El debate sobre la privacidad llega al usuario de la calle

Nuevamente colaboro con HackerCar en un artículo de opinión que me pedía estos días Javier Muñoz a colación de dos notas de prensa que habían llegado a la editorial.

Dejo por aquí, como siempre, la pieza que envié al medio (ES).

Dos estudios recientes, uno de Kingston, la compañía especializada en productos de memoria y soluciones tecnológicas, en el que aseguran que el 85% de los españoles estaría dispuesto a pagar hasta 1.000€ para recuperar sus datos más importantes, y otro de Kaspersky con su Informe Global sobre la Privacidad (ES), en el que señalan que 4 de los 10 españoles encuestados (el 41%) estarían dispuestos a darse de baja de las redes sociales si así pudieran garantizar la privacidad de sus datos, deberían servir de aviso para entender que los tiempos están cambiando.

Presuponiendo que ambas encuestas sean representativas del grueso de la sociedad (como bien sabes, los resultados podrían variar sustancialmente si, por ejemplo, la encuesta se hizo tirando de una base de datos de usuarios interesados en sus productos, ergo usuarios de un nivel informático medio, a si se hizo de forma heterogénea entre ciudadanos de diferentes barrios en diferentes ciudades), sin duda el cambio en estos últimos años ha sido a mejor.

Atrás queda, al menos sobre el papel, esa perspectiva de que al usuario ni le importa ni quiere preocuparse por tener el control de la información personal que expone en soportes digitales.

Y parte de este cambio de mentalidad, sin lugar a duda, se lo debemos a crisis pasadas como fue en su día el descubrimiento de todo el entramado de espionaje masivo de la NSA americana ya no solo contra países «enemigos», sino también con los aliados, al impacto que tuvo en empresas tan importantes en nuestro país como Telefónica el ransomware WannaCry y a todos esos escándalos de Facebook como es el de Cambridge Analytica, que hasta ha saltado estos días a Netflix en formato documental, y que en su momento fueron recogidos incluso por medios generalistas.

El mundo digital del 2019 no se parece en absolutamente nada al que teníamos hace tan solo 5 años, y conforme más y más dependencia se genera con el tercer entorno, afortunadamente, más concienciación llega a la ciudadanía sobre sus riesgos y sus retos.

Ahora bien, aunque el cambio haya sido a mejor, aún nos queda muchísimo camino que andar.

Sin ir más lejos, los chicos de Kingston ya avisaban que pese a los datos de su estudio, la privacidad y seguridad estaba en el tercer nivel de importancia del consumidor de electrónica de consumo, superado por aspectos como la capacidad de almacenamiento y, sobre todo, el precio.

Kaspersky señalaba que el 12% no tenía problema a ceder información personal a cambio de jugar a juegos y concursos divertidos (los típicos de ¿a qué famoso te pareces? o ¿cómo seré de mayor? que son una mera excusa para traficar con tus datos). Y ese porcentaje únicamente representa a aquellos que son conscientes de lo que están pagando por ese contenido, que me da que el porcentaje sería mucho mayor si incluyéramos en la ecuación a aquellos que ni siquiera lo saben.

Pero aun así, creo que podemos estar orgullosos de este cambio.

En apenas un par de años hemos pasado de un escenario en el que prácticamente Facebook tenía la soberanía de nuestros datos, a otro en el que cada vez más personas deciden si no directamente abandonar la red social, reducir drásticamente su uso.

Eso sin olvidar que los formatos efímeros (stories, estados…) y los servicios de mensajería han ido ganando peso dentro de la sociedad, generando una nueva sociabilidad digital mucho más cercana a lo que ha sido históricamente (estar en contacto con los tuyos).

Unos formatos de publicación que «desaparecen» cada 24 horas, y unas aplicaciones de mensajería cuyo principal core es la privacidad de las comunicaciones.

Pasamos así de esa suerte de canalidad de principios de década; de apertura absoluta de nuestro perfil a terceros; a otro escenario en el que la información que se comparte tiene un ciclo de vida bajo y se genera en entornos muchísimo más acotados.

Con movimientos que a priori reman en contra de los intereses comerciales de estas grandes multinacionales como es el hecho de poder eliminar de forma automática y periódica la información de nuestros perfiles (Google ya lo permite y en Twitter lo podemos automatizar con algunas herramientas de terceros, como comentaba recientemente en un tutorial).

Insuficiente aún, claro está, pero al menos en el rumbo acertado. Algo que parecía una mera quimera hace apenas unos años, y un soplo de sentido común en el sinsentido que, por regla general, siguen las innovaciones tecnológicas.

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