La peligrosa democratización del email tracking

Tracking email

Quienes lleváis tiempo por aquí sabéis que quien escribe estas palabras lleva tiempo obsesionado con la productividad digital. Y entre los mil y un hábitos que he ido adquiriendo en todos estos años con el firme objetivo de trabajar menos tiempo y cubrir más, el uso de la herramienta de email (en mi caso, GMail) como principal canal de comunicación con el mundo es, a todas luces, el santo grial de mi estrategia.

Lo hago a nivel personal y, por supuesto, a nivel profesional, tanto con mis clientes como con stakeholders, con mis compis de trabajo y, como no, con los miembros de la Comunidad.

Mis deberes del día (o mejor dicho, aquellos que son ocasionales) están, por regla general, en la bandeja de entrada. Y si me han llegado por otros canales ya le digo que posiblemente se me pasen. Utilizo el correo para estar en contacto, pero también para tratar la amplia mayoría de temas de la jornada, intentando, en la medida de lo posible, no depender de llamadas de teléfono y reuniones, aunque sean telemáticas.

Durante todo este tiempo he articulado prácticamente todo mi trabajo alrededor de la comunicación basada en el email, hasta el punto que automatizo y programo respuestas para no estar atado a un horario específico, realizando informes y tareas para mis clientes que llegan justo cuando tienen que llegar, aunque se hayan hecho a una u otra hora.

Y todo esto lo hago sin trackear la apertura o visionado de los correos.

El pixel de trackeo

Por si no lo sabe, desde hace ya unos cuantos años es muy habitual que emails publicitarios, marketinianos o de newsletters cuenten con lo que se llama un pixel de tracking (ES), que no es más que un enlace a una imagen de 1×1 píxeles incluida en el cuerpo del email, por regla general o al principio del mismo, o al final.

Cuando nosotros enviamos un email, no existe manera de saber por el propio protocolo y canal que ese email ha sido abierto… pero al incluir un enlace a una imagen (se pone una tan pequeña para que directamente no ralentice la carga), el servidor donde está alojada la imagen sí va a recibir una petición para mostrarla, y eso, amigo mío, sí se puede trackear.

¿Que por qué se hace? En la mayoría de casos por pura estadística. Sin ir más lejos, yo mismo lo utilizo en los emails que semanalmente envío a los miembros de la Comunidad. Es algo que la amplia mayoría de plataformas de email marketing incluyen por defecto. E iría aún más lejos: si no me equivoco, ni siquiera tiene el administrador la posibilidad de eliminarlo.

Gracias a ello sé que en el momento de escribir esta pieza, de los 1200 miembros de la Comunidad que hay, el 35% abren de media los correos que envío, y alrededor de un 9% clicka en al menos un enlace de los que contiene el email.

Claro está, hecha la trampa, hecha la contramedida, y como ya he explicado en más de una ocasión, el porcentaje de miembros que abren mis correos es muy superior, pero al tratarse la mayoría de ustedes de usuarios con un perfil medio-avanzado preocupados por la privacidad, tendéis a utilizar herramientas que bloquean por defecto la carga de imágenes. E incluso aquellos que no lo hacen, puesto que la mayoría os conectáis desde redes corporativas de compañías tecnológicas (es muy habitual que me leáis cuando llegáis a la oficina), muchas de estas redes ya cuentan con herramientas que bloquean este tipo de tracking.

El corolario, al menos en mi caso, es que llegar a un 40% de tasa de apertura es, a efectos prácticos, el 100% de tasa de apertura que querrían tener la mayoría de administradores de newsletters del ámbito generalista. Lo he comprobado ya en más de una ocasión, habida cuenta de que cada seis meses elimino todos los inactivos que hay (por cierto, el próximo barrido cae el mes que viene), y pese a no tener en ese momento nadie inactivo, no he llegado nunca a superar ese umbral.

Pero volvamos al tema del que quería hablar hoy.

Pixeles en usos domésticos

El caso es que según la OMC (EN/una compañía que se dedica a la inteligencia de emails), a día de hoy el 19% de todos los emails conversacionales cuentan con sistemas de tracking. Eso significa que uno de cada cinco emails que recibimos de nuestros amigos, cónyuges, compañeros de trabajo y clientes/stakeholders están siendo trackeados.

Que ojo, no entran en este baremo los emails con tintes publicitarios/marketinianos, ni siquiera aquellos enviados desde herramientas de automatización de envíos, donde ya le digo que el 100% vienen con pixeles, sino de emails conversacionales. Esto es, emails del día a día, enviados de una persona a otra persona.

Y a la vista de estos datos, me pregunto sí de aquí a unos años será habitual incluir junto con el resto de elementos de una firma mostrados aquí (ES) el dichoso pixel de tracking.

Si de verdad esto atenta contra nuestra privacidad o no, habida cuenta de que vivimos un momento en el que el grueso de la sociedad ya se ha habituado a disfrutar del doble check en WhatsApp y en el resto de aplicaciones de mensajería instantánea.

¿Tiene sentido seguir considerando el email como un canal sin feedback de apertura o lectura? Un servidor ya no lo tiene tan claro, pero de lo que sí estoy seguro es que hace tiempo que el email dejó de ser un canal de comunicación 100% privado.

Hay acercamientos, como es el uso de servicios de PGP, pero está más que demostrado que al menos hasta el momento, esto queda solo al alcance de los cuatro frikis que aún nos importa la privacidad de las comunicaciones y tenemos suficientes conocimientos como para implementarlos. Y parece que nadie ha conseguido dar con la tecla adecuada para democratizar el cifrado de punto a punto en un ecosistema que, recordemos, sigue siendo descentralizado (cualquiera puede enviar un mensaje a cualquier correo indistintamente del servidor y herramientas que utilice el receptor).

Y sí, que para quien lo quiera, hay maneras de evitar ese tracking. Pero si la tendencia es que incluso el usuario básico empieza a considerar necesario saber si su correo se ha abierto en comunicaciones directas, quienes somos nosotros para llevarles la contraria…

Por lo pronto, y al menos hasta el momento, un servidor no ha sentido la imperiosa necesidad de saber si mis correos directos han sido o no abiertos. Si Pepito o Manganito no me responde, y el servidor de correo no me muestra una alerta de error, entiendo que o bien no han visto oportuno responderme o todavía no lo han abierto. Si la cosa es urgente (que pocas veces lo es, la verdad), un MP por Twitter o un toque de atención por Telegram/WhatsApp y listo.

Y eso lo dice alguien cuyo plato de comida depende, precisamente, del buen desempeño en derroteros digitales.

Debo ser un caso raro, por lo que parece…