paso para entender qué controlas realmente y qué no.
Y con esa información, tomar decisiones.
Lo que me lleva a hablar de la respuesta de Europa.
La respuesta de Europa: soberanía digital como objetivo
Consciente de esta vulnerabilidad, la Unión Europea ha ido construyendo en los últimos años un discurso —y tímidamente, también una estrategia— alrededor del concepto de soberanía digital.
Hace unos meses, La Comisión Europea presentó su paquete de soberanía tecnológica (ES), con el objetivo declarado, y cito textualmente, de reducir la dependencia de proveedores extranjeros tanto en software como en hardware, e impulsar empresas europeas que puedan competir con las norteamericanas.
El plan menciona en repetidas ocasiones el código abierto como palanca estratégica: sistemas como Linux, suites ofimáticas libres, y modelos de gobernanza transparente, que ahora aparecen como alternativas viables.
De hecho, Francia ha liderado esta carga con acciones concretas: el gobierno francés ha prohibido a sus funcionarios el uso de soluciones tecnológicas estadounidenses, y está impulsando alternativas locales como TomTom o Here para navegación, y Visio para videollamadas.
En Asia, India ha hecho algo similar, respaldando la suite Zoho como alternativa a Google Docs.
Y también por el sudeste asiático, plataformas como Grab en Singapur o Gojek en Indonesia han logrado desplazar a Uber creando sus propios ecosistemas de mapas y pagos.
Por supuesto, no es imposible construir alternativas (no hay más que mirar a China o Rusia, por ejemplo).
Pero sí es extraordinariamente difícil.
Y volviendo al viejo continente, el ejemplo más reciente lo tenemos con el Euro-Office, una suite ofimática respaldada por una alianza de empresas europeas —IONOS, Nextcloud, Proton y OpenProject— que acaba de lanzar su primera versión estable.
Hay que decir que Euro-Office no es un simple clon de Word: es un componente web pensado para integrarse en entornos corporativos donde el almacenamiento y los permisos estén bajo control europeo, compatible con los formatos DOCX, PPTX y XLSX.
De hecho, esto último ha sido motivo de conflicto en la industria open source, y es que es precisamente el que, al menos en el momento en que escribo este guión, Euro-Office use como predeterminado el formato OOXML, que recordemos que es propietario de Microsoft, el motivo por el cuál LibreOffice, una suite open source con mucha más trayectoria histórica, haya puesto el grito en cielo al considerar que, debido a ello, la dependencia del software norteamericano sigue existiendo.
Y como comentaba en mi newsletter (si no estás suscrito, no sé qué estás haciendo, que es gratuita y te vas a enterar de primera mano de estas cuestiones cada semana), falta de razón no les falta.
El tema, nuevamente, es que será muy complicado para empresas y administraciones públicas migrar los documentos actuales de formatos propietarios a formatos libres como ODS.
Escucha:
«Los formatos de los documentos siguen siendo un tema plagado de desinformación. Esto es comprensible por parte de Microsoft, que desarrolló y controla el horrible formato propietario OOXML, diseñado precisamente para evitar la soberanía digital manteniendo el bloqueo del contenido».
La propuesta, volviendo al tema original, tiene sentido estratégico, y es precisamente el tipo de iniciativa que necesitamos.
Pero su propio lanzamiento, como puedes ver, ya estuvo acompañado de polémica. Y es que parece difícil defender la soberanía digital mientras seguimos usando los formatos propietarios de Microsoft, una empresa extranjera, como estándar por defecto
Un pequeño, pero revelador, ejemplo de las múltiples aristas, y también contradicciones, que atraviesan este debate.
Eso sí, mientras tanto, la Comisión Europea tiene previsto poner en marcha este mismo año una serie de leyes sobre infraestructuras digitales (ES) orientadas a un único objetivo: reducir la dependencia de la UE de empresas tecnológicas extranjeras.
Pero claro, el diablo está en los detalles…
El obstáculo real: estamos demasiado cómodos con lo que ya tenemos
Todo esto, hasta aquí, es muy bonito.
Burócratas regulando cuestiones de impacto geoestratégico sin tener en cuenta el impacto real de sus medidas.
Vamos, la Unión Europea en su máximo explendor.
Y es que por mucho que el papel aguante todo, el mayor obstáculo para la soberanía tecnológica europea no es solo técnico ni económico. Es psicológico y cultural:
¿Qué por qué?
Pues porque nos hemos acostumbrado demasiado a las herramientas que ya usamos.
Me explico:
Los argumentos geopolíticos que convencen en el ámbito gubernamental, no necesariamente convencen al usuario final (a ti, a mi, a ese administrativo del sector público, a ese trabajador de tal empresa…) que lleva quince años con su cuenta de Gmail, que tiene todas sus fotos en Google Photos y todos sus documentos en OneDrive.
Esto no debería ser considerado un problema nuevo. Los humanos somos animales de costumbres, y cualquier cambio genera, como mínimo, resistencia.
De hecho, es algo que me he encontrado en todos y cada uno de los procesos de transformación digital que implementamos en organizaciones.
La tecnología está ahí. Puede ser mejor o peor, pero el principal cuello de botella es ese cargo intermedio que se niega a abandonar aquel desarrollo que hizo hace años, o ese otro que se queja porque él lleva toda la vida haciendo tal cosa de una manera y «me va a venir ahora este barbudo a decirme cómo lo tengo que hacer yo…».
De verdad que un día debería dejarme de escribir tantos artículos en el blog, y tanta obra de ciencia ficción y fantasía épica, y sacar un libro con anécdotas profesionales…
Cambiar de plataforma implica fricción, tiempo y riesgo percibido de perder algo (que me lo digan a mi, que por trabajo tengo que cambiar de dispositivos cada pocos meses…). Y mientras las alternativas europeas no igualen —o superen— la experiencia de uso de las herramientas americanas, la mayoría de ciudadanos y empresas no van a hacer ese esfuerzo voluntariamente.
Y luego está el problema de la infraestructura.
Estos servicios necesitan centros de datos, y Europa celebró durante años que Microsoft, Amazon o Google instalasen centros de datos en su territorio, sin percibir del todo que eso, lejos de ser una ganancia de soberanía, era en cierta medida una trampa: los datos siguen bajo jurisdicción y control de empresas sujetas a la legislación estadounidense, incluyendo la CLOUD Act.
Revertir esa dependencia llevaría años y cantidades ingentes de dinero.
Por otra parte, es cierto que la Comisión Europea suele ser muy buena regulando, pero también es verdad que, como ya explicamos en profundidad en un episodio del podcast pasado, es un actor secundario en el ámbito de la creación y la innovación.
Mientras EE.UU. y China invierten miles de millones desde el sector privado para desarrollar nuevos chips o modelos de inteligencia artificial, Bruselas responde con agencias de vigilancia y burocracia.
¿Quieres un ejemplo?
Igual los viejos del lugar recuerdan el caso de GAIA (EN), el gran proyecto europeo de nube soberana lanzado en 2020.
Pues seis años después, su estado es… digamos, difícil de definir.
Recordemos el mal que adolece al viejo continente y que he repetido por activa y por pasiva por estos lares: Europa sufre un «doble déficit» por falta de capital privado y unas políticas públicas fragmentadas, a diferencia de EE.UU., donde las empresas invierten cientos de miles de millones en infraestructuras de IA, o de China, donde el Estado canaliza y agiliza la inversión.
Y es que, por mucho que los burócratas digan lo contrario, la soberanía digital no se gana prohibiendo tecnología ajena: se gana haciendo que la tuya sea tan buena que el resto del mundo quiera usarla.
Cuando el aliado se comporta como rival
Si el reto tecnológico ya es complejo, la dimensión militar añade otra capa de dificultad que pocas veces se aborda con la franqueza necesaria.
Europa ha delegado durante décadas su seguridad en el paraguas militar estadounidense, dentro de la OTAN. Y ahora, en el momento en que más necesitaría certeza sobre ese respaldo, se enfrenta a… vamos a decir… señales contradictorias.
La reducción de tropas americanas en Europa y la creciente prioridad otorgada al Indo-Pacífico han alimentado el temor de que Washington esté alejándose progresivamente del continente.
¿Cuál ha sido la respuesta? Pues, pese a lo que muchos esperaban, no se habla de aumentar la presencia convencional, sino de ampliar el despliegue de capacidades nucleares (EN):
Es decir, menos soldados americanos en suelo europeo, pero más armas nucleares más cerca de la frontera con Rusia.
¿Y de dónde saldrán esos misiles?
Pues sí. Del de siempre.
El paraguas nuclear americano sigue siendo percibido como el elemento central de la arquitectura de seguridad europea, porque aunque Francia y Reino Unido tienen arsenales propios, ningún gobierno europeo considera que sean suficientes por sí solos.
Esta paradoja define perfectamente la situación en la que se encuentra Europa: por un lado, somos cada vez más conscientes de que necesitamos reducir la dependencia de Estados Unidos; pero, por otro, somos incapaces de prescindir de él en los ámbitos donde esa dependencia es más profunda, que son precisamente los que más importan: seguridad, tecnología y defensa.
Y en ese contexto, la iniciativa freedom.gov de la administración Trump merece una lectura cuidadosa.
Ese portal —concebido supuestamente para que los europeos puedan «eludir prohibiciones de contenido»— no es un gesto filantrópico (EN): es una declaración política.
Si el mundo intenta regular las plataformas americanas, Estados Unidos construye atajos para saltarse esa regulación.
Lo que freedom.gov revela, en realidad, es una ansiedad nueva en Washington: la sospecha de que ya no puede dar por sentada su condición de centro natural del mundo digital.
Y es que, claro, cuando una potencia hegemónica empieza a construir pasarelas para saltarse las leyes de sus aliados, es señal de que siente que el suelo se mueve bajo sus pies. Tal y como también analicé, en su día, en el blog, en el artículo sobre cómo las tecnológicas quedan supeditadas a los designios de la política, la neutralidad de las plataformas ha sido siempre, más relato, que realidad.
El Gran Continente lo resumía no hace mucho con precisión quirúrgica:
«La puesta en línea del sitio web freedom.gov constituiría una violación sin precedentes de la soberanía de los Estados europeos sobre sus espacios digitales y equivaldría a animar a los ciudadanos europeos a infringir las leyes de sus propios países.»
—Análisis publicado en Le Grand Continent (ES).
Claro que, antes de continuar, me gustaría hacerte una pregunta:
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…
Ah, ¿Que ya lo has hecho?
Pues, ahora sí, ¡continuemos!
El verdadero coste de la dependencia: privacidad, datos y reputación
Si me preguntas a mi, hay una dimensión de este debate que con frecuencia queda relegada a un segundo plano, pero que afecta de manera muy directa a empresas, profesionales e individuos: el coste concreto de tener tus datos y tu reputación en manos de infraestructura que no controlas.
Cuando una empresa almacena su estrategia corporativa en herramientas sujetas a la CLOUD Act, cuando una persona gestiona su identidad digital desde plataformas que pueden ser sancionadas, bloqueadas, o simplemente modificar sus algoritmos de un día para otro, está asumiendo un riesgo que muchas veces no ha evaluado.
La soberanía digital no es solo un debate macroeconómico o geopolítico: es un riesgo operativo y reputacional que cualquier empresa o profesional debería incorporar a su gestión de riesgos.
¿Quieres un ejemplo?
Pues a la mente me viene el cómo los servicios digitales pueden convertirse en un punto de fallo crítico que analicé en el artículo Servicios en la nube en tiempos de guerra: el caso de Ucrania.
La guerra en Ucrania demostró que la resiliencia digital de un país puede depender de decisiones que se toman en los consejos de administración de empresas privadas extranjeras: En este caso, el tener o acceso a la red de satélites de Starlink, la empresa de Elon Musk.
Una lección que Europa debería haber interiorizado con mucha más urgencia de lo que lo ha hecho, sinceramente.
La soberanía digital no es solo una cuestión de política europea. Es también una decisión que cada organización puede empezar a tomar hoy: qué herramientas usa, dónde almacena sus datos, de qué proveedores depende para funcionar. El camino hacia la independencia tecnológica real empieza en lo pequeño, en las decisiones cotidianas, antes de que llegue la directiva de turno o el regulador de turno a obligarte.
Conclusiones
Europa se encuentra en un punto de inflexión histórico.
La dependencia tecnológica de Estados Unidos es real, profunda y con consecuencias que van mucho más allá del mercado de software: afecta a la soberanía informacional, a la capacidad de tomar decisiones estratégicas sin interferencia externa y, en última instancia, a la seguridad colectiva del continente.
Además, los instrumentos para reducir esa dependencia existen: código abierto, suites ofimáticas soberanas como Euro-Office, nubes europeas, regulación como la DSA, inversión en ecosistemas tecnológicos locales…
Pero la distancia entre el objetivo declarado y la realidad operativa sigue siendo enorme, y la brecha no se cierra solo con regulación ni con discursos. Se cierra con inversión masiva, con voluntad política sostenida y con usuarios dispuestos a asumir el coste de cambiar hábitos muy arraigados.
Vamos, justo de lo que nos falta…
Y, mientras tanto, el contexto geopolítico no espera. Estados Unidos sigue siendo indispensable en la esfera militar para la mayoría de países europeos, incluso cuando su comportamiento como aliado comercial y tecnológico se vuelve cada vez más ambiguo. Navegar esa tensión —depender de alguien que también compite contigo— va a ser uno de los grandes retos estratégicos de Europa en los próximos años.
Me gustaría terminar con un punto positivo, y es que sí parece que ahora haya interés real en cambiar la situación.
Pero una cosa es esto, y otra que existan incentivos y, sobre todo, garantías suficientes para materializarlo.
Y ahora te lanzo las preguntas a ti:
- ¿Has evaluado alguna vez de qué proveedores tecnológicos depende realmente tu empresa o actividad profesional en caso de un conflicto geopolítico o una sanción internacional?
- ¿Crees que Europa tiene la voluntad política real —más allá de los documentos estratégicos— para construir una alternativa tecnológica competitiva a los gigantes americanos?
- ¿Estás dispuesto a asumir la fricción de cambiar herramientas cotidianas por alternativas europeas menos pulidas pero más soberanas?
Te leo en comentarios, y abramos debate.
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